Nos reunimos un año más en este rato de oración para celebrar a Nuestra Madre, bajo el dulce título de Nuestra Señora del Monte Carmelo. En este día, aprovechamos la oportunidad para encomendar a esos hermanos y hermanas nuestras de esta comunidad de los Carmelitas, esta gran familia.
Y, por supuesto, si tenemos a alguien que se llame Carmen o Carmelo, rezar por esa persona y si es posible también felicitarla.
En este día la Iglesia nos invita a contemplar no solamente la belleza de Nuestra Madre, que es una cosa muy habitual. No solamente contemplar el rostro maternal de nuestra Madre, que lo hacemos en muchas ocasiones durante el año. Sino con esta advocación de Nuestra Señora del Carmen, la Iglesia quiere que nos fijemos en la ternura y en la fuerza de su protección.
Porque una práctica muy extendida en la Iglesia desde hace muchísimos siglos es el uso del santo Escapulario del Carmen. Claro, aquí empezamos aclarando, más bien recordando algo que seguramente ya sabes que esta devoción al escapulario de la Santísima Virgen, en la advocación del Carmen, no es un simple adorno, no es tampoco un amuleto de superstición, es un sacramental.
Es un signo vivo, es una prenda de amor de Nuestra Madre, es un recuerdo de que ella está allí para protegernos.
Cuando la Virgen se apareció a san Simón Stock, por el siglo XIII, le entregó el escapulario y le dijo estas palabras llenas de esperanza: “El que muera vistiendo este hábito, es decir, el escapulario, no padecerá del fuego eterno”.
Claro, cuando uno saca de contexto esta afirmación de la Virgen, entonces empiezan las supersticiones.
LA VIRGEN NOS CUBRE CON SU MANTO
Por supuesto que conviene muchísimo tener el escapulario impuesto todo el tiempo. Pero la Virgen no nos está diciendo cosas que son puras fórmulas mágicas, sino es una promesa. Vamos a decir que es una promesa maternal para todo aquel que, cuando lleve puesto el escapulario, se esfuerza por vivir verdaderamente como un hijo de Nuestra Madre, como un hijo de Dios.
El escapulario es un signo que representa ante todo el manto de la Virgen. Tiene una tradición bíblica esto, porque cubrir con el manto es una señal de protección de cobertura. Por ejemplo, Rut se cubrió con el manto de Booz, este relato que aparece en el libro de Rut o también cómo Dios mismo prometió a su pueblo, en el libro de Ezequiel:
“Te cubrí con mi manto…”
(cfr. Ez 16, 8).
Entonces ahora Nuestra Madre, que es la nueva Eva, la Madre de la Iglesia, extiende hoy su manto sobre nosotros. Y por eso el Escapulario de la Virgen del Carmen es sobre todo esa seguridad de que ella, como buena madre, nos ofrece su protección.
Claro, entonces llevar el escapulario significa que nosotros reconocemos que estamos bajo la protección de Nuestra Madre. Significa recordar, muchas veces, que no caminamos solos en este mundo, que no estamos solos en esta vida, sino que tenemos a una madre que nos protege.
Una madre que nos defiende de esos peligros del mundo, peligros que acechan el alma y también el cuerpo. Un recuerdo de que Nuestra Madre intercede siempre por nosotros.
Y cuando haya tormentas, complicaciones, cuando haya sombra, enfermedades, tentaciones, sequías espirituales el escapulario nos recuerda esa promesa de Nuestra Madre: “No temas, yo estoy contigo. Yo soy tu madre.”
LLAMADO A LA SANTIDAD
Pero este escapulario no es solamente un consuelo, hay mucho más; es también un llamado a la santidad. El término escapulario, de hecho lo recuerda, porque viene de “scapula” que significa «hombro» y la Virgen nos protege, para que nosotros sepamos llevar también, sobre nuestros hombros, ese peso de la Cruz de Cristo, que es camino de santificación, camino de santidad.
La Virgen, por eso no nos protege sencillamente para que sigamos como si Dios no existiese. Sino todo lo contrario, nos protege para que sigamos viviendo con fidelidad.
Por eso la Iglesia siempre ha enseñado esto que decíamos al inicio, que no es solamente un tema de superstición, sino que es una exigencia, un recordatorio a vivir con dignidad esta vida cristiana.
El Escapulario del Carmen es un recordatorio de esa llamada a la santidad: la vida de oración, la vida sacramental, el luchar contra los pecados y sobre todo, el crecer en ese amor a Nuestra Madre, la Santísima Virgen.
Este es el núcleo de esta devoción que, por supuesto, si no tienes todavía impuesto el escapulario, es ocasión de oro aprovechar la fiesta de hoy.
