Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí. Creo que me ves y que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.
El aniversario de Amoris Laetitia
Hoy nos disponemos, Señor, a conversar contigo sobre un evento importante. Se trata de los diez años de la publicación de la encíclica Amoris Laetitia. Pero me gustaría comenzar primero con el Evangelio de hoy. Allí San Lucas nos dice algo muy serio: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y cae casa sobre casa». Y Señor, tú le añades con fuerza una frase reveladora: «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros».
El ataque silencioso a la familia
El diablo es, por su mismo nombre, el divisor. Es el que separa, el que rompe y el que siembra cizaña. Siempre busca enfriar los vínculos sagrados. Su terreno predilecto de ataque suele ser la familia y el matrimonio. Rara vez se presenta con estrépito o con una catástrofe repentina. Casi siempre entra despacio. Al diablo le encanta entrar de puntillas. Se desliza por las rendijas del cansancio, de la rutina y de los descuidos diarios.
Por eso, Jesús, hoy conversamos contigo. Conviene que nos preguntemos esto con sinceridad. ¿Cuáles son esos demonios cotidianos que tenemos que expulsar de nuestros hogares con tu gracia?. Hay que ponerles nombre sin miedo.
Pensemos en el demonio del maltrato. No hablo de empujones, pero sí de un maltrato emocional. Puede ser una mala cara sostenida, un portazo o un gesto de desprecio. ¡Qué duro es eso!. O el demonio de las palabras sarcásticas. Es esa ironía que hiere disfrazada de broma inteligente. Hablo de la burla sutil que deja al otro en ridículo. Esta actitud desgasta la autoestima y apaga la delicadeza.
También está el demonio de la indiferencia, que duele mucho más que una discusión. Significa llegar a casa y volverse invisible. Es refugiarse en la pantalla del teléfono antes que mirar a los ojos del cónyuge. Es el no preguntar «¿cómo estás?» de verdad.
La ira, el rencor y la infidelidad
También está el demonio de la ira. Este pierde el control y convierte una pequeñez en una tormenta destructiva. Junto a ella aparece la falta de perdón. Es ese veneno de llevar cuentas del mal. Consiste en guardar facturas viejas para sacarlas a relucir en el siguiente desencuentro.
Y también, Señor, existe ese demonio del «ojo alegre» o de la infidelidad. Es la intención de consumir redes sociales con cuestiones sensuales, a veces de mujeres mal vestidas. O ese coqueteo disimulado en las plataformas digitales. Es la mirada que busca complacencia fuera. Es esa confidencia íntima y afectiva entregada a un tercero. Así se regala a otros la ternura, el tiempo y la atención. Esas cosas, en justicia y en realidad, deberían ser solo del cónyuge.
Llenar la casa con luz y amor verdadero
Tú nos lo adviertes en el Evangelio, Señor. No basta con barrer la casa y dejarla limpia. Si la casa queda vacía, el mal puede regresar con más fuerza. La casa del matrimonio no puede quedarse vacía. Hay que llenarla de ti y de tu amor verdadero. Hay que llenarla de obras concretas de caridad.
Por eso, hoy se cumplen diez años de la publicación de Amoris Laetitia. Esta es la exhortación apostólica del Papa Francisco que habla del matrimonio. Providencialmente son los mismos diez años que yo llevo de cura acompañando a parejas y familias. Sé bien que alrededor de este documento se han levantado voces polémicas. Ha habido inquietud, especialmente con la comunión a los divorciados, algo que yo no he visto.
Mucha gente teme que se iba a rebajar la doctrina. Temen que se abriera indiscriminadamente la comunión, algo muy importante. Pero en toda una década de ministerio sacerdotal, jamás he visto que esto suceda. Lo que sí he visto es la inmensa luz que aporta este texto. Especialmente cuando se lee con corazón abierto y sin prejuicios.
El amor como decisión y virtud
Te hablaría especialmente de su capítulo cuarto. Siempre que preparo a novios, los mando directamente allí. Lo mismo hago con matrimonios que atraviesan dificultades. Es una verdadera joya. El Papa Francisco hace una pedagogía hermosísima en esa sección. Allí desgrana, palabra por palabra, el himno a la caridad de San Pablo a los Corintios.
Nos enseña que el amor no es un simple sentimiento volátil de mariposas en el estómago. El amor es una decisión y una virtud. Por eso dice que es paciente frente a la tentación de la ira y la prisa. Nos recuerda que el amor es servicial y bondadoso frente al sarcasmo y las palabras duras. Enseña que el amor no lleva cuentas del mal frente al rencor que acumula los agravios. Y finalmente dice: «el amor todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». Esto nos blinda frente a la tentación de buscar fuera lo que Dios prometió bendecir dentro del matrimonio.
Las diferentes etapas del amor conyugal
El amor conyugal tiene etapas muy definidas. No se puede pretender que a los diez, veinte o treinta años de casados todo sea igual. El amor no se sentirá exactamente igual que en la época del noviazgo. El amor cambia, madura y atraviesa desiertos, pero también vive primaveras.
Sin embargo, ¡qué descanso da saber que Dios quiere estar presente en cada etapa!. No estuviste solo el día de la boda. Dios estuvo justo ahí, en medio de ustedes. Él hizo real ese matrimonio y lo convirtió en sacramento. Por lo tanto, vale la pena esforzarse en reencontrarse siempre. Vale la pena volverse a conquistar, recomenzar y no dar nada por sentado.
La adoración Eucarística como sanación
Esto se hace muy patente aquí mismo, en la iglesia San Josemaría. Tenemos una actividad que se llama «La Preli». Consiste en la adoración al Santísimo en parejas. Se realiza durante una hora, dos veces al mes. Ahí veo matrimonios que vienen a arrodillarse juntos ante la custodia. Es una escena sumamente conmovedora.
Son dos personas que quizás han tenido una semana muy difícil y con tensiones. Vienen desconectadas la una de la otra, con trabajos pesados y roces cotidianos. Pero a pesar de todo, se postran ahí junto al Señor. En ese silencio de rodillas el orgullo se desarma rápidamente. El rencor se disuelve en tu presencia. Al mirarte a ti, Señor, aprenden a mirarse mejor el uno al otro con tus mismos ojos. Se miran con paciencia, con admiración y con misericordia. La adoración le devuelve al amor conyugal su dimensión plenamente sobrenatural.
Recomenzar diariamente en el matrimonio
Hay que ir limando asperezas constantemente. A veces no basta hacerlo una sola vez, sino durante mucho tiempo. Es muy importante recomenzar en el matrimonio a cada rato. San Josemaría daba un consejo que aplicaba a la vida interior. Él decía que para conectar con Jesús tenemos que comenzar y recomenzar siempre.
Esto se aplica exactamente igual a la vida matrimonial. Hay que comenzar y recomenzar. Cuando dejamos de hacerlo, permitimos que esos demonios entren en nuestra relación conyugal. Ten claro que el demonio nunca los va a dejar tranquilos. Siempre va a buscar formas de separarles y de agriarles la vida. Definitivamente no podemos dejar que esto suceda.
Oración final por los matrimonios
Por lo tanto, Jesús, hoy te pedimos por todos los matrimonios. Expulsa con el dedo de tu gracia cualquier división o frialdad. Aleja cualquier tentación de desamor que amenace sus hogares. Llena sus vidas de tu caridad. Que nunca falte el abrazo a tiempo ni la palabra amable. Ayúdales a mantener la lealtad entera y la prontitud para pedir perdón.
Santa María, Reina de la familia, cuida a cada hogar y enséñanos a amar como tú amas. Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos y afectos. Gracias por las inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, intercedan por mí.






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