“Hola padre”, así comenzaba el mensaje de un amigo hace unas semanas.
“Hola padre, perdón por este largo mensaje que parece más un podcast que otra cosa, pero quería compartirte un regalo del Señor cuando hice mi oración, no tanto para compartir la experiencia, sino para que reces por mí y pueda actuar en consecuencia.
Resulta que ayer fui a hacer la oración ante el sagrario de una linda capilla que tienen unas monjas atrás de su tienda de libros Píos.
Yo tenía muchas ganas de platicar con Cristo cara a cara y darle gracias por mi vocación y profundizar en el tema, pero no me salía bien, estaba distraído e iba de tema en tema cayendo más en el monólogo que en el diálogo.
Sin embargo, me acordé de que era viernes y dirigí mis pensamientos a la Pasión de nuestro Señor. Comencé a meditar en las estaciones del Viacrucis y se me ocurrió que yo soy la cruz de Cristo. Un elemento de peso muerto, pasivo, inerte, tonto, pesado, pero el que Dios quiere infinitamente y se abraza a él.
Cristo me abraza y me carga y me lleva y se clava en mí y yo inerte, pesado, pasivo, bobo, pero Cristo me lleva. Y peso tanto que lo tiro.
Y su Madre, mi Madre, lo anima no a que me haga a un lado, sino a que me siga cargando hasta que yo le exprima su vida, hasta que deje todo por mí.
En el camino, por intercesión de María, Dios le manda quien le ayude a cargar este peso tan inhumano. Y llega Simón de Cirene. Y entendí que la Iglesia es Simón. Es quien Dios manda para que ayude a Cristo a cargarme. Bien, muy bien. Muchas gracias por ser Simón y ayudar a Cristo conmigo.
Di gracias por mi oración, di gracias por la Iglesia, di gracias por el Papa y por todos los que han estado en el camino, que han sido fieles a su vocación y han cargado conmigo.
Pero allí no terminó todo. Yo terminé mi oración bien, pero no me sentí satisfecho. Tuve estas ideas, estas inspiraciones, pero sentía que todo se había quedado en un monólogo romántico de mi parte, que me daba esperanza y motivo para ser agradecido.
Pero necesitaba más, necesitaba algo concreto y saliendo de la capilla, pasando por los estantes de libros de la pequeña librería, me topé con uno que me llamó la atención: ‘33 días para la consagración a san José’.
Y allí lo vi y lo entendí: necesitas consagrarte a san José. Él te va a enseñar a vivir la pobreza, la pureza, la humildad. Él te va a enseñar a querer más a tu mujer y a ser más cariñoso con ella. Te va a enseñar a ser buen padre, te va a enseñar a trabajar bien.
Lo sentí tan cercano, tan necesario y bien, tomé la resolución. Compré el libro y voy a seguir la guía para la consagración al santo Patriarca.
Creo sinceramente que esto me dio mucha paz. Y quiero empezar y quería contártelo para que me encomiendes. Hoy elevo la mirada hacia María, mi mamá que está en el Cielo. Hoy de su mano comienzo”.
PERSEVERANCIA

Hay algo muy bonito en este testimonio: la lucha, la perseverancia en la oración. A pesar de que estaba seco como un palo de piñata, supo ser paciente. Quizá le venía el eco (a mí me viene al menos) de aquellas palabras de san Josemaría:
“No digas a Jesús que quieres consuelo en la oración. –Si te lo da, agradéceselo. –Dile siempre que quieres perseverancia”
(Camino no. 100).
La oración no puede quedarse en sentimientos bonitos. Si después de estar con Jesús hay consuelos, bienvenidos, pero también bienvenidos los propósitos concretos.
Hoy que está tan de moda medirlo todo: los pasos que damos, las calorías que quemamos, las horas que dormimos, el porcentaje de grasa, el ritmo cardíaco, etcétera. Incluso se mide la calidad de sueño, quizá también sería bueno detenernos a medir algo mucho más importante: nuestra vida interior.
¿Cómo está mi relación con Dios? ¿Estoy creciendo en humildad, en pureza, en generosidad, en caridad? ¿Estoy más cerca de Jesús?
Porque podemos saber perfectamente cuántos pasos dimos ayer y, sin embargo, no saber cuánto hemos avanzado o retrocedido en el camino hacia Dios.
Y de nuevo el consejo de san Josemaría:
“Examen. –Labor diaria. –Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio.
¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna?”
(Camino no. 235)
Pues podemos estar más vigilantes. Jesús nos lo está insistiendo estos días en el evangelio. Velad. Estad preparados, vigilad y orad, porque el corazón humano se acostumbra muy fácilmente y podemos acostumbrarnos a lo más santo, a lo más sagrado. Por ejemplo, a ir a misa todos los domingos, incluso algunos días entre semana, a hacer oración todos los días, a practicar la confesión frecuente. Pero si no hay examen, quizás sin darnos cuenta, se puede ir colando en nosotros la tibieza.
El cristiano que no está vigilante se va enfriando, se va entibiando casi sin darse cuenta; va cayendo en la tibieza. Empieza a dejar de luchar en cosas pequeñas, deja pasar una ocasión de servir a los demás, se permite un pequeño capricho, una crítica, un resentimiento, un pensamiento impuro, una mentira pequeña, una negligencia; y después otra y otra hasta que aquello que antes le remordía a la conciencia termina pareciéndole normal.
LA CRUZ QUE CRISTO ABRAZA

Pienso que nos puede ayudar la imagen de la Cruz de este mensaje de este amigo que te acabo de leer. Nuestro amigo nos descubre algo que a mí me gustó y se me hizo novedoso:
“Yo soy ese peso que Cristo carga”.
Pienso que eso es algo muy esperanzador. Esa conciencia nos salva de la autosuficiencia. Yo no soy el que salva, yo soy el que necesita ser salvado. Cristo me carga, Cristo me sostiene, Cristo me transforma.
Y finalmente aparece san José, porque la respuesta que recibe este hombre no es solamente una emoción.
¡Qué bonito lo que has descubierto! Mira, tú eres la cruz a la que Cristo se abraza y te llenas de esperanza porque no te va a soltar y te va a llevar.
Me recordó un poco también a aquella novela y luego película de Tolkien, “El señor de los anillos”, cuando Sam le dice a Frodo “no puedo llevar el anillo por ti, pero sí te puedo llevar a ti” y se lo echa en hombros.
Qué bonito pensar en el origen de esa frase que es Cristo que nos puede decir: mira, yo no puedo quitarte la libertad, pero sí puedo llevarte en hombros cuando tú estás un poco despistado y estás haciendo mal uso de ella.
No se quedó en esa idea bonita, en ese descubrimiento, sino que recibe una llamada concreta: empieza un camino, conságrate a san José y aprende de él la pobreza, la pureza, la humildad, el trabajo, la paternidad, el cariño.
Es decir, la gracia se convierte en lucha concreta. Ese es el camino del cristiano: luchar por amor hasta el último instante.
Dios nos da luces, pero esas luces pueden convertirse en decisiones concretas y por eso, si hoy queremos sacar algo de este testimonio, yo diría dos palabras: vigilia y lucha. Vigilia para no caer en la tibieza y luchar para que tu vida cristiana sea una respuesta de amor al Amor.
Que María y san José nos enseñan a vivir con un corazón sencillo y dispuesto a recomenzar.
Santa María, hoy de tu mano comienzo.



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