Enfrente de mi habitación hay un jardín. El primer árbol después de la ventana es un árbol de guayabitas, guayabas pequeñas, verdecitas, incluso se van poniendo amarillas ya cuando están maduritas y son bien ricas. En la penúltima cosecha, estuvo sensacional, fue una cosecha larga, dio muchas muchas guayabas. Pero en esta última cosecha, qué pena, salieron las guayabas con unos punticos negros, y no era solamente una ramita, era todo el árbol.
Lo curioso, porque efectivamente pues si uno mira el fruto, la guayaba, la hoja, la rama y el tronco, pues algo pasa. Pero, ¿dónde está el problema?
Y el problema no solamente está en la guayabita, en los punticos negros, tiene que haber un problema más serio, algo le está pasando a ese árbol.
Hubo que decirle al jardinero que lo revise o que le eche algún herbicida o alguna cosa, algo por dentro de ese árbol, porque no está bien y tarde o temprano ahí está el resultado, la guayaba sale con puntos negros. Yo no sé si se pueden comer, o si de pronto no pasa nada que tenga esos punticos negros.
Hoy Jesús habla precisamente de árboles y de frutos, y me gusta imaginarte Señor diciendo estas palabras hablando de los árboles. Tú habías caminado mucho por Galilea, habías visto ya higueras, viñas, olivos y diferentes árboles frutales también.
Y me hago una pregunta Señor, ¿cuál sería la fruta que más te gustaba a ti?, ¿cuáles serían las frutas que comías tú? La fruta que al verla allí madura del árbol pues irías corriendo a bajarla y a comérsela, ¿cuál te llamaría la atención?
Bueno, podemos tener también esa pregunta y tener el deseo de saberlo. Y hoy Jesús dice algo que el que vive en el campo entiende. Fíjate qué sencillez: «Cada árbol se conoce por su fruto», esto no es una gran tesis doctoral para saberlo, ni hay que hacer una carrera universitaria.
«Cada árbol se conoce por su fruto», listo Señor.
Después dejas de hablar de frutos y de árboles y empiezas a hablar de nosotros, ya de tus hijos. Entonces vas a decir: «El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien… porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».
Señor y hoy quisiera mirar contigo mi corazón. Porque uno puede cuidar mucho lo de afuera. La guayabita que esté verdecita y luego se vaya poniendo amarilla y luego no. Puede uno intentar dar una buena impresión, incluso puede controlar lo que dice, puede aprender incluso a reaccionar correctamente, pero tarde o temprano sale lo que uno lleva adentro, lo que uno tiene en el corazón.
Así como esa guayabita, pues si uno la exprime sale guayaba y no sabe a otra fruta. Si uno coge la naranja y la abre, pues va a salir una naranja, y si uno la exprime saldrá jugo de naranja, ¿cierto?
Pues Señor, cuando la vida me exprime, ¿a mí que me sale? Señor si hoy me exprimieran mi corazón, ¿que saldría?
Porque hay momentos en los que la vida nos exprime y no hace falta que ocurra una tragedia. A veces basta estar cansado para que alguien diga lo que no me gusta, que aparezca un mensaje que me molesta, que algo que tenía perfectamente organizado salga distinto y ahí sale el jugo, lo que llevo adentro.
Uno descubre cosas bonitas también en esos momentos que Dios ha ido sembrando, pero también puede descubrir un poquito de impaciencia, de susceptibilidad, de orgullo, de rabia, de ganas de tener siempre la razón.
Señor, si hoy exprimieran mi corazón, ¿que saldría? Yo quiero que cuando expriman mi corazón, cuando haya situaciones que me lo expriman, que salga buen fruto, que salga un buen jugo.
Y quiero preguntarte Jesús, ¿cómo se alimenta el corazón? La respuesta rápida para todos los que hacemos un ratico de oración todos los días con Hablar con Jesús, es hablar con Jesús, hacer oración. Esa es una muy buena manera de alimentar el corazón, hacer oración cada día, e incluso permanecer en oración, tener esa predisposición de hablar con el Señor permanentemente todo el día, ¿cierto?
