«Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: —Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le respondió: — Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas»
(Mt 22, 34-40).
Amar. Amor. Dios es Amor. Y está el sacramento de Amor: la Eucaristía.
Amar a Dios. ¿Dónde? En la Eucaristía.
De vez en cuando leo un libro que se llama “Treinta y tres oraciones para después de comulgar”. Una de esas oraciones parte de la siguiente cita del Evangelio:
«Padre, que el Amor con que Tú me amaste esté en ellos y Yo en ellos»
(Jn 17, 26).
A la que le sigue un diálogo entre tú y Dios. Yo, tú, le decimos:
“Jesús, quiero vivir intensamente este presente de Amor en que me estás amando. Para poder a mi vez amarte plenamente, anhelantemente, sin límite y sin medida, así como me amas Tú en esta comunión”.
A lo que Él responde:
“Mi Amor en el Pan es el Amor de mi esencia, el total Amor divino que nos une al Padre y a Mí. Este es el Amor que ahora te entrego, para responder al mío”.
Le decimos:
“-Jesús, que nada impida la posesión de mi ser por ese Amor. Hazme vivir de tu Amor, para tu Amor, en tu Amor. Hazme ser ese Amor”.
Y Él:
“No es otro mi anhelo, porque un Amor infinito es deseo de infinita unión. Te lo he manifestado disponiendo que me comieras hoy. No te alejes de Mí, no te detengas a pensar o a desear nada que no sea Yo. Búscame en cada instante, porque en cada instante Yo te estoy amando y amando con mi totalidad”.
Por lo que terminamos diciéndole:
“-Jesús, dame la fuerza de tu Amor eucarístico para unirme por completo a Ti. Dámela ahora, porque ahora es el mejor momento: te tengo en mí físicamente, sustancialmente, a Ti, que eres el Amor”
(Treinta y Tres Oraciones para Después de Comulgar, Ricardo Sada Fernández).
COMUNIÓN
Esa fuerza de su Amor nos la da en la Eucaristía. Hay que desearla, hay que aprovecharla, hay que comulgar para cumplir con esos mandamientos que Tú nos diste, Señor.
Ahora mira la coincidencia. Hoy celebra la Iglesia a san Pío X.

Desde san Pío V (1504-1572) la Iglesia no tenía un Papa santo… o sea, desde hacía siglos. Y vino san Pío X (1835-1914) …
“Falleció el 20 de agosto de 1914. Él mismo había pedido ser sepultado en las Grutas Vaticanas, la Cripta de los Papas.
No era lo más fácil para visitar, pero dicen que muchos peregrinos, italianos y extranjeros, acudían a la intercesión de Pío X cuando iban a San Pedro y visitaban su tumba para rezar (aunque rezaban desde la basílica). Hicieron colocar una cruz de latón en el suelo de la basílica para señalar el lugar donde estaba la tumba en la Cripta.
El cardenal arcipreste de la basílica celebraba la santa misa junto a la tumba del Papa el día 20 de cada mes.
En las cartas postulatorias del proceso de canonización mucha gente señalaba “el empeño de Pío X por acercar la Eucaristía a los niños y su exhortación a la Comunión frecuente” …
Los obispos de España (56 diocesis) lo llaman «Pontífice de la Eucaristía»”
(cfr. Intercesores del Opus Dei, Enrique Muñíz ed.).
San Josemaría le agradecía eso. Porque animó a la Primera Comunión desde los 7 años (el uso de razón) en 1910 y en 1912 san Josemaría pudo hacer la suya.
El que vive lo que predica influye, transmite lo que lleva dentro. Y ya se ve que este Papa llevaba dentro Eucaristía.
En el decreto Sacra Tridentina Synodus san Pío X el 20 de diciembre de 1905, permitió y recomendó explícitamente la Comunión frecuente e incluso diaria. Es más, ordenó que los confesores no apartaran de la Comunión frecuente o diaria a quienes reunieran las condiciones.
“¡Recibir la fuerza de tu Amor Jesús todos los días!
Quiero recibirte con frecuencia. Quiero dejarme transformar por tu Amor para amarte sobre todas las cosas y para aprender a amar a los demás.
Tengo la suerte de poder hacerlo todos los días. De recibir ese fuego interior. De recibir tu fuerza.”
RECIBIRTE SIEMPRE BIEN
“Supón que sólo pudiéramos comulgar una vez en la vida. ¿Cómo nos prepararíamos para esa comunión?
Cuando ese día maravilloso se acercara, iría creciendo nuestra ilusión por momentos. «Dentro de tres días recibiré a Cristo», «dentro de dos días recibiré a Cristo», «¡Mañana recibiré a Cristo!» …
Quizá nos costara dormir la noche antes. Y, al llegar el alba, nos latiría fuertemente el corazón: «¡Voy a recibir a Cristo!» Desde luego, por nada del mundo llegaríamos tarde a esa misa. Procuraríamos estar allí antes de que comenzase para prepararnos bien por dentro. ¿Cómo iríamos vestidos? Te diré cómo no: en ropa de paseo.
La comunión sería ferviente, quizá llorásemos. Y, desde luego, no saldríamos de la iglesia al terminar la misa. Querríamos quedarnos allí, dando gracias, el tiempo que permanecieran en nuestro cuerpo las sagradas especies.
La Iglesia, que es madre, te dice: «Como Cristo te ama tanto, podrás comulgar todos los días». En respuesta, ¿lo amarás tú menos, convirtiendo en rutina la comunión, llegando tarde y mal vestido a misa o dejando de asistir con la excusa de que tienes «mucho que hacer»? ¡Jamás permitas que eso suceda!”
(Evangelio 2026, José-Fernando Rey Ballesteros).
Señor, yo no quiero que eso suceda, quiero recibirte bien, siempre bien.
Los santos iluminan el rostro de la Iglesia y facilitan la vida de la Iglesia…

San Josemaría le tenía agradecimiento y devoción a san Pio X… le encomendó a él las relaciones del Opus Dei con la Santa Sede.
“Sé que, al comienzo, cuando eran apenas un pequeño puñado en Roma, le gustaba al Padre llevarlos personalmente a la basílica de San Pedro y allí hacer ese recorrido que tantísimas veces hicimos; Visita al Santísimo, Credo en la Confesión ante la tumba del apóstol Pedro, Salve a la Virgen María y Padrenuestro en la tumba de san Pío X.
Como lo sabían los de la Obra, algunos de ellos conocieron a los sobrinos de san Pio X (María Pía y Giuseppe Sartor) y consiguieron que les regalaran (por el 70 cumpleaños de san Josemaría) un reclinatorio. Se llevó una gran alegría. Los sobrinos se enteraron y le regalaron más cosas: una cama de hierro, un solideo y otros recuerdos”
(cfr. Intercesores del Opus Dei, Enrique Muñíz ed.).
Recemos por quien nos dio nuestra Primera Comunión. También agradezcamos a san Pio X que hayamos podido hacerla de pequeños. Seguro que tú la hiciste con pocos años. ¡Yo la hice con 6 años! Casi 7… Eso fue gracias a este santo.
Pidamos también que todos, al comulgar, aprendamos a amar como nos ama el mismo Dios en la Eucaristía.
Que aprendamos a comulgar con el amor de María.
“Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los santos”.



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