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P. Josemaría

6 min

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MAGNETIZACIÓN POR FROTAMIENTO

Contenido: Cristo es el imán; nuestro corazón es el metal. Y la vida cristiana consiste en dejarnos “frotar” por Cristo una y otra vez.

El evangelio de hoy dice:

“En aquel tiempo Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro, pero cuando termine su aprendizaje será como su maestro. ¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: -Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano”

(Lc 6, 29-42).

Jesús es muy pedagógico y de nuevo nos sorprende en el evangelio de hoy con parábolas que son muy gráficas, como la del ciego guiando a otro ciego. Creo que nos lo imaginamos perfecto cómo van directo al agujero, al hoyo. O la del que tiene una viga en el ojo y le quiere quitar la paja a su hermano sin quitarse él primero la viga. También es bastante gráfica la parábola y bastante absurdo querer hacer esto que dice el Señor, querer quitar una paja a alguien teniendo tú una viga.

Para este ratito con Jesús yo me quiero quedar con esa frase de:

“el discípulo no es superior a su maestro, pero cuando termine su aprendizaje será como su maestro”.

Jesús nos está llamando a aprender de Él para ser como Él. Jesús nos invita al mimetismo, conocer a Cristo que ríe, que llora, se entristece, se apiada, se alegra, se emociona, que mira con amor… Y en cada gesto se deja ver siempre el calor de su corazón amabilísimo. Para tener tú y yo también un corazón semejante al de Cristo y poder querer a los demás así.

IMANTAR NUESTRO CORAZON AL DE CRISTO

Seguro de niño hiciste el experimento que se conoce como “inducción magnética”. Consiste en frotar un trozo de hierro con un imán para transferirle propiedades magnéticas de tal forma que pueda agarrar objetos metálicos pequeños como clips o alfileres. Por ejemplo, un desarmador se puede imantar con un imán al alinear los momentos magnéticos de sus electrones en la misma dirección.

Así estamos tú y yo llamados a imantar nuestro corazón con el corazón de Cristo.

A veces podemos tener heridas del pasado, estar, digámoslo con el mismo ejemplo, desimantados. Cosas que afectaron nuestra sensibilidad… ¿cómo sanarlas? Pues alineando nuestro corazón en la misma dirección del corazón de Cristo. ¿Y cómo es el corazón de Cristo? Pues es el corazón del Hijo de Dios. El punto de partida y de llegada para sanar nuestras heridas y aún mejor para que en adelante no nos dejemos herir, es tener bien clara nuestra identidad de hijos de Dios. Estar bien imantados en nuestra realidad más profunda de hijos de Dios. Porque un corazón bien imantado es un corazón incapaz de ser herido.

LA MIRADA DE DON PINO

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Así era el corazón de un sacerdote que te quiero contar su historia. Un sacerdote italiano de Sicilia, que murió asesinado por la mafia por el hecho de salir a la calle en búsqueda de niños para animarlos a ser mejores personas, a tener grandes ideales. Una lucha entre gente buena que quiere sacar a estos muchachos de esa vida absurda y gente mala que quería meterlos allí.

Este sacerdote se llamaba don Pino, que asesinaron por el romper el silencio con el que mucha gente vive por miedo. Tan peligroso fue don Pino para esta mafia siciliana como los jueces. ¿Por qué? Porque terminaba con su ejército de muchachos para la mafia, los sacaba del mal. ¿Por qué? Porque aquellos muchachos comenzaron a seguirle, porque todas las personas en el fondo de su corazón tienen nostalgia de una vida pura, de una vida grande, que tú y yo también queremos descubrir. Tenemos ganas de hacer cosas que trasciendan.

Total, que la mafia siciliana contrató a un sicario que le llamaban “el cazador” porque llevaba como treinta víctimas. Pero el padre Pino fue su última, porque después de matarlo se convirtió. Porque cuando aquel 15 de septiembre del año 92 fue a asesinar al padre Pino, mientras él estaba a punto de dispararle, don Pino, al sentir la presencia de su agresor, se volteó, lo miró a los ojos y le dijo: -Te estaba esperando, y le sonrió.