Incluso podría decirte que sería santo ya de tanto hablar contigo todos los días. Señor pues ahí voy, ahí voy por eso. Quiero hablar contigo todos los días en Hablar con Jesús.
Está bien si hablamos todos los días, pero el Señor nos puede decir: «¿y tú me dejas entrar en tu corazón?» Porque una cosa es hablar y otra dejar que la conversación vaya entrando en el fondo.
Por eso me parece tan bonita la segunda imagen que utilizas hoy Señor en el Evangelio. Hablas de un hombre que construye una casa y dices algo que podría pasar inadvertido. Dice: «Cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca».
Señor, no construyes encima. El personaje de esta parábola no construye encima, fue hacia abajo. Y eso es la oración, ir ahondando, no quedarme solamente con pensamientos bonitos sobre Ti, ni solo cumplir simplemente con un ratico de oración, sino es dejar que Tu palabra baje un poquito más y que llegue hasta donde están mis deseos, miedos, heridas, ambiciones y mis reacciones.Porque después el río está ahí cerquita, después puede venir la crecida.
Me acuerdo de la crecida, de la avalancha y de la riada que hubo hace unas semanas en Nepal, ¡qué cosa tan tremenda!
Jesús no dice que por haber construido sobre roca no venga el río. Claro que hay río, viene y puede haber una crecida. Y puede haber una avalancha, cierto Señor. Y también al que hace oración le llegan días malos, también se cansa y siente rabia. Habrá momentos en los que todo por dentro se mueve, la diferencia está en el fundamento.
Eso nos puede servir para mirar hoy nuestras reacciones: ¿cómo reacciono cuando algo me toca? ¿Tengo un corazón con fundamento o ante cualquier estímulo reaccionó como una riada, como una avalancha? Mejor dicho, ¿se viene la montaña de mis emociones encima no solamente de mí sino de toda mi casa, de todo el barrio, de toda la gente con la que trabajo?
No se trata de no sentir, no se trata de convertirnos en personas frías que nada les afecta, ¡no! Se trata más bien de descubrir qué hay debajo, que hay en el fundamento que sostiene mi corazón cuando llega a la crecida.
Y ahí Señor quiero encontrarte a Ti, que debajo de mis emociones estés, que debajo de mis preocupaciones estés Tú Señor. Que cuando cabe y ahonde encuentre roca y a Ti. Es entonces cuando la oración comienza a notarse por fuera.
San Josemaría escribe en el segundo punto de su libro Camino: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar, éste lee la vida de Jesucristo, este hace oración.
Qué bonito sería que se notara que hacemos oración, no porque estemos hablando de Dios a todas horas. Se nota porque alguien termina una conversación con nosotros y queda como un poquito más en paz, se nota en la manera de contestar, en la forma de mirar, en que uno aprende a no devolver inmediatamente el golpe.
Porque si llevo tiempo Señor hablando contigo, pues algo tiene que ir apareciendo. Los frutos terminan contando la historia de las raíces.
Y hoy la Iglesia celebra el Dulce Nombre de María. Qué bonito terminar simplemente pronunciando su nombre María nuestra Madre.
Hay nombres que traen recuerdos y nombres que despiertan cariño. Y ahí está el nombre de María que trae sosiego para el alma. María, llámala fuerte, te escucha, te ve en peligro quizá y te brinda su Madre Santa María con la gracia de su hijo, el consuelo de su regazo y la ternura de sus caricias, y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha.
María tenía el corazón lleno de Dios, por eso sus frutos fueron buenos y cuando la vida la exprimió de una manera terrible, al pie de la Cruz, de aquel corazón siguieron saliendo fe, amor y fidelidad. María Madre, ayúdanos a guardar a Jesús dentro, a cavar, ahondar y a construir sobre roca para que cuando llegue la crecida permanezcamos firmes… Y para que cuando la vida nos exprima, salga de nuestro corazón algo de Jesús.



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