LA ALEGRÍA QUE TRAE UN NIÑO
Jesús, hoy celebramos un nacimiento. No celebramos una conversión, o un milagro, o el día de la muerte de un santo…. No. Celebramos el nacimiento de san Juan Bautista. Y eso ya nos dice algo muy bonito, porque cuando la Iglesia celebra un nacimiento, está celebrando una vida, una vida que desde el comienzo fue querida por Dios, una vida que no apareció por casualidad, una vida pensada, soñada, enviada…
Y pienso en mi sobrinita, que apenas tiene un añito. ¡Mamma mía! cómo ha cambiado la vida de toda la familia! No solamente la de sus papás, no.También la de los abuelos, las de los tíos, las de los amigos, las visitas… ¡bueno! Todo comienza a girar un poco alrededor de esta niña, que es preciosa.
Las últimas fotos que han llegado al grupo de la familia son con la camiseta de Colombia, apoyando a la selección del Mundial, a “la absoluta”, que está ahí peleando por clasificar a las siguientes rondas del Mundial. Yo siempre que veo una foto de ella, simplemente sonrío, simplemente la vida me sonríe.
EL NACIMIENTO DE JUAN BAUTISTA
¡Qué fuerza tiene un niño para llenar una casa de alegría! Y mientras pienso en mi sobrina, también pienso en las palabras que el ángel le dijo a Zacarías:“Será para ti gozo y alegría, y muchos se alegrarán con su nacimiento”(Lc 1, 14)
Muchos. No solamente Zacarías e Isabel; no solamente sus papás. No:muchos; dice muchos. ¡Qué bonito pensar que Dios quiso que Juan llegara al mundo para traer alegría! Y la oración colecta de la misa también trae el tema de la alegría. ¡Eso es una bonita coincidencia! Dice la oración colecta:“Concede a tu pueblo el don de la alegría espiritual”. La alegría que aparece desde el principio, porque cuando Dios crea una vida, no están viendo un problema, están viendo un regalo, un motivo de esperanza, un reflejo de su amor.
Aquí vale la pena preguntarnos, Jesús, ¿para qué nací yo? ¿Por qué me pensaste? ¿Por qué me llamaste a la existencia? Porque Juan tenía una misión muy concreta: preparar el camino, nada menos. Bueno, y nada más.
ENVIADO A PREPARAR EL CAMINO DE JESÚS
Todo el Antiguo Testamento apuntaba a Jesús. ¿Y quién iba a ser Juan? El último de los profetas, el puente, la voz, el precursor, el hombre que tenía la misión de señalar al Mesías. ¿Y qué dice la Escritura? “Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan” (Jn 1, 6)
¡Qué definición tan bonita! Un hombre enviado por Dios.
Señor, pues no es por nada, pero yo creo que muchos quisiéramos que eso se pudiera decir de nosotros, que al final de la vida de alguien se dijera: fue una mujer enviada por Dios, fue un hombre enviado por Dios. Y no necesariamente porque haya sido un santo, un famoso o exitoso. No, no, no.Un enviado con una misión, con una tarea, con un propósito.
Juan preparó el camino de muchas maneras: con su presencia, con su alegría, con su amistad, con su ejemplo…. Pensemos en cada uno de nosotros.
La gente se acercaba a Juan porque veía algo auténtico, porque veía una coherencia que llamaba la atención. Señor, y también veía una libertad impresionante. Yo no sé, pero siempre que veo o que celebro las fiestas desan Juan Bautista –porque son dos además: el nacimiento a este mundo y el nacimiento a la vida eterna. Esta vez celebramos el nacimiento a este mundo. Bueno, y claro, siempre que pienso en San Juan Bautista, pienso en que era libre, muy libre, quizá demasiado libre para los estándares de su tiempo. Vivía en el desierto, vestía de manera extraña, comía de manera extraña, no seguía las modas, no buscaba aprobación, no estaba pendiente de quedar bien.
LIBERTAD INTERIOR
San Juan tenía muy claro para quién vivía. Y puedo decir en medio, en broma, –no en serio, esta vez es medio en broma– Señor, que San Juan Bautista tenía algo de hippie: poco consumismo, mucho desierto, mucho silencio, mucho contacto con la naturaleza. Bueno, pero más allá de este comentario un poquito así, detrás de todo eso había algo muy profundo: una libertad interior enorme. La libertad de quien sabe quién es y para qué ha venido al mundo. La libertad de quien sabe que no está viviendo para los demás.
