ESCUCHA LA MEDITACIÓN

EL AMOR A DIOS

El amor a Dios no es sólo sentimiento, es voluntad, y amarlo hasta que duela es la medida del amor verdadero.

Hace un tiempo oí a alguien decir que pensaba que no amaba a Dios, porque no sentía nada por Él. No sentía nada cuando rezaba, pero cuando se enteró de que el amor a Dios es más voluntad que sentimiento, se dio cuenta de que le amaba de verdad.

Muchas veces uno puede tener la experiencia de que no siente algo por Dios o no siente algo al rezar. Pero es la voluntad la que debe de imponerse a la falta de ganas. Tiene más valor para Dios el que hagamos las cosas, aunque sin ganas, que si las hacemos con todo el fervor y la emoción, que además se puede ir muy rápido.

Con ganas, cualquiera puede. Que no tengo ganas de hacer oración, que no tengo ganas de ir a misa. Bueno, voy sin ganas. No es lo mismo ir a misa sin ganas que ir desganado, eso es otra cosa. Sin ganas, bueno, pero por el corazón de pie.

Que no dejemos de rezar, aunque no sintamos nada. Que recemos, incluso, aunque nos duela un poco la cabeza, siempre que sea manejable, ¿no? En el fondo es ir, porque sé que Dios me espera y me ama, ahí está la voluntad.

Como decía, imponerse y vencer a mi falta de ganas. Ya el corazón se irá adaptando y aprenderá a dar sin esperar nada a cambio. A dar sin reservas, a darse. Todo está en insistir, en hacer las cosas por amor y con la voluntad madura o que al menos vaya madurando.

AMAR A DIOS CON TODO EL CORAZÓN

Corazón y fe. Amar a los enemigos. verdad, un corazon capaz, corazon para el reino

 Nos recuerda el texto Deuteronomio:

“Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”

(Dt 6,5).

Es decir, con todo el corazón, poniendo a Dios en el centro, de modo que todo se acomode por sí mismo. Con toda el alma, es decir, entregándolo todo. Con olvido de uno mismo y con todas las fuerzas, es decir, hasta el último aliento.

Por eso, amar a Dios significa también sufrir. Se dice: “el que no quiera sufrir, que no ame”. Sufrimos por amor a Dios cuando hacemos por Él o por los demás también, lo que más nos cuesta.

San Pío XII nos dice: “en el amor a Cristo no se vive sin dolor”. Por eso, la medida del amor es el dolor, es el sufrimiento, el sacrificio. ¿Qué tanto amas a Dios? ¿Qué tanto te duelen tus pecados?

Por eso, una medida del amor es el crecimiento espiritual constante; ir dejando pecados recurrentes, tendencias, malos hábitos… Es ir luchando contra lo que me tire para abajo.

“Todavía no has luchado hasta la sangre por evitar el pecado”, nos recuerda san Pablo.

El Evangelio de hoy también nos recuerda que el amor está en la obediencia. Muchas veces, cuando nos cuesta obedecer —nos puede costar mucho— que puede irse lo que me piden en contra de mis deseos, de mi voluntad o incluso de mi criterio, de mi forma de ver las cosas.

Obedecer puede costar y muchas veces puede costar horrores. Pero, justamente ahí está el amor, en que pueda yo obedecer de modo pronto y con alegría lo que me pide Dios, lo que me piden mis padres o en el trabajo, lo que me pide cualquier persona que me pueda quitar de mi comodidad, de mis criterios o del modo de ver las cosas.

AMOR DIVINO

TANTO AMO DIOS AL MUNDO

Obedecer cuesta y puede costar realmente mucho, pero ahí también está el amor. El amor está en la obediencia, una obediencia pronta y también una obediencia alegre.

¿Por qué amar a Dios así, hasta el extremo, incluso sufriendo? Bien, ¿cuál es el motivo para amar a Dios? El motivo para amar a Dios es Dios mismo. No hay motivo. Dios mismo es el motivo, porque Dios no solo nos ama, sino que Él es el amor.

