REZAR CON VERDADERO AMOR
«Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la Sagrada Escritura. Ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación»
(2Tm 3, 14-15).
Es un versículo de la Primera Lectura de la misa de hoy y encontramos que a todos nos cae ahora como anillo al dedo estas palabras que acabamos de leer. Para los que hemos aprendido desde niños a rezar dentro de una familia, cuando nuestra mamá, así ha sido en mi caso, me enseñaba con verdadero esmero y cariño a rezar con amor a Dios y a la Virgen María.
También me enseñó la oración para pedirle protección al ángel de la guarda para que “no nos desampares ni de noche ni de día”… Ahora han pasado los años, más de media década ha pasado, y yo le agradezco mucho a mi mamá que Dios mediante estará en el Cielo; le agradezco mucho el haberme enseñado esas primeras oraciones y sobre todo el haberme transmitido el amor a Dios que tenía en su corazón.
Yo tendría cuatro o cinco años y me daba cuenta del amor a Dios que tenía en su corazón. No era una reflexión que yo hacía, no podía ser una reflexión a esa edad. Era un sentimiento de seguridad y de alegría. ¡Qué feliz estaba porque mi mamá tenía fe y amaba a Dios!
TRANSMITIR EL AMOR A DIOS
Y esta no es una experiencia mía exclusiva. Sucede cuando los papás tienen fe y transmiten a sus hijos el amor a Dios que llevan en sus vidas, que llevan en su corazón. Cuando es un amor a Dios auténtico, hay una transmisión maravillosa.
El texto de la carta a Timoteo que hemos leído hoy en la santa misa dice,
«Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado».
Creo que he permanecido en lo que aprendí y estoy muy feliz por ello. Es de los mejores aprendizajes que se pueda tener en la vida. Aprender a rezar, aprender a querer a Dios, aprender a querer a los demás. ¿Cuántas cosas se pueden aprender y cuántas cosas se aprenden en la vida?
El Papa León en la encíclica que nos ha entregado Magnificam Humanitatem nos hace ver todas las maravillas que puede hacer el ser humano con su creatividad y ahora estamos en los tiempos de la tecnología electrónica y de la inteligencia artificial. Pero el Papa también nos advierte en esa encíclica, para que veamos claramente cómo es el ser humano, el ser humano que no es una máquina. No hay ninguna máquina que pueda superar al ser humano.
Las máquinas son máquinas, son medios y medios que pueden ayudar al ser humano a superarse, pero son máquinas. Y si esas máquinas se emplean mal, pueden destruir al ser humano y eso también lo estamos viendo en los tiempos actuales. De allí la advertencia del Santo Padre en la encíclica.
Nosotros con nuestras decisiones podremos construir la ciudad de Dios que decía san Agustín o la torre de Babel que se construye sin Dios y que produce confusiones y peleas. Podemos construir la nueva civilización del amor como nos decía el Papa San Juan Pablo II, o construir civilizaciones donde predomina el odio, la violencia, la revancha, donde los hombres se destruyen.
CONOCIMIENTOS Y MOTIVACIÓN
Podemos construir una sociedad donde exista la gratuidad, la generosidad, el servicio a los demás, la caridad, como decía el Papa Benedicto XVI. O una sociedad de personas comprometidas con las estructuras, con los procedimientos, con la burocracia, solo con las formas.
Si hemos aprendido de niños y de nuestros padres o en el colegio o de alguna persona buena que se cruzó en nuestra vida y que ha sido enviada por Dios. Dios siempre envía personas buenas para que nos transmitan su palabra, su voluntad, lo que Dios quiere de nosotros…
Si de niño hemos aprendido o más adelante en nuestra vida hemos aprendido de nuestra familia o de esas personas buenas algo que proviene de la Sagrada Escritura: el amor a Dios, el amor al prójimo, el amor a la vida.
Si tenemos la sabiduría, todos esos conocimientos nobles que nos hacen buenas personas, que son una motivación constante para hacer el bien y evitar el mal y que es tener el convencimiento de que tenemos que ser virtuosos; si hemos aprendido eso estaremos felices y contentos y agradecidos a las personas que nos han enseñado esas cosas.
Todos en la vida tenemos que adquirir hábitos buenos, que son las virtudes, para hacer siempre el bien aunque nos cueste. ˝El bien de por sí es difusivo˝, decía santo Tomás, pero también exigente. “Alta es la meta a la que el Señor nos llama” decía san Pablo. Y son necesarias las virtudes para ejercitar ese bien. Para conseguir ese bien sin virtudes no se puede hacer el bien.
LAS VIRTUDES: HÁBITOS BUENOS
La fidelidad y la lealtad son consecuencias de las virtudes buenas, los hábitos buenos, del esfuerzo y la lucha, de lo que nos hace cuidar el corazón para que el corazón esté ordenado, para que el corazón no se vaya para cualquier lado… Porque las pasiones nos jalan, porque el ambiente es muy fuerte.
Cuando hay virtudes hay fortaleza y la fortaleza hace que el corazón esté en su sitio, que no se desvíe, que esté primero Dios, ahí está luego la familia, las personas que tenemos que querer y luego los demás. Pero Dios siempre está primero, en todos los momentos y en todas las épocas.
El texto que hemos leído dice también,
«La sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación»,
o sea todo lo bueno que aprendemos de la familia, de las personas buenas, de la Iglesia, son aquellas cosas que nos ayudan a ser buenas personas para salvarnos.
Lógicamente pues querer a una persona es quererla en el Cielo, cuando se la quiere bien se la quiere en el Cielo. Es para que llegue al Cielo, y sabemos que para llegar al Cielo debe tener virtudes, hábitos buenos, para hacer méritos, para ganarse el Cielo como se dice.
GANARNOS EL CIELO
Tenemos que ganarnos el Cielo, luchar para ganarnos el Cielo, para eso vino Jesús a la Tierra, para recordarnos lo que debemos hacer para salvarnos.
Por eso fundó la Iglesia que es el arca de salvación y por eso instituyó los sacramentos que Daniel vida. Él se nos dio en la Eucaristía, que es el mismo Dios, el mismo Cristo que está allí.
Y cuando comulgamos, la Eucaristía es prenda de la gloria futura. Cada vez que comulgamos nos estamos alimentando para llegar al Reino de los Cielos.
O sea que perseverar no es sólo aguantar, no es sólo quedarse en su sitio, en el mismo sitio, yo estoy aquí. El hermano del hijo pródigo se quedó en su casa pero le faltaba amor pues, porque no supo comprender cuando volvió su hermano y su padre le hizo la fiesta, no comprendía, le faltaba amor.
La fidelidad pues no es simplemente quedarse en un lugar y decir yo no salgo de aquí. Cuando se ama uno sale y hace cosas, hace labor, hay obras. Decimos que una persona ama cuando ha mejorado, cuando vemos que es mejor que ayer, que ha superado una serie de defectos, cuando vemos que reza, que se esfuerza, que se sacrifica por los demás, que sabe servir, que sabe ayudar, que sabe tener detalles de cariño, está sonriente.
Y con todo ese ejemplo, contagia su vida y los demás dirían ‘yo quisiera ser así’, como esa persona buena. Así también es la auténtica devoción a los santos. No buscamos a los santos sólo para que nos resuelvan las cosas, un santo milagroso que me resuelve mis problemas. Los buscamos para que nos enseñen a ser santos.
Y así buscamos también a nuestra Madre la Virgen para que nos ayude ella, fortaleciéndonos para que luchemos bien, hagamos méritos y nos ganemos el Cielo.




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