Nuestro Señor Jesús no pierde tiempo; está siempre ocupado, y lo que contemplamos en el Evangelio de hoy, que es de san Lucas, es precisamente esto: una jornada en la que la que caracteriza es la intensidad, una cosa tras otra.
San Lucas nos dice que está el Señor en Cafarnaúm; tuvo faena allí en la sinagoga y, apenas sale de la sinagoga, se encuentra con la suegra de san Pedro, que está allí en su casa.
El evangelista nos dice que aquella pobre mujer estaba con una fiebre muy fuerte y el Señor toma cartas en el asunto; no hay tiempo que perder: sana a la suegra de Pedro. Termina eso y el evangelista también nos dice que hay trabajo por hacer, porque, al ponerse el sol, cura a una multitud de enfermos y expulsa demonios.
Y, por si no hubiese sido suficiente, también dice san Lucas que en la madrugada se retira a un lugar solitario a orar; es decir, también consigue sacar tiempo para ese diálogo personalísimo, íntimo con Dios Padre.
Bueno, puede ser un día como cualquier otro: curar enfermos, expulsar demonios, rezar. Sin embargo, en lo que nos presenta hoy san Lucas, hay un detalle al final que es sumamente revelador.
Porque dice san Lucas que la multitud sale a buscar a Jesús y, por fortuna, lo encuentra. El detalle al que me refiero es que dice san Lucas que la multitud trata de retenerlo para que no se vaya de su lado.
Obviamente, la multitud tenía razones muy comprensibles para buscar al Señor: habían visto su poder, habían visto su capacidad de sanar enfermos; trajo seguramente mucho alivio y tranquilidad a tantas personas. Con el Señor viene la paz.
¿POR QUÉ MOTIVOS BUSCAMOS A JESÚS?

Pero la respuesta de la gente también refleja una tentación constante que nos acecha a nosotros: la tentación de retener a Jesús, de poseerlo, de buscarlo, pero por motivos no tan rectos; solamente por el propio beneficio, por la propia seguridad.
¡Ojo! Es verdad que el Señor es nuestra salud y nuestra esperanza; es nuestra roca, pero hay una diferencia fundamental en el modo en que lo buscamos. Por eso, aprovechamos este evangelio del día de hoy para preguntarnos también nosotros: ¿Por qué motivo suelo yo habitualmente buscar a Jesús? Pregunta fundamental.
Dependiendo de la respuesta que demos a esta pregunta, Dios va a ser alguien muy diferente para nosotros. Porque no vaya a ser que Dios sea el Dios bombero, es decir, ese Dios al que buscamos solamente cuando hay un incendio en nuestras vidas; o que sea el Dios mecánico, ese Dios que buscamos cuando se nos rompe algo; o Dios antibiótico: nos acordamos de Dios cuando necesitamos un milagro de salud; o el Dios supermercado, al que vamos allí eligiendo que es lo que nos interesa y lo que no, lo dejamos allí sobre el anaquel.
Esta pregunta es fundamental: ¿cuáles son los motivos por los cuales yo busco habitualmente a Jesús? Porque en ocasiones nuestra búsqueda de Dios corre el riesgo de ser por puro interés, puramente funcional, por puro utilitarismo.
Buscamos a Jesús cuando hay problemas, cuando las dificultades nos hacen imposible funcionar, cuando necesitamos un alivio inmediato o un favor concreto. Buscamos a Jesús como si fuera un tratamiento de urgencia, pero eso no es suficiente.
Buscar al Señor ha de ser, sobre todo, movido por el amor, que es una entrega, una donación total: aceptar al otro por quien es.
BUSCAR AL SEÑOR POR AMOR
Por eso, este detalle de la gente que buscaba retener a Jesús es sumamente iluminante para nuestras vidas. Muchas veces tendremos que corregir nuestra intención, rectificar una y mil veces y decir: “Señor, que yo no te busque solamente por el bien que me haces, que efectivamente me haces mucho bien.
Señor, que yo no te busque solamente en las emergencias, que es verdad que tú me socorres cuando tengo el agua al cuello. Señor, que yo no te busque, sencillamente por miedo. Que yo te busque siempre por amor”.
Además, este intento de la gente de retener a Jesús obviamente es absurdo. Quién puede detener a Jesús y no solamente detenerlo, sino ¿quién puede intentar encasillarlo en sus propias coordenadas?
Nosotros también corremos ese riesgo de querer un Cristo adaptado a nuestras comodidades, un Cristo que sea como nuestra secretaria disponible veinticuatro horas del día. Un Cristo que no desinstale nuestros planes ni que nos pida salir más allá de nuestras propias necesidades.
Hay una anécdota, que seguramente has escuchado, es de san Josemaría. San Josemaría, una vez, le entregó un libro a un joven para que creciera en su formación doctrinal, un libro sobre la vida de Cristo, le escribió en la primera página con su puño y letra una dedicatoria que decía: “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo”.
Años después, san Josemaría va a recoger esta misma anécdota en el punto 382 de Camino y, después de recordar la dedicatoria que puso en el libro, dice: «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria:
“Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo.” Y dice: —Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?»
(Camino, 832).
Y claro, lo que nos recuerda es que la búsqueda de Cristo tiene como finalidad amar a Cristo. El amar es querer a otra persona, pues con todo lo que viene.
EL SEÑOR TRANSFORMA NUESTRO CORAZÓN