No es que Dios tenga misericordia de nosotros, sino que Él mismo es la misericordia. Él nos ha amado primero. Él es el motivo por el cual hemos de amar a Dios por encima de todo. No hay un motivo que lo explique, Él es el motivo, Dios mismo es el motivo.

Bueno, sin olvidar también que hoy se nos recuerda a las madres, las recordamos. Un saludo a todas las que ejercen este don tan bello. No olvidemos que pueden aprender hoy algo del amor maternal de Dios. Dios es Padre, eso no se discute. Dios no es padre y madre a la vez, no. Dios es Padre, pero su amor tiene rasgos maternales.

En la Sagrada Escritura nos lo dice:

“Como una madre consuela a sus hijos, así los consolaré yo…”

(cfr. Is 66, 13),

Isaías nos trae esta cita tan hermosa. También Isaías nos dice:

“¿Puede acaso una mujer olvidarse de su hijo? ¿No tiene compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidará, yo no te olvidaré.”

(cfr. Is 45, 15-16).

Con todo, el amor de Dios no es sólo maternal, sino que lo supera. El Amor Divino es escuela del amor humano. Uno aprende a amar realmente a los suyos viendo como Dios nos ama.

AMAR COMO DIOS NOS AMA

 Ahí está el modo en que hemos de aprender a amar: viendo cómo Dios ama. Por eso, es tan importante que Dios esté en nosotros y también nosotros en Él. Para poder amar con el amor de Dios; para poder perdonar, con la misericordia de Dios; para poder hacer las cosas, también con su gracia y poder contar con su ayuda.

Es que nada podemos hacer sin Él. Esta imagen de Dios en nosotros y también nosotros en Dios es clave, es vivir la vida intratrinitaria, en que podamos dejar que Dios habite en nuestro corazón y en nuestra alma. Está también en nosotros, así como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, así también Dios desea que vivamos nuestra vida: Dios en nosotros y también nosotros en Él.

De ese modo se prepara nuestra vida eterna, porque recordemos: ¿qué es el cielo? No es un lugar en el que está Dios, el cielo es Dios mismo. De modo que los santos están en Dios, no solo con Dios. Sí, con Dios, pero también están en Dios.

Y para que en el cielo podamos estar en Dios, en esta vida, Dios tiene que estar en nosotros. Eso lo conseguimos siendo obedientes, lo conseguimos en oración…

También lo conseguimos viviendo una vida de piedad intensa, preparando la Eucaristía, comulgando con piedad, viviendo una confesión frecuente, teniendo constantemente la guía espiritual, buscando a la Virgen en el Rosario, en el examen de conciencia, eligiendo el bien, dejando el mal, ahí está el modo en que Dios está en nosotros.

Y como decía, así preparamos también nuestra eternidad, nosotros en Dios. No dejemos también de recordar a María en este día. Aprendiendo de su amor, también maternal y dejarnos educar y llevar por ella. Que sea ella y su amor la que nos conduzca a ese Amor Divino, que es escuela del amor humano y que nos lleva a amar de verdad.

 


Citas Utilizadas

Hch 8, 5-8. 14-17; Sal 65

1 Pe 3, 15-18

Jn 14, 15-21

Dt 6,5

Is, 66, 13

Is 45, 15-16

Reflexiones

Señor, te pedimos que aprendamos a amar como Tú nos amas.

 

Predicado por:

P. MARIO

¿TE GUSTARÍA RECIBIR NUESTRAS MEDITACIONES?

¡Suscríbete a nuestros canales!

¿QUÉ OPINAS SOBRE LA MEDITACIÓN?

Déjanos un comentario!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La moderación de comentarios está activada. Su comentario podría tardar cierto tiempo en aparecer.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.


COMENTARIOS

Regresar al Blog
Únete
¿Quiéres Ayudar?¿Quiéres Ayudar?