Así murió aquel padre Pino. Hubo algo creativo en esa mirada, porque siempre hay algo creativo en la mirada enamorada del hombre. La primera vez que alguien te ha mirado a los ojos y has sentido que tu vida ha valido la pena ser vivida. No es necesario demostrar nada más para descubrir que alguien te quiere. Basta saber que él o ella te ha mirado a ti, de la manera como eres ahora. Y eso dice mucho. Significa que tu vida es buena así como es.

Y con esa mirada de don Pino el sicario dejó esa vida de asesino y decidió transformar su vida. Empezó a colaborar con la justicia, se entregó, pasó muchos años en la cárcel, se hizo testigo protegido, cambió de identidad y ahora es un padre de familia que vive en una ciudad que no se sabe. Es un hombre libre, sobre todo libre de pecado. ¿Y por qué? Porque alguien le sonrió en el momento de máxima violencia de su vida.

LA LIBERTAD DE UN CORAZÓN UNIDO AL DE CRISTO

Eso significa que don Pino tenía dentro de él una región tan libre, un espacio interior tan grande, que nada ni nadie podía herirla por mil balazos que le dieran. Y tú y yo queremos algo igual. Tú y yo queremos tener, podemos tener ese espacio interior, podemos tener un corazón a la media del corazón de Cristo, aprender de nuestro maestro, dejarnos instruir a través de la oración.

Decía santa Teresita:

“Cuanto más unida estoy a Jesús, tanto más amo a mis hermanos. Cuando quiero aumentar en mí este amor, cuando sobre todo el demonio trata de poner ante los ojos de mi alma los efectos de tal o cual hermana que me es menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes, sus buenos deseos”

(Santa Teresa de Lisieux, Manuscrito C).

Esta es una actitud positiva. Lo negativo es quedarme con lo que no nos gusta de una persona como si no tuviera cosas buenas. Pues vamos educando nuestro corazón, vamos imantando nuestro corazón, convirtiéndolo para que no sólo haga lo bueno, sino que aprenda a gozarse con lo bueno.

EL AMOR TRANSFORMA AL CORAZÓN

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Cuentan que san Francisco de Asís se encontró con un leproso y al verlo advirtió dentro de sí una reacción negativa de rechazo. Pero después de un tiempo la emoción cambia y Francisco experimenta, al contrario, una atracción irresistible que le lleva a abrazar y a besar a aquel leproso. El santo dice que fue el Señor quien cambió la emoción de su corazón.

Por contraste, cuenta Dostoyevsky en Los hermanos Karamazov a propósito de un tal Juan “el misericordioso”. Y dice Dostoyevsky:

“No sé dónde he leído que Juan el misericordioso, al que un viajero famélico y aterido suplicó un día que le diera calor, se echó sobre él, lo rodeó con sus brazos y empezó a expeler su aliento en la boca del desgraciado, purulenta por el efecto de una horrible enfermedad. Estoy convencido – terminaba diciendo Dostoyevsky- de que aquel hombre, –aquel don Juan el misericordioso-, tuvo que hacer un esfuerzo para obrar así, que se engañó a sí mismo al aceptar como amor un sentimiento dictado por el deber, por el espíritu de sacrificio”

(Fiódor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov, Cap. IV).

Pues sí es fuerte el juicio de Dostoyevsky sobre este hombre Juan, que actuaba por el deber con espíritu de sacrificio, haciendo un gran esfuerzo para abrazar a aquel pordiosero, a diferencia de san Francisco.

Y es lo que le pedimos al Señor ya para terminar nuestra oración. que tengamos esa conversión de la emoción, que es difícil pero que se puede, educar el deseo, educar el corazón, como se educa el paladar para un buen vino.

Acudimos a la Virgen que nos enseña a querer. Madre, consígueme del Espíritu Santo un corazón redimido; acompáñame en este camino de imantación, de imitación, de aprendizaje, para poder tener el mismo corazón que tiene Cristo, porque a eso estamos llamados todos los cristianos: a ser el mismo Cristo.


Citas Utilizadas

1Cor 9, 16-19. 22-27

Sal 83

Lc 6, 39-42

Santa Teresa de Lisieux, Manuscrito C

Fiódor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov, Cap. IV

Reflexiones

Señor, que el amor transforme nuestros corazones para servirte.

Predicado por:

P. Josemaría

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