SENTIRSE RECHAZADO
Hoy, en el Evangelio de san Lucas, vamos a oír lo siguiente:
«Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga: —En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo».
Vamos a pararnos aquí un ratito para considerar Contigo, Jesús, tus sentimientos. A veces nos quedamos asombrados por tus palabras, también por tu ejemplo, pero no tantas veces nos intentamos meter en tu corazón.
Acaba de decir san Lucas que habías llegado Tú, Señor, a Nazaret, que es el lugar donde has sido criado, donde has pasado tu infancia con la Virgen Santísima y con San José.
Y no solo estás en tu lugar de crecimiento, sino también en la sinagoga, es decir, en el lugar donde se reunía la gente para rezar. Y lo primero que dices es, lo que he leído ya,
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo».
De manera que tus primeras palabras en tu pueblo, en el lugar donde la gente rezaba, son de una queja, Señor, son de un lamento. Es un no sentirte acogido. Que claro, decirlo en negativo es todavía más fuerte, es sentirte rechazado.
Ninguno de nosotros, cuando hemos tenido esa experiencia, nos hemos quedado indiferentes. Todo rechazo, toda falta de acogida, toda falta de empatía, nos ha causado siempre dolor. Por eso, asomarnos a tu corazón, fijarnos en tus sentimientos, Jesús, es para nosotros una escuela también.
VISITARTE EN EL SAGRARIO
Porque yo, y quizás alguno más de los que estamos ahora haciendo este rato de oración, quizás hemos provocado que Tú te sientas así, Señor, en momentos en los que lo que Tú esperarías -o lo normal podríamos decir- es que Tú te sintieras muy a gusto, porque estás volviendo a tu ciudad, estás juntándote con tus familiares, tus parientes, tus conocidos, tus amigos de infancia.
¿Alguna vez, Jesús, yo te he hecho sentir como que mi indiferencia te ha dejado solo? Me gusta decirte, Señor, y tú lo sabes, cuando estoy contigo junto al Sagrario en una capilla, que yo voy ahí porque Tú estás ahí. Y que he ido a hacerte un ratito de compañía, a estar juntos un rato.
Y cuando me retiro, muchas veces te lo he comentado, Jesús, que ha sido bonito pasar ese rato contigo ahí, y que estoy ahí porque Tú estás ahí. Pero otras veces, Señor, habiendo ido a la capilla, me he distraído. Estando a veces de rodillas, me ha ganado la curiosidad para ver si me habían respondido un mensaje de WhatsApp.
Entonces, en el lugar de oración y en la postura de oración, que es estar de rodillas, pues he estado haciendo lo que otro hace, pues tumbado en su cama, contestar un WhatsApp. Y en ese momento, ¿cómo te has sentido, Señor? Nos deja pensando…
BUSCAR SU COMPAÑÍA
Pues, Señor, en el Evangelio de hoy, desarrollas esta idea para que todos sintamos un poquito lo que tú sentiste.
Pones ahí un ejemplo de cómo había gente del pueblo judío, del pueblo elegido, que te rezaba. Pero no lo hacían de la manera para que Tú te sintieras acompañado. Había gente que no era judía, que no era del pueblo elegido, y que rezaba también, y que ellos recibían la curación, el milagro, el favor que te pedían.
Era porque te hacían sentir más acompañado que los que Tú habías elegido. Por eso dices,
«Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón».
Bueno, das un ejemplo de una viuda que no era del pueblo judío, y que recibe la respuesta a sus oraciones. Bueno, ¿y qué pasa con esos conocidos tuyos, parientes, algunos de ellos, que te estaban escuchando en ese momento?
Dice,
«Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos, y levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo».
O sea, no es solo, Señor, que Tú no te has sentido acogido en tu lugar de crecimiento y entre tus conocidos, sino que te has sentido rechazado, explícitamente, que querían empujarte por el precipicio.
«Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino».
Eso es lo que termina diciendo el Evangelio. Felizmente, Señor, en ese momento Tú, pues, reaccionaste.
CON DOCILIDAD
Entonces, no moriste en aquel momento, pero ya se ve cómo vas a terminar. Aquí hay un adelanto de lo que podemos hacer los seres humanos Contigo, Señor. Falta una disposición interior para que Tú te sientas acompañado, acogido y no rechazado.
Y esa disposición es la docilidad. Cuando Tú ibas a enseñarles en la sinagoga, Tú ibas a decirles algo para su bien, de manera que si ellos te escuchaban y lo ponían en práctica, iban a ser más felices. Pero no quisieron escucharte, no quisieron obedecer, dejarse ayudar.
¡Qué importante es que nos dejemos ayudar! Vamos, hermanos míos, ahora, al terminar este rato de conversación con Jesús, a hacer ese propósito: que los de mi casa me puedan sugerir temas que puedo hacer mejor. Que los de mi trabajo también me lo puedan hacer. Que tú, Señor, me puedas soplar en mi conciencia qué cosa puedo hacer de otra manera.
Veamos a la Virgen Santísima que dice,
«He aquí la esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra».
Pues esa docilidad que permite que tu Señor te entiendas con la Virgen Santísima, pues la quiero tener yo, y seguro todos los que están haciendo la oración conmigo.
Ayúdanos, Madre Nuestra, a ser tan buena compañía para Jesús como lo fuiste tú.




Deja una respuesta