Entonces el escapulario no se lleva sobre el pecho, sino que sobre todo se lleva sobre los hombros. El escapulario se suele llevar por debajo de la ropa y no es porque tengamos vergüenza del cariño a Nuestra Madre, sino precisamente para alejar de nosotros esa tentación de que sea sencillamente un adorno.
El peso de la cruz de Cristo.
El Señor que nos ha dicho claramente:
“El que quiera venir en pos de mí, que se niege a sí mismo, que tome su cruz y me siga”
(cfr. Mt 16, 24).
NO ESTAMOS SOLOS
Ojalá que tú y yo cuando tengamos esa certeza de que el escapulario lo llevamos en el cuello, sintiendo un peso, aunque sea mínimo, sobre nuestros hombros, nos acordemos de ese compromiso de amor que es a lo que Nuestra Madre hace referencia cuando nos promete el cielo.
El Escapulario del Carmen es precisamente eso: un pequeño trozo de tela que nos recuerda que tú y yo hemos aceptado cargar con esa Cruz del Señor, cada día, sobre nuestros hombros, pero no estamos solos.
Nuestra Madre, la Virgen nos ayuda a llevarla con valentía, con generosidad, esa cruz que, a veces, tiene el peso de la fidelidad, por ejemplo, la fidelidad en el matrimonio… El peso de la lucha contra alguna adicción o contra algún mal hábito.
O el peso de la paciencia con algún familiar o con alguien que tenemos cerca, algún enfermo o el peso de esforzarnos por perdonar, como nos pide tantas veces el Señor. También pueder ser el peso de la lucha por perseverar en la oración, por perseverar en la frecuencia de los sacramentos.
Otras veces es una cruz silenciosa de quien tiene que sufrir en silencio o de quien se siente solo o de quien carga con la responsabilidad de su familia.
Ese escapulario de la Virgen del Carmen no nos quita el peso de la cruz, porque la cruz es el camino seguro para nuestra salvación, pero sí que nos ayuda a cargarla. Qué diferencia, cuando hay una responsabilidad, uno tiene la seguridad de que no se está solo. Bajo este manto de Nuestra Madre que llevamos puesto todos los días, la cruz se hace mucho, pero mucho más ligera. ¡Gracias Madre mía!
LA VIRGEN NOS PROTEGE
Vamos a aprovechar el día de hoy para vivir con fidelidad ese compromiso del Escapulario del Carmen. Con el ejemplo de Nuestra Madre, por supuesto: con ese ejemplo de obediencia, con el ejemplo de su silencio y de su entrega total en el Calvario. Con eso, ella nos está enseñando una lección para toda la vida.
Vamos a decirle que sí a Dios, a todo lo que Dios nos pida, como ella dijo también desde el primer momento:
“ (…) Hágase en mí según tu palabra.”
(cfr. Lc 1, 38).
San Juan de la Cruz, uno de los Carmelitas más famosos, decía que el alma que se entrega a Dios sube al Monte Carmelo por el camino de la nada. Es decir, por el camino de la desnudez, del despojarse de lo material que sobra, que da peso. Por el camino de la purificación, que a veces, es una purificación que no conseguimos comprender, porque incluso se se puede confundir con una cierta crueldad de Dios. Pero, sobre todo, por el camino del amor.
El escapulario es un signo de esta subida al Monte Carmelo. Quien lo lleva con fe está básicamente diciéndole a Dios: “Yo quiero subir contigo. Yo quiero subir contigo también Madre mía, aunque duela, aunque cueste. Yo quiero ser purificado y llegar a la unión con tu Hijo.”
Qué bonita esta fiesta del día de hoy. Vamos a renovar esta devoción al santo Escapulario del Carmen. No basta con llevarlo, no es un adorno, no es un amuleto, el escapulario hay que vivirlo con alegría, con ilusión, con esperanza.
NUESTRA MADRE
Que este pequeño trozo de tela o en su defecto también se puede cambiar por una medalla que tenga de un lado la Virgen del Carmen y del otro el Sagrado Corazón de Jesús, que cuando se lleva sobre el pecho, verdaderamente sea un signo de esa pertenencia total de nuestra vida a Nuestra Madre. Una señal de esa confianza y de la certeza que tenemos en la protección maternal de Nuestra Madre y también de esa disposición nuestra para subir con la cruz sobre nuestros hombros.
Que la Virgen del Carmen, reina y hermosura del Carmelo, nos cubra con su santo manto. Que nos sostenga cuando el peso de la vida parece que nos va a terminar de doblegar. Y para que al finalizar esta peregrinación nuestra por este mundo, Nuestra Madre nos presente ante su Hijo Jesús, para que así podamos ver cómo se cumple esa promesa que le hizo a san Simón Stock: “No gustareis el fuego eterno, sino que protegidos por mi manto entraréis en la gloria de mi Hijo”.
Virgen del Carmen, Madre nuestra, ruega por nosotros.