Y querer a Dios con todo lo que viene, que obviamente es para nuestro bien siempre, pues muchas veces significa salir de la propia comodidad, de los propios criterios humanos, de las propias conveniencias inmediatas.
Por eso yo creo que este evangelio es francamente bonito para que nos planteemos ese panorama o ese itinerario que nos está diciendo también san Josemaría: buscar a Cristo y encontrar a Cristo para amar a Cristo.
Fíjate que en este evangelio de hoy hay un detalle que también es super interesante, porque uno puede decir: ¿Qué tenía de interesante que dijera que curó a la suegra de Pedro? Bastaba que la pusiera ahí entre el montón de los que había curado, de los que había liberado de los espíritus.
Resulta que hay algo también aquí revelador, porque hay un contraste maravilloso al inicio de este pasaje: es la actitud de la suegra de Pedro. Apenas se ve que está curada, porque el texto dice que Jesús la liberó de la fiebre; inmediatamente la fiebre la dejó y ella también inmediatamente, dice san Lucas:
“se levantó y se puso a servirlos” (Lc4, 39).
Esto viene a reforzar lo que hemos estado considerando ahora: el encuentro verdadero con Cristo, cuando lo buscamos por los motivos correctos, transforma el corazón, nos saca del egoísmo, de la propia comodidad como regla última de vida. La sanación del encuentro con el Señor, si verdaderamente lo estamos buscando para amarlo, se transforma después en una generosidad que, por ejemplo, tiene una manifestación clara en el servicio.
Es decir, quien ha experimentado la gracia y el consuelo por haber encontrado también al Señor, no busca tener a Cristo solamente para sí, sino que se levanta de inmediato como sobreabundancia de ese corazón inmenso, generoso y se dedica al servicio a los demás.
¡SEÑOR, QUE NOS ENAMOREMOS DE TI!
Si tú y yo buscamos a Jesús con sinceridad, hay un fruto que necesariamente tiene que llegar, que es un deseo renovado de entrega, de caridad, de servicio a los demás, de alegría en lo cotidiano.
Por eso te pedimos, Señor, que te busquemos siempre, incluso, cuando no nos estás concediendo lo que te estamos pidiendo con urgencia. Que te sigamos buscando en las buenas, en las malas, cuando tenemos la certeza de que estás a nuestro lado o también cuando nos entran dudas de fe, porque parece que estás sordo a nuestras peticiones.
Señor, que nos enamoremos de ti, que eres el Dios de los consuelos, en lugar de enamorarnos torpemente de los consuelos de Dios. Nos encomendamos a Nuestra Madre Santísima, Nuestra Madre del Cielo, porque ella, en esto de buscar a Dios con toda su vida, por supuesto, que es maestra.
Cuando sintamos que tenemos poca fuerza para buscar al Maestro, cuando sintamos que lo buscamos, pero no parece dar fruto ese encuentro con el Señor, vamos por el camino más corto, el camino más directo, que es siempre el camino de su Santísima Madre.



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