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P. Mario

4 min

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MANCHAS TU ALMA

l peligro de las manchas en el alma. Debemos cuidar de permanecer siempre limpios porque limpiar un alma cuesta, el pecado se nos vuelve sensible y nos es necesaria la confesión y la oración constante, contando con Santa María la toda pura.

CUIDAR EL ALMA

Hoy vemos en este Evangelio como Tú, Señor, nos quieres preservar de toda mancha. Nos dices:

“Escuchen y entiendan todos, nada que entre de afuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (Mc 7, 15).

Por eso es bueno que mires hacia adentro, hacia las tendencias de tu corazón, hacia sus apegos y saber cuáles son sus anhelos más profundos. No podemos olvidar que el pecado original tiene en nosotros -en ti y en mí- consecuencias fuertes, y es necesario conocernos y saber por dónde estar más atentos.

Hemos de cuidar mucho nuestra alma de toda mancha, porque ¿cómo se limpia un alma? Todos tenemos experiencia de cuando se ensucia una pared lo difícil que es limpiarla; cuando se mancha una hoja, cuando se mancha un pedazo de tela, lo difícil que muchas veces puede ser limpiar todo eso. Y si limpiar una cosa que tenemos a la mano es difícil y a veces no se puede, ¿cómo limpiar un alma manchada?

Una vez me decía alguien que había ido a una tintorería que ya no podían hacer nada más por una prenda que llevaba siempre. Parece que le daba palo y la llevaba muy sucia. Cada vez era más difícil limpiarla, porque se iba curtiendo poco a poco. Eso es lo que hace el pecado en nosotros.

Los pecados veniales, nos decía san Agustín, no son importantes por su esencia, sino por su número. No es lo mismo una mentira que cincuenta; no es lo mismo un momento de pereza que todo el día o todo el tiempo. Los pecados veniales nos hacen más daño de lo que pensamos. Lo tenemos por inofensivos -es verdad que no nos rompen con Dios directamente, pero sí que nos pueden dejar la sensación de que nos estamos alejando mucho. ¿Cuántas veces hemos oído decir a alguien: es que me siento sucio? Claro, el pecado si se va acumulando nos deja aquella sensación.

EL PECADO NOS DEFORMA

El pecado tiene efectos sensibles. Nos puede hacer sentir pesados, sucios. No en vano, aunque esto que voy a contar ahora es una revelación privada, hay santos que han sentido la presencia de personas impuras por medio de un mal olor. Es una gracia de Dios, una cosa que Dios les ha concedido a algunos santos. Es una gracia.

Con todo, no dejemos que el pecado haga sede en nosotros. Hemos de combatirlo rápidamente con una buena confesión recurrente, continua (cada 15 días es un buen tiempo), porque además de pecados veniales están las imperfecciones: el dejar la luz prendida, el dejar el agua correr, que en el fondo son faltas de caridad para quien vive con nosotros.

El pecado original tiene consecuencias aplastantes en nosotros. Nos tiende al mal, al mal hábito, a las malas costumbres. Nos es más fácil elegir el mal, la mentira a la verdad, el no hacer nada a la laboriosidad, la impureza a la castidad. Claro que en un alma dócil a la gracia no es tan difícil ya, pero hasta llegar a eso hay que luchar y trabajar duro.

El padre Fortea en su libro Historia del Mundo Angélico, que es un libro en que hace teología angélica volcada en un cauce narrativo -él mismo lo dice al comienzo de su libro- va describiendo una transformación en los ángeles que se han revelado contra Dios. Se los muestra ya al final totalmente manchados y deformes, hasta transformarse en seres horrendos. Eso hace el pecado en nosotros, en nuestras almas. Sin ir muy lejos, también en personas que han elegido el mal se ve cómo en sus rostros hay un cambio, se vuelven agresivos también, sus facciones se desfiguran, en sus ojos ya no hay paz.

alma

LA ORACIÓN PARA LIMPIAR EL ALMA

Por eso no podemos dejar la oración, que es lo que nos ayuda siempre dejar ese mal que quizá hacemos siempre o al menos recurrentemente. La oración personal de cada día, las oraciones intermedias, antes de hacer algo (estudiar, trabajar), también antes de comer. A veces sí que nos preocupamos más de otras cosas, a veces caemos en pequeños fariseísmos y le damos más importancia al lavado de las manos, al no poner los codos en la mesa, al no llevar el celular a las comidas. Y aquello está bien, está bien el aseo, está bien la etiqueta, la educación, está bien todo esto, pero sin olvidarnos de bendecir los alimentos y de la acción de gracias al final.

El papa Francisco nos recuerda que hay que tener cuidado con el legalismo y nos ha recordado que la verdadera religión no es un tema de etiquetas externas, sino de una constante limpieza del alma. Y cuando bendecimos los alimentos al comienzo y damos gracias al final, también reconocemos que todo don viene de Dios y mejoramos cada vez más nuestra relación con Él. Oración siempre; siempre y en todo momento oración.

Hoy celebramos a Nuestra Señora de Lourdes y podemos encomendarnos a Ella, la toda pura, la sin mancha, para que nos ayude, nos conduzca, nos guíe y nos encomiende. No olvidemos que la Virgen se presenta a sí misma como la Inmaculada Concepción. Ahí cuando habla con Bernardita, se lo dice: “Yo soy la Inmaculada Concepción, aquella a quien el pecado ni siquiera la rozó”. Podemos contar con Ella para que nuestra alma sea cada vez más limpia. Aborrezcamos el pecado incluso venial y vivamos la conversión continua.


Citas Utilizadas

1Re 10, 1-10

Sal 36

Mc 7, 14-23

Reflexiones

Señor, que aborrezca el pecado y viva en continua conversión.

Predicado por:

P. Mario

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