Hay algo que pasa mucho en la universidad. Uno empieza el semestre con ganas de hacerlo todo bien, incluso perfecto.
Empieza uno a copiar en los cuadernos, pero con letra caligráfica bien hecha, bonita, pero es normal que después entre el cansancio con los parciales, con los trabajos de entrega, la presión…
Poco a poco aparece la tentación de hacer las cosas, pues ahí más o menos, más o menos y pensar: ah, eso nadie lo nota, eso da igual, con tal de pasar, con tal de quedar bien.
Eso nos pasa y uno se puede acostumbrar a vivir así, cumpliendo, apenas cumpliendo.
UNA TAREA MUY SENCILLA
Hace unos días pasó algo muy sencillo en un salón que está ahí detrás de la capilla en la universidad.
Llegó un señor con una listica, con una orden muy concreta, una lista donde tenía pues varios arreglos que hacer ese día o esa mañana en la universidad.
Y el arreglo que tenía que hacer en este salón, pues era muy sencillo, pegar un listón de madera en la esquina de una pared, que se había despegado.
Esa era la indicación, pegar el listón. ¡Eso era todo! Era una tarea muy sencilla, pero cuando él revisó el listón se dio cuenta de que además tenía muestras de golpes, estaba golpeado en la parte baja, en dos puntos.
Y bueno, pues yo que estaba ahí le dije: ¿Por qué no quita el listón completo, lo voltea? Y así pues la parte mala del listón pues queda arriba y no se nota tanto.
Y entonces su respuesta me sorprendió mucho, Señor, y me da pena porque sí me sorprendió, y me dijo: No, no, no, igual quedaría mal, lo que tocaría es cambiar el listón completo.
Y me impresionó, porque ese señor no se limitó a cumplir lo mínimo, no buscó la salida fácil, no dijo: Nada, ya listo, ya lo pego y ya me voy.
No, no hizo lo suficiente como para salir del paso. Ese señor quería hacer las cosas bien hechas. Y pensé, esto tiene muchísimo de Dios.
AUNQUE NADIE LO APLAUDA
Este trabajo bien hecho lo está viendo Dios. Este trabajo bien hecho tiene algo eterno. Tiene eternidad. Goza ya de eternidad, aunque nadie lo vea, aunque nadie aplauda, aunque nadie lo felicite.
Hoy es la fiesta de san Isidro Labrador, un gran santo que se venera en Europa, aquí también en América, un santo español y no fue famoso por, no sé, por predicar grandes sermones ni por hacer cosas espectaculares delante del mundo.
Era un campesino, un hombre sencillo, un trabajador normal. Madrugaba, trabajaba la tierra, sembraba, cuidaba animales y ¡se hizo santo asi!

Me acuerdo ahí en la subida de patios, que es un puerto de montaña ahí en Bogotá, que es el puerto registrado en Strava, más subido del mundo.
Tiene miles y miles de muestras ahí, en la aplicación de Strava, que es una aplicación para ciclistas.
Subiendo al puerto de patios, hay una estatua y una escultura de san Isidro Labrador, entrando a una vereda, trabajando.
Qué impresionante pensar que uno puede llegar al cielo manejando bien el Excel, estudiando con seriedad, organizando un laboratorio, limpiando una casa, cocinando, atendiendo pacientes, diseñando, haciendo cuentas o incluso pegando un listón de madera.
Recuerdo en el año 2002, era un pelado, san Juan Pablo II, diciendo en la plaza de san Pedro con fuerza: «San Josemaría, el santo de lo Ordinario».
En octubre 6 del 2002, fue su canonización en san Pedro y ahí estaba san Juan Pablo II, ya mayorcito, pero con fuerza decía, «El santo de lo ordinario».
CAMINO DE SANTIDAD
San Josemaría, el fundador del Opus Dei, nos recordaba que Dios nos espera en la vida corriente, no solamente en momentos extraordinarios, no solamente en retiros espirituales, no solamente en cosas religiosas.
Dios nos espera en el estudio, en el trabajo, en el cansancio, en la puntualidad, en responder bien un correo, en hacer un trabajo sin copiar, en ordenar el cuarto, aunque nadie lo vea.
Y esto cambia completamente la vida, porque entonces el trabajo deja de ser solamente un medio para ganar plata o para tener éxito o para recibir aplausos incluso.
El trabajo así se vuelve camino de santidad. Y aquí vale la pena preguntarnos algo, Jesús, con sinceridad, delante de Ti: “Señor, yo, ¿para qué trabajo? ¿Para que me admiren? ¿Para quedar bien? ¿Para sentirme superior?”
¿O porque quiero darte a Ti todo el honor y toda la gloria? Amarte por amor. Muchas veces lo que buscamos en el trabajo es el éxito, que hablen bien de nosotros, que nos reconozcan, que nos feliciten.
Y recordaba un chiste de un sacerdote que además siempre va contando los mismos chistes, pero siempre me río porque son chistosos.
CONOCE EL TRABAJO HUMANO
Él entonces decía: «El único lugar donde el éxito aparece antes que el trabajo es en el diccionario. La “e” es antes que la “t».
Bueno, es un chiste sencillo, pero tiene toda la razón. El trabajo real casi siempre es silencioso, cansado, poco visible.
Y en este punto miramos a Jesús, a Jesús de Nazaret, el Nazareno, el hijo de José. A mí me conmueve pensar mucho que Jesús pasó 30 años trabajando, ¡Treinta!, muchísimo más tiempo trabajando que predicando.
Señor, Tú sabes trabajar. San José te enseñó muchísimas cosas. Me imagino a Jesús chiquito en la edad de preguntar: ¿y por qué? y ¿por qué?».
Viendo a José trabajar la madera, arreglar cosas, medir, lijar y aprendiendo. ¿Cómo le explicaría a José las cosas?
Porque después, cuando uno escucha predicar a Jesús, se nota que conoce el trabajo humano por dentro.
Al campesino, por ejemplo, le habla de semillas, lluvias, cosechas, graneros. Al pescador le habla de redes, de barcas, de peces buenos y malos, de limpiar las redes.

