Hoy en Ecuador, nos acordamos de una santa que se llama: santa Marianita de Jesús, que es de las primeras santas ecuatorianas.
Y pensaba que podía ser bonito, Señor, hablar contigo sobre esta santidad, el modelo de santidad, partiendo de lo que nos dices hoy en el Evangelio, ya en el tiempo ordinario de san Marcos.
«Pedro comenzó a decirle: ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Y Jesús le dijo: ‘Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por Mí y por el evangelio, quedará sin recibir el céntuplo: ahora en este tiempo y en el mundo venidero, la vida eterna».
Y termina con esta frase que es llamativa:
«Pero muchos serán los últimos y los últimos primeros»
(Mc 10, 28-31).
«Pero muchos primeros serán últimos y los últimos primeros» …
Señor, hoy nos ponemos delante de Ti con la vida tal vez cargada de años, de experiencias, de buenas intenciones. Y al escuchar a Pedro, también nosotros, con nuestra propiedad, podemos pensar: Señor, yo no he dejado una casa para irme a un convento, pero cómo me cuesta dejar mis planes, mi comodidad o mi tiempo para atender a los demás.
Y ese céntuplo que prometes no es para los que hacen cosas extraordinarias. A los ojos del mundo se dejan la vida, sino para los que dan en lo pequeño: dejar a veces el propio juicio, dejar ese: ‘yo tenía razón’, dejar el derecho a explotar cuando la paciencia se agota… Ese es nuestro dejarlo todo de hoy.
LA AZUCENA DE QUITO
Miremos ahora el ejemplo de santa Marianita. Aquí la recordamos como “La Azucena de Quito” y a veces la ponemos en un pedestal tan alto que nos parece inalcanzable.
De hecho, la calle que se llama Mariana de Jesús, es una calle que sube directamente hasta el Pichincha. Tiene una inclinación, tal vez si no me equivoco, de las más largas y más inclinadas de la ciudad. Y nos puede venir a la cabeza que así es la santidad: una subida con una inclinación muy alta.
Pero fíjate, ni Marianita de Jesús se creía mucha cosa, ni su santidad era algo fuera de lo común, porque la verdadera grandeza de Marianita no estuvo en milagros, sino en su decisión radical de entregarse por los demás desde su propia casa.
No sé si sabías, pero ella no fue monja de clausura, vivió en el mundo, en el corazón de su familia.
Cuando Quito se vio azotada por terremotos y la peste, ella no huyó, no se quejó ni se encerró en el egoísmo. Fue al altar de una de las iglesias más representativas, icónicas de la ciudad: La Compañía de Jesús y dijo ahí:
“Señor, toma mi vida por la del pueblo”.
Marianita ofreció su vida de golpe. A ti el Señor te pide que la ofrezcas a abonos diarios en pequeñas cuotas.
COMPRARLE EL SILENCIO AL ORGULLO

Tu peste actual no es el virus de la colonia, que fue terrible, ni tampoco el COVID. A lo mejor es el virus de la prisa, de la mala contestación del hijo adolescente o del esposo cansado que piensa que tiene otras cosas que le atraen más o del roce con la compañera de la parroquia o del trabajo que parece que siempre quiere tener la última palabra o es cualquier cosa que te quita la paz.
Por eso, entregarse por los demás hoy significa comprarle el silencio al orgullo.
Hablemos con Jesús con toda claridad: “Señor, Tú sabes que quiero hacer el bien. Colaboro, rezo, ayudo, pero qué difícil me resulta el trato diario, qué rápido pierdo la paciencia”.
A veces el cansancio físico pesa, las decepciones de la vida ya han dejado huella y quisiéramos que las cosas salieran a la primera, pero es ahí donde el diablo nos roba la paz, haciéndonos creer que porque perdimos los papeles ya no somos buenos cristianos, que ya no servimos.
Fíjate en la mirada de Cristo, porque Jesús te mira con una sonrisa y te dice:
«muchos primeros serán últimos».
Y aquella que parece muy santa, que pasa ahora rezando, pero luego es agria en el desayuno, tiene que aprender de ti que quizás caigas, pero pides perdón con humildad, lógico.
La paciencia es don y artesanía, es algo que le podemos pedir a Dios, pero también que tenemos que hacer poco a poco.
NUESTRAS AZUCENAS
Fíjate como Marianita cultivaba azucenas, esas flores que no crecen a gritos, sino crecen con el riesgo constante, pero también con ponerles agua poco a poco. Con ese sol, que aquí en Quito es tan fuerte y con esa espera para que vayan floreciendo.
Las personas que te rodean son tus azucenas: ese hijo que no cambia, ese pariente difícil, ese esposo un poco pesado… necesitan tu paciencia, no tus discursos. Y cada vez que respiras hondo, antes de responder, estás haciendo lo mismo que santa Marianita hacía en ese altar de la Iglesia de la compañía: ofrecer tu vida por ellos.

Por eso aquí, en este rato de oración, haz un compromiso concreto hoy. No te propongas ser perfecta, sino algo muy humano y muy divino a la vez.
¿A quién le voy a regalar una respuesta mansa hoy, aunque por dentro esté hirviendo, aunque por dentro a veces me desespere? ¿En qué momento del día voy a frenar la queja para cambiarla por una jaculatoria?
Por ejemplo: “Señor, dame tu paciencia” o “Marianita, enséñame a amar”. Estas son cosas que podemos trabajar en nuestro día a día, que no nos quitan nada de nuestro tiempo; al contrario, nos dan más fuerza para actuar según los designios de Dios.
NUNCA PERDIÓ LA PAZ
A veces olvidamos que esta santa Marianita, al quedar huérfana, no vivía ni en un palacio, sino que vivía en la casa de su hermana Jerónima y de su cuñado Cosme de Caso. Una casa que tenía muchos niños, un ajetreo diario de una familia muy numerosa y las tensiones normales de la convivencia.
Los historiadores cuentan que Marianita pasaba largas horas en la cocina de la casa. No estaba escondida rezando en un rincón abstracto, sino que ayudaba en las tareas más pesadas: preparaba alimentos para los pobres que tocaban la puerta y cosía para los necesitados.
De hecho, su cuñado y los que vivían con ella testificaron más tarde que, a pesar del ruido, de las exigencias de la casa y que a veces su generosidad incomodaba los planes familiares, nunca nadie la vio perder la paz, ni poner malas caras, ni responder con altanería. Su mortificación era sólo el ayuno y la sonrisa constante cuando el entorno se ponía difícil.
Tú, tu cocina, ese chat de WhatsApp que no para de sonar, la ropa por lavar, las cuentas por pagar, los platos sucios que nadie recoge… Marianita no se santificó huyendo de los rezos familiares, se santificó en medio de ellos.
Con lo tal, cuando sientas que el ambiente de tu casa o del trabajo te satura, acuérdate de que ella lo hizo entre los fogones de Quito, entre esas cocinas.
La paciencia no es aguantar con amargura, es transformar el servicio pesado en un acto de amor callado, sin cobrar facturas emocionales a los demás.
Vamos a terminar este rato de oración: Gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía, Inmaculada, san José, mi padre y señor, santa Marianita de Jesús, intercedan por mí para que sepa hacer la paz en mi hogar.



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