Acerquemos nuestros sentidos al latir del corazón de Jesús para dejarnos acoger por Su infinito amor.
LA MARAVILLA DEL CORAZÓN HUMANO
El cuerpo humano es una obra maestra indiscutible. Todo en él funciona de manera coordinada con una perfección magistral. Sin duda, cada órgano tiene su importancia, de tal forma que hasta el que parece más insignificante, resulta indispensable; aunque, de algunos pocos depende en gran medida nuestra subsistencia.
Sin duda, el mayor referente de la vitalidad humana es el corazón.
El corazón humano es un órgano muscular complejo y poderoso. Involucra sistemas muy distintos que deben sincronizarse al mismo tiempo: por un lado, el funcionamiento de una red de señales eléctricas que lo mantienen latiendo; por otro, un sistema de “tubos” – venas, arterias y vasos sanguíneos- que transportan la sangre y el oxígeno a todo el cuerpo. Se podría decir que este impresionante músculo es en sí un complejo entramado de funciones y sistemas, que trabajan de forma autónoma e involuntaria, para conservar la vida en cada célula de nuestro cuerpo.
En el imaginario humano, es quizás el único órgano que no necesita palabras para su presentación: una figura roja con una connotación positiva, porque sólo con verlo, sugiere amor, compasión y buenos deseos.
En lo poético, el corazón es el tema central de leyendas, poemas y novelas. Historias inspiradoras que describen a los protagonistas buenos, bajo la explicación de que poseen un “gran corazón”.
Distintos pasajes de la Biblia, lo mencionan como centro de los pensamientos, sentimientos y buena voluntad de los hombres.
En fin, para los humanos, el corazón es motor de vida física y espiritual.

CRISTO, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
A estas alturas, ya no cabe duda histórica de que Jesús de Nazareth nació y murió sobre esta tierra. Su existencia humana está ampliamente documentada y comprobada.
Por ende, si Jesús fue un ser humano, compuesto de carne y hueso, tal como somos nosotros, cabe afirmar que también tuvo un corazón humano. Un corazón humano que latía, sangraba y oxigenaba cada célula de Su bendito cuerpo.
Como tal, su corazón también sentía, sufría y lideraba sus ideas, movido por el dolor y la alegría.
Tan humano fue Jesús, que los estudios científicos aseguran que Su muerte se produjo entre otras causas, por un infarto masivo.
Detalles científicos más o menos exhaustivos, señalan que el agotamiento, la hemorragia, la tensión emocional y el dolor físico fueron los factores conductores de una falla del corazón, que terminó con Su vida física.
En palabras cortas, podríamos decir que Su agobiado corazón humano -ese músculo potente y perfecto que todos tenemos dentro- no aguantó más y dejó de funcionar.

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Ahora bien, si la historia de Jesús fuese únicamente la de un hombre con un corazón humano perfecto, hubiera terminado ahí; tal como sucede -desafortunadamente- con millones de seres humanos a los que su corazón les detiene el ritmo de la existencia.
Pero como sabemos, Cristo es más que sólo huesos, sangre y carne. Él es Dios. Él es el Señor de la Vida y de la Muerte.
Su corazón maravilloso, es divino y humano. Si somos capaces de admirar un corazón humano bondadoso, cuánto más debemos adorar el Sagrado Corazón de Jesús. Sería una locura pensar que ese corazón maravilloso sirvió únicamente como un músculo destinado a dar vida a Su cuerpo.
Sus latidos, Su sangre, y la vida que esa preciosísima sangre transporta y transmite, no terminaron con la muerte física.
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, se basa en el concepto básico de que el corazón es el centro de la vida; y, como tal, el centro del amor, la misericordia y la grandeza. Si creemos que Cristo resucitó, debemos estar seguros de que Su corazón sigue latiendo, lleno de todas las cosas bellas que contiene.
Un Corazón que rebosa de amor infinito, tan infinito que sigue presente en la Eucaristía por amor a los hombres. Ese mismo, que siente la pena y el dolor por ver cómo aquellos a los que amó hasta el extremo, viven como si Él no existiera.
Así lo manifestó a Margarita María Alacoque, cuando le pidió que las ofensas que recibe deben ser reparadas mediante la oración. Siendo Su Amor tan grande, esta revelación vino acompañada de una promesa maravillosa: “Quien se acerque dignamente a la Eucaristía y comulgue durante nueve meses consecutivos el primer viernes del mes, con espíritu de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento, amando, honrando y consolando al Corazón de Jesús, recibirá el don de la perseverancia final, es decir, terminará su vida con la gracia de los sacramentos y de la remisión de sus ofensas a Dios y al prójimo.”

Así la imagen de su Corazón está cargada de significado: la cruz y la corona de espinas, simbolizan el amor por la humanidad convertido en sacrificio; las llamas encendidas que emanan de él, representan la fuerza transformadora de Su Amor; y, la herida en el costado del Corazón, las heridas que seguimos ocasionando con nuestros pecados.
Esta imagen se venera universalmente desde 1856, en que el Papa Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia. Un siglo más tarde, en 1995, San Juan Pablo II determinó que el mismo día de esta fiesta, debía celebrarse la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, como una manera de encomendar a los sacerdotes a Su amantísimo corazón.
Esta devoción también nos invita a tratar de imitar- como lo dice San Pablo- los sentimientos de Cristo. A intentar amar como Él, a mirar al prójimo como lo haría Él, a servir y sufrir como Él.
En resumen, a luchar por hacer nuestros corazones semejantes al Suyo, para poder algún día merecer estar junto a Él.
“ Sagrado Corazón de Jesús haz mi corazón semejante al Tuyo”



Deja una respuesta