Jesús también conoce los impuestos, las monedas, habla a los jornaleros, las deudas, habla de las deudas.
Sabe también del cuidado de la casa. Dice que la mujer encienda la lámpara y barra cuidadosamente para encontrar la moneda perdida.
Jesús, incluso sabes cocinar. Después de la pesca milagrosa, los discípulos te encuentran; ya habías hecho unas brasas encendidas para asar el pescado. Ya tenías pan preparado.
TRABAJAN BIEN
Señor, tú amas el mundo del trabajo porque lo trabajaste. ¿Por qué lo ama? Porque lo trabajó. Porque le tocó trabajar y aprendió a amar el trabajo. Y por eso también mira cómo trabajan tus discípulos antes de llamarlos.
En el evangelio de san Marcos, Jesús pasa junto al mar de Galilea y ve a Simón y Andrés echando las redes porque eran pescadores.
Más adelante vio a Santiago y a Juan remendando las redes en la barca. Qué detalle tan bonito.
Jesús los encuentra trabajando y trabajan bien y se da cuenta, se da cuenta de que remiendan las redes, que no les da igual tener una red de cualquier manera, no, lo están haciendo bien.
Hacen lo que tienen que hacer, hacer las cosas bien. Porque el trabajo bien hecho prepara el alma para escuchar la voz de Dios.
Y preparó el alma de esos discípulos para poder escuchar a su llamado y seguirte, Señor.
¿El trabajo nos permite alegría profunda o una alegría superficial?, una alegría de saber que todo sale perfecto o una alegría más bien de saber que le buscamos y le damos un sentido al trabajo.
HACER LAS COSAS BIEN
La alegría de recibir aplausos o la alegría de saber que ese trabajo es para la eternidad. La alegría del éxito fácil.
Señor, la alegría de saber que Tú me miras con cariño mientras estudio, mientras trabajo, mientras lucho.
Vamos a pedirle a nuestra madre santa María que nos ayude a trabajar bien, a estudiar bien, a poner el estudio en las manos de Dios, que Él lo mira a pesar del cansancio.
Estudiar, trabajar bien, todo para acercarnos al cielo, como san Isidro Labrador, como san Josemaría.
Como el señor del salón en el que estaba ese listón de madera despegado, no basta con cumplir.
El amor siempre intenta hacer las cosas bien y eso da alegría, la alegría de saber que la vida tiene sentido, que Jesús está presente en el trabajo.
Santa María, madre mía, te pedimos que nos enseñes a vivir así. Tú pasaste la mayor parte de tu vida en lo ordinario, en una casa sencilla, en trabajos normales.
Santa María, ayúdame a descubrir que el cielo empieza también en lo pequeño, que Jesús me espera en mi escritorio, en mi cuaderno, en mi cansancio, en mi trabajo de cada día.



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