“Jesús, comenzamos este rato de conversación contigo. Vamos a hablar contigo, hablar con Jesús. Quizás quien te escucha ahora mismo va conduciendo hacia el trabajo, está dejando a los hijos en el colegio o terminando de recoger la cocina con cierta fatiga acumulada…”
Hay días en que la rutina pesa, los planes no salen a la primera y el cuerpo ya no responde igual que a los veinte años. Y surge esta pregunta silenciosa que a veces asoma por dentro: ¿de verdad tanto esfuerzo por portarme bien vale la pena?
Hoy la Iglesia nos propone en la liturgia la carta de san Pablo a los Efesios, que tal vez tenga parte de esta respuesta. Dice:
“Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, al Padre de la gloria, que os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo bien, que ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de la gloria que da en herencia a los santos y cuál la inconmensurable grandeza de su poder para con nosotros”
(Ef 1, ).
¡Increíble! Pero vamos poco a poco. Fíjate en esa expresión tan gráfica de san Pablo: “iluminar los ojos del corazón”. Sí, porque cuando el corazón está a oscuras, el cansancio, la hipoteca, los roces familiares o los dolores cotidianos del reuma, no sé, parecen una montaña insuperable.
Pero cuando Jesús entra y enciende la luz, descubrimos lo mismo que el apóstol sintetizaba a los romanos. Que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros. ¡Así que vale la pena!
CONFIAR EN JESÚS

Se cuenta que un niño observaba a su abuela bordar un gran tapiz. Estaba sentado a sus pies, en el suelo. Desde abajo, el pequeño solo veía una maraña incomprensible de hilos cortados, de nudos ásperos, de colores cruzados, sin sentido y hasta puntadas oscuras. Desconcertado, le dijo: —Abuela, lo que estás haciendo no tiene ningún sentido. Se ve feo y desordenado. La abuela sonrió, levantó al crío sobre sus rodillas y le mostró el derecho del tapiz. Y, claro, desde arriba, esos nudos oscuros formaban las sombras perfectas de un paisaje espléndido y luminoso.
“Jesús, muchas veces, en nuestra vida, nosotros somos ese niño sentado en el suelo.” Tenemos el dolor de una enfermedad imprevista, la atención laboral, la renuncia silenciosa por sacar adelante a la familia, ese poner buena cara cuando ya no tenemos casi fuerzas. Y esos son hilos, nudos, oscuridades…
Por eso, el Catecismo de la Iglesia nos lo recuerda con una hondura impresionante:
«Creemos que Dios es el Señor del universo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Solo al final, cuando termine nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo definitivo…» (Catecismo Iglesia Católica, n. 314).
Es que, claro, aquí está todo, porque la futura gloria no es una ilusión para evadirnos de los problemas presentes, no: es la certeza de que, en manos de Cristo, ningún dolor, ninguna fatiga sea perdida. Al contrario, porque cuando lo hacemos con amor, nada se pierde, todo está tejiendo ese tapiz.
“Señor Jesús, ayúdanos a tener confianza en ti, a saber que vale la pena pasarla un poco mal, porque estamos construyendo algo que es realmente bonito a tus ojos”.
VIVIR CON ESPERANZA

Benedicto XVI, en su encíclica que habla sobre la esperanza cristiana, que se llama Spes Salvi, explicaba algo bellísimo que encaja justo con lo que hoy leemos en esta carta a los Efesios. Dice: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, de madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”(cfr. Spes Salvi, 38).
“¡Qué hermoso, Dios mío! Gracias, Jesús por ponernos estos papas santos que nos dan esa claridad, esa fuerza para seguir adelante. Porque, Señor, lo tenemos claro, Tú no viniste a abolir el sufrimiento con una varita mágica ni a darnos una vida sin cruces, no.
Lo que viniste a hacer es a llenarlo todo de sentido. Porque cuando miramos Tu cruz, el dolor deja de ser un callejón sin salida y se convierte en el camino real hacia la resurrección.
Por eso, Benedicto XVI decía que el cristiano nunca, nunca está solo ni en la noche más oscura, porque quien tiene esperanza vive de otra manera. Se le ha dado una vida nueva.
Imagina por un momento un orfebre puliendo una joya. Si el diamante pudiera hablar mientras le pasa la lija o le está dando esos golpes con el cincel, probablemente gritaría: —Basta, basta, me estás destrozando.
Pero, claro, el orfebre sabe muy bien lo que busca. No quiere romperlo, quiere sacarle el brillo que lleva dentro. Señor, ¿cuántas veces nos quejamos del roce de la vida, de ese compañero de trabajo difícil, del tráfico que nos desborda, del cansancio al final de la jornada, de ese esposo que parece que siempre responde igual y al que te cuesta tanto perdonar?
PERSEVERAR
Ahí, justo en ese punto, san Josemaría nos interpela con una fuerza impresionante, con un punto de Camino: ¿No sabes que esa contrariedad no es un obstáculo, sino una bendición de Dios para que ganes mérito? ¡Bendita sea la dificultad que te hace volar más alto!
Claro, añadía, con realismo y con ternura, decía: un paso más, y otro, y otro, solo uno. Eso es la perseverancia. Por amor a Dios, vale la pena gastar la vida entera.
Sí, porque quien ama, nada es insignificante. Cambiar un pañal a deshoras, atender con paciencia una llamada inoportuna. Sonreír cuando las cosas van torcidas. Todo eso, unido a ti, Señor, en la patena del altar, tiene un peso de eternidad.
“Jesús, míranos aquí. Queremos hablarte de corazón a corazón. Concédenos esa gracia que san Pablo pedía para los efesios: que se nos iluminen los ojos del alma para no quedarnos atrapados en la queja estéril.
Cuando aparezca ese dolor de cabeza, ese contratiempo o esa noticia que nos descoloca la agenda, que sepamos hacer un silencio breve por dentro y decirte: —Señor, esto me cuesta, pero va por ti. Va por los míos, por la Iglesia.” ¡Vale la pena!
Hoy, en estos días, estamos encomendando especialmente al papa León para que las noticias que nos llegan del Vaticano no sean más graves, sino que termine de curarse. Por lo menos, parece que todo va bien.
No busquemos cruces raras, abracemos con garbo y una sonrisa las contrariedades corrientes de este sábado.
Acudimos a nuestra Madre María, madre de misericordia. Ahí estuvo al pie de la cruz, sabiendo que la historia no terminaba el Viernes Santo, sino en la gloria del Domingo de Pascua.



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