Señor, y aquí podemos hacernos una pregunta, o mejor dicho, los que tienen hijos, los papás: ¿Qué quiero para mis hijos? ¿Y cuál es la respuesta que puede salir espontáneamente de los papás? Pues yo quiero que sean felices, que les vaya bien, que no sufran, que tengan oportunidades.
Y eso está todo muy bien. Pero yo creo que la respuesta –hoy meditando sobre la figura de san Juan Bautista–, la respuesta tiene que ser más profunda: yo quiero que mis hijos descubran la misión para la que Dios los creó.
Porque además hay algo que los papás no pueden hacer. Los papás no pueden vivir la vida de sus hijos, no pueden decidir por ellos. Y voy a decir algo fuerte: no pueden garantizar la santidad, no pueden llevar a sus hijos al Cielo. Por más deseos, por más ganas… no, no los pueden llevar al Cielo.
Llegará el momento en que tendrán que soltarlos, porque son libres, porque pertenecen antes a Dios que a ellos. Y eso es un riesgo muy grande, Jesús, ahora que lo pienso. ¡Qué riesgo tan grande! El de un padre que tiene que dejar a sus hijos, a su hijo. El riesgo de la libertad, el riesgo de que tome decisiones, el riesgo de que encuentre su propio camino junto a Dios.
Por eso hay padres que sufren mucho, porque los hijos no siguen exactamente el proyecto que habían imaginado para ellos, para él, para ella.Y sufren, claro. Pero la pregunta no es: ¿será que este hijo, esta hija está cumpliendo mi proyecto? No. La pregunta es: ¿está cumpliendo el proyecto de Dios?
LA MISIÓN DE JUAN Y CADA UNO DE NOSOTROS
Eso fue lo que hicieron Zacarías e Isabel. Recibieron un hijo que no les pertenecía, un hijo que tenía una misión, un hijo que terminaría viviendo en el desierto. Yo no sé qué pensaban Zacarías e Isabel de eso, pero yo no creo que estuvieran muy contentos. Pero bueno, decidió vivir en el desierto. Un hijo que terminaría diciendo: es necesario que él crezca y que yo disminuya.
Ahí está la clave, porque Juan nació para preparar. Juan nació para señalar, señalarte a ti, Señor. Juan no nació para ser el centro, para quedarse con los aplausos, para construir su propio reino. No, sino para preparar el camino, para que otros encontraran a Jesús.
Eso puede ser una misión muy bonita en la familia, en el trabajo, en la universidad, entre los amigos. Preparar el camino para que otros te conozcan con una palabra, con una sonrisa, con el ejemplo. Fray Ejemplo, el mejor predicador. Con una conversación, con una invitación. Bueno, con la vida coherente, con la vida.
Pues Señor, otra pregunta. ¿Quién se acerca más a Ti a través de mí? ¿A quién estoy ayudando a que te encuentre? ¿Estoy preparando el camino de personas para que te encuentren o estoy levantando obstáculos? También podríamos preguntar, pero mejor preguntarlo en positivo.
La grandeza de Juan consistió en eso, en preparar el camino, en señalar. Y tuvo que desaparecer, dejar que toda la atención se dirigiera hacia Jesús. Y esa es la verdadera grandeza de los santos: no hacen que los demás hablen de ellos. Hacen que los demás hablen ¿de quién? De Dios.
Señor, se nos acaba el tiempo. Terminamos acudiendo a la Santísima Virgen. Ella también recibió una misión. Ella también preparó el camino. Ella también supo desaparecer para que brillara su hijo, Jesús.
Madre nuestra, enséñanos a vivir con la alegría de una misión que Dios nos ha confiado. También ayúdanos a respetar la libertad de quienes amamos.Ayuda a esos padres para que respetan la libertad de sus hijos. Y ayúdanos a preparar con nuestra vida ordinaria un pueblo bien dispuesto para encontrarse con Jesús.
Señor, ayúdanos a ser mansos, a trabajar por la paz siguiendo tu ejemplo.
Etiquetas: P. Santiago, Colombia, San Juan Bautista, misión, evangelizar, libertad, fiestas,
CS



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