Hoy leemos en el Evangelio cómo una gran multitud, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde Él estaba. La gente, Señor, quiere estar contigo, sabiendo lo que haces. ¿Qué haces? Pues nos cuidas, nos enseñas el amor de Dios por nosotros, nos curas, nos muestras el camino al cielo.
La gente te busca con pasión, haciendo sacrificios. El sacrificio que implica el trasladarse de un lugar a otro, el dejar las actividades habituales, el gastar tiempo a fin de cuentas. Porque vale la pena estar cerca de ti, buscarte con pasión, con sacrificio, con ganas de estar cerca de ti. De tocarte, de abrazarte. Incluso la gente te rodeaba tanto que casi te aplastan, así dice en el Evangelio.
“La multitud estaba a punto de aplastarlo”. Tienes que, Señor, buscar una barca para desde ahí enseñar a la multitud. “Todos los que padecían algún mal se le echaban encima para tocarlo”. Y así, Señor, yo quiero estar cerca de ti. Y es que después de percibir ese gran bien que nos traes, la cercanía de Dios, el amor de Dios, no queda más que agradecerte, celebrar, querer comunicarlo a los demás y no tolerar que se hable mal de ti. O querer que todo mundo te conozca y te dé gloria y te alabe.
REACCIONAN MAL ANTE EL BIEN
Me acordaba de aquellas palabras de Isaías que dicen:
“El Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro legislador, el Señor es nuestro Rey, Él nos salvará”.
Al principio uno puede decir, el Señor es nuestro juez, qué miedo, nuestro legislador, nuestro Rey. Pero es un Rey bueno, es un Rey que quiere compartir con nosotros sus bienes. Él nos salvará. El Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro legislador, el Señor es nuestro Rey. Él nos salvará.
Sin embargo, nos encontramos en el evangelio también muchas personas que no lo reconocen o que se enojan al ver que Jesús hace el bien a los demás. O se enojan al ver que tiene autoridad, que expulsa a los demonios, que habla con sabiduría. Ayer leíamos,
“los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba el sábado y poder acusarlo”.
Y al final, después de que hace un milagro, un sábado en la sinagoga, se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes para matar a Jesús. Tanto es el rechazo que sienten hacia ti. ¿Pero cómo? ¿Cómo es posible que tu Señor, siendo bueno y haciendo el bien, experimentes el rechazo? ¿Qué hay en el corazón humano que puede reaccionar mal ante el bien? Pues es la cochina envidia, la envidia.

SAÚL Y DAVID
Si leeremos también en el Evangelio cómo te entregaron por envidia, te rechazan por envidia. Hoy leemos en la primera lectura cómo la envidia lleva a Saúl a enojarse con David y no sólo a enojarse así de pasada, sino que ese odio lo llevará a intentar matarlo varias veces. ¿Y por qué fue eso? Pues porque acuérdate cómo David venció a Goliat. Ayer lo leíamos.
“Y después de haber vencido a Goliat, vuelven a la ciudad y leemos que cuando llegaron, las mujeres de todos los poblados salieron a recibir al rey Saúl, danzando y cantando al son de tambores y panderos y dando grandes gritos de alegría. Al danzar, las mujeres cantaban a coro. Mató Saúl a mil. Bien se sentiría contento Saúl al ver cómo las mujeres cantaban y le decían mató Saúl a mil pero David a diez mil.
Ujule esto ya no le gustó a Saúl, le cayeron muy mal esas palabras y se enojó muchísimo y comentó:
A David le atribuyen diez mil y a mí tan solo mil lo único que le falta es ser rey. Desde entonces Saúl miraba a David con rencor”
¿Por qué? Por la cochina envidia ¿y qué es eso de la envidia? Pues los psicólogos dicen que es cuando al compararte con los demás tienes la sensación de que algo sería justo que tú tuvieras y no vas a poder tenerlo. Y el otro sí lo tiene.
CONTROLAR, GESTIONAR Y RECONOCER
Eso es un sentimiento que lleva a la tristeza, al odio, a la inquietud. Y es que así somos, así funcionamos. No es que solo Saúl y los fariseos tuvieran envidia. Hay un experimento, bueno, una encuesta muy curiosa que hizo un economista, Paul Krugman, que preguntó a las personas, si tú pudieras ganar quince mil mientras los demás ganan treinta mil ¿Qué preferirías, ganar esos quince mil sabiendo que los otros ganan treinta mil? ¿O prefieres ganar doce mil mientras que los demás ganan siete mil?
El 80 % prefiere ganar doce mil. Prefieren ganar menos, siempre y cuando ganen más que los demás. ¿Cómo ves? Pues es que así hasta los animales actúan así. Cuentan también de un experimento que unos changuitos que se llaman capuchinos les dan de recompensa, tras hacer una cosa, le dan de recompensa un plátano y están felices ahí con la recompensa del plátano. Pero de repente a uno le dan una golosina así que los que reciben el plátano dejan de hacer lo que tienen que hacer porque se distraen con la golosina que recibe el otro y dejan de obedecer y dejan de portarse bien.
Es que así nos comparamos constantemente con los demás y cuando no tenemos lo que otros tienen es fácil que surja ese sentimiento de envidia que si no sabemos controlar, gestionar, reconocer… nos quita la paz, nos quita felicidad y nos enfoca desordenadamente en nosotros mismos.
LLENAR EL ALMA
Hay una revista de psicología que enuncia los siete motivos por los cuales la gente siente envidia. Dinero, estado sentimental, la fertilidad, el atractivo físico, el peso, el éxito profesional y el éxito en las redes sociales. ¿Te reconociste en alguna de esas? Es que yo siento envidia por esto y por lo otro. ¿Qué puedo hacer?
Centrarme en ti, Señor. En ti, porque tú eres Dios y tú eres mi amigo. Tú me quieres, tú me das tu gracia, que eso es lo más grande, ese es el bien más grande, por lo cual debo estar agradecido. Y además agradecido también por otras tantas muchísimas cosas buenas que tú me das. Eso me debe de llenar el alma.
Luego también hacer examen, porque a veces puedo sentir envidia porque pienso que es justo que yo tenga algo que no tengo y el otro sí lo tiene. Pero con tu gracia, Señor, puedo ver mi alma y muchas veces no será justo que yo tenga eso, pues porque la soberbia me lleva siempre a juzgarme mal. Pero si fuera justo que lo tuviera y no lo tengo, pues también te puedo ofrecer ese pequeño sacrificio.
LO QUE QUIERES DE MÍ
Pienso que yo tendría que tener eso y no lo tendré. Bueno, a lo mejor sí lo puedo llegar a tener, sí, me esfuerzo, si le pregunto al amigo o la amiga esa que tiene eso, cómo le hizo, y quizás esforzándome, puedo llegar a obtener eso, siempre y cuando eso me acerque a Dios. Porque si no me acerca a Dios, para qué lo quiero.
Si tengo mis amores, mis ideas, mis afectos ordenados, pues es más fácil que sea feliz y que busque las cosas que tú Señor quieres mí y que me olvide de esos sentimientos que me llenan de tristeza, que me intoxican.
Acudimos a nuestra Madre la Virgen, al terminar este rato de oración, para que Ella que se alegra por todos los bienes que tienen sus hijos, que también nos ayuda a ser generosos y alegrarnos por las cosas buenas que tienen los demás.




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