LAS APARICIONES DE JESÚS RESUCITADO
Seguimos en esta Octava de Pascua. Estamos todavía celebrando por todo lo alto esta fiesta de la Resurrección del Señor, y la liturgia de la misa nos presenta cada día alguna aparición del Señor. Primero, esa aparición el mismo día de la Resurrección a las santas mujeres, luego a María Magdalena a solas en el huerto, luego a los discípulos de Emaús a los que Jesús se aparece en el camino, y hoy cuando se aparece por primera vez a todos los apóstoles reunidos en el cenáculo.
Jesús llega donde están ellos, se sorprenden muchísimo y
«ellos atónitos y llenos de temor, creían que estaban viendo [una visión] un espíritu».
Jesús ahí en medio de ellos, quizá un poco como probándolos todavía
«les dice: —¿por qué están turbados y se les presentan estas dudas? Miren mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo. Y les muestra sus manos, sus pies»,
sus llagas, les muestra: soy yo.
«Y era tal la alegría y la admiración de los discípulos que se resistían a creer,
[o sea, como que querían creer, pero decían esto es imposible; esto viéndolo, nos cuesta creerlo].
Jesús les pide algo para comer y al final come con ellos, está un buen rato y les dice: Cuando todavía estaba con ustedes yo les decía: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Y entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras»
(cfr. Lc 24, 37-45).
CONOCER LAS ESCRITURAS
Me parece que es bonito este último detalle: Jesús le explica a sus apóstoles, a sus discípulos, las Escrituras para que se dieran cuenta de que todo lo que había sucedido, todo lo que había pasado, estaba escrito. Y les abre el entendimiento para que ellos puedan comprender todo lo que había pasado. Uno lee esto que puede parecer un detalle y se acuerda de la escena justo anterior, cuando se había aparecido Jesús a los discípulos de Emaús y les empieza a explicar las Escrituras, y tienen esa reacción:
«¿no ardía nuestro corazón cuando íbamos por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
(Lc 24, 32)
Jesús les explica las Escrituras y arde su corazón.
Estos dos sucesos los cuenta san Lucas poco después en el libro de los Hechos de los Apóstoles. San Lucas también nos narra que había un alto dignatario que iba en una carroza leyendo las Escrituras en voz alta.
«El apóstol Felipe pasa a su lado y escucha que está leyendo un pasaje del libro de Isaías y el apóstol le pregunta: ¿entiendes lo que lees? Y este le dice: ¿cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?»
(Hch 8, 30-31)
Entonces el apóstol Felipe le explica las Escrituras. Y como que san Lucas quiere dejarnos claro la importancia de leer las Escrituras, de conocer las Escrituras. ¿Cuántas veces nos ha pasado que pedimos al Señor que nos aumente la fe, pero no hacemos nada al respecto? Mucho de lo que nos cuesta creer ya está en las Escrituras, está en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, lo han explicado los santos. Y pienso que un día como hoy vale la pena recordar la importancia de poner en el centro la formación personal en la Escritura, en lo que dice el Magisterio de la Iglesia, especialmente quizá las enseñanzas del Papa; leer a los santos que nos van explicando la Escritura, el Magisterio, la vida cristiana… Vale la pena; vale la pena.
EL FUEGO DEL SEÑOR
Estos días de Pascua de Resurrección contemplamos sobre todo que Jesús nos viene a traer una gran luz, un gran fuego el día de la Vigilia Pascual. No sé si participaste de esa ceremonia, pero una de las cosas más sorprendentes de ese momento es cuando uno comienza la ceremonia a oscuras con un fuego que se bendice, luego se enciende el cirio y se lleva a la iglesia y en la iglesia ya se encienden todas las pequeñas velas de los presentes y luego se prenden todas las luces… entonces se va viendo cómo el Señor es ese fuego que enciende todo y que enciende nuestros corazones.
Del cirio sale el fuego que enciende cada una de esas velitas y así nuestro corazón se enciende en el fuego del Señor. Pero es un fuego que hay que cuidar, que hay que cuidar bien. Y en este rato de oración podemos pedirle al Señor que nos haga cada vez más conscientes de ello; que cuidemos el fuego que Tú has encendido en nuestro corazón a través de la oración en primer lugar, en ese diálogo contigo Señor, a través de la lectura de la Escritura, de las enseñanzas de la Iglesia. Sabemos que la vida cristiana es un encuentro personal con Jesucristo; un encuentro personal contigo, Señor, con quien estamos hablando en este rato de oración. Pero para conocerte necesitamos cultivar ese conocimiento con esas enseñanzas, y sobre todo con la lectura de la Sagrada Escritura.
San Jerónimo, un santo que se dedicó a traducir la Biblia del hebreo y del griego al latín, es el que unificó por así decirlo esa traducción e hizo una versión que luego se transformó en la versión oficial que usaba la Iglesia. Este santo -san Jerónimo- decía: “desconocer las Escrituras es desconocer a Jesucristo”. Uno piensa en esa época donde vivía san Jerónimo que era difícil conseguir esos pergaminos, esos escritos, que era difícil leer la Escritura. Y, aun así, san Jerónimo insistía: “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”.
CONOCER A JESÚS
Tú y yo lo tenemos muy fácil: lo tenemos al alcance de la mano. Aprovechemos los recursos disponibles, aprovechemos que tenemos la Sagrada Escritura a mano, que tenemos los discursos del Papa, que tenemos las enseñanzas del Catecismo y de todo el Magisterio de la Iglesia, y todo eso nos llevará a enamorarnos cada vez más de Jesucristo; a saber reconocerlo en todo lo que hacemos, en todo lo que vivimos. Conocer a Jesús. Pero cuando conocemos a Jesús no nos lo podemos quedar para nosotros solos.
Hay una frase de san Josemaría que él escribió a mano en un papelito y que hay fotos de ese escrito que es muy bonito; dice: “conocer a Jesucristo, hacerlo conocer, llevarlo a todos los sitios”. Es como un programa de la vida de un cristiano y quizá tú te puedes preguntar en este rato de oración, ahora que estamos terminando: ¿me esfuerzo por conocer a Jesucristo a través de todos estos medios que hemos dicho, y no sólo por conocer a Jesucristo sino también por hacerlo conocer, que llegue su mensaje a muchos lugares y llevarlo a todas partes, a todos los sitios? (…) Es una necesidad que tenemos los cristianos. ¿Cómo voy a concretar esto en mi vida? ¿Cómo vamos a concretar nosotros esto, en mi trabajo, en mi familia, en la situación en la que me encuentro?
Madre nuestra, reina del Cielo, estos días te estamos diciendo que queremos que te alegres y que compartas con nosotros esa alegría. Ayúdanos a conocer cada vez más a tu Hijo y a hacerlo conocer a mucha gente y llevarlo a todas partes donde estemos.




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