No sé si has escuchado esta historia, pero yo, cuando la oí por primera vez me impresionó muchísimo. Es el acta de martirio de santa Dorotea. En esa acta, aunque es apócrifa, cuenta que Santa Dorotea era conducida al lugar de su ejecución y allí, en el lugar, había un joven llamado Teófilo, que era pagano.
Claro, como pagano, le parecía que esto de ser cristiano era completamente absurdo. Eso que predicaban de un Dios de bondad, de misericordia, no tenía sentido, porque ¿dónde estaba ese Dios cuando venía el momento de la muerte? Sobre todo, esto de un cielo y de un paraíso, por supuesto, que le resultaba también absurdo.
Por eso, este joven abogado llamado Teófilo se burló de Dorotea y, en tono de burla, le pidió que le enviara fruta de ese jardín adonde ella decía que iba. ¡Detalle asombroso!
Ella, en lugar de indignarse, en lugar de hundirse o dejarse llevar por el rencor, prometió que efectivamente le iba a enviar eso que le había pedido. Y allí, en ese mismo lugar de su ejecución, Dorotea se arrodilló y se puso a rezar.
Impresionante es lo que cuenta el acta de martirio que sucedió después, porque, de repente, apareció un ángel con una canasta que contenía tres manzanas y tres rosas, se las dio a Teófilo y le dijo que lo esperaba allí, en su jardín, de donde venían estos regalos. Cuando Teófilo probó la fruta, se hizo cristiano.
Cuenta también el acta del martirio que, tiempo después el propio Teófilo dio su vida como mártir. ¡Impresionante! Por eso es que a santa Dorotea se le identifica fácilmente en las representaciones, porque habitualmente tiene un cesto de frutas en las manos.
¿Por qué cuento esta anécdota? Porque la verdad es que hoy no es la fiesta de santa Dorotea. Y, como te decía, pues uno puede creer o no en este suceso porque, además, resulta que aparece recogido en un acta de los mártires, pero un acta apócrifa.
AMAR COMO CRISTO

Pero sí, no nos extraña este suceso porque, efectivamente, es una actitud que hemos visto en tantos cristianos, en tantos mártires: ese deseo de poner la otra mejilla; esa facilidad para revolucionar el sitio en el que están con una “revolución del amor”.
De eso trata precisamente el Evangelio del día de hoy. El Señor, según comenta san Lucas, hoy está en una llanura dando un discurso que san Mateo, al menos, ubica en una montaña.
Entonces, es más conocido como: “el sermón de la montaña”, pero para san Lucas es el “sermón de la llanura”. Aquí Jesús nos ofrece no tanto un tratado de moral. Tampoco es un conjunto, vamos a decir, de consejos superficiales. No es un conjunto de instrucciones meramente que hay que cumplir; no es tampoco un pacto de no agresión para la sociedad.
Lo que el Señor nos proclama el día de hoy, de verdad, que es una auténtica revolución espiritual: es el mandato de un amor incondicional, incluso a los enemigos.
Ya quisiéramos nosotros reaccionar como santa Dorotea, como san Esteban o como tantos otros mártires que han sabido disculpar como Cristo en la cruz. Pero bueno, tenemos la experiencia de que, en el día a día, aunque digamos que no tenemos enemigos a los que odiar, por supuesto que llevar al extremo este mandato del amor de Dios —que es un mandato extremo, un amor extremo— cuesta y cuesta mucho.
Pero, por supuesto, que el Señor tiene toda la razón cuando nos dice: amar a quien nos ama, saludar a quien nos saluda, prestar a quien sabemos que nos va a devolver. Eso es fácil, porque es la lógica natural de cómo funciona el mundo; es el principio básico de reciprocidad.
UN CORAZÓN QUE AMA CON LOCURA

Pero el Señor nos está pidiendo salir de ese círculo y nos dice:
“ (…) si aman a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?”
(cfr. Lc 6, 32).
Los cristianos no eran gente con mala suerte; no eran gente con la mala fortuna de haber nacido en una época en la que ser cristiano era penado con la muerte.
Son testimonios de que sí se puede entrar en esa revolución del amor que Cristo también demostró en la cruz. La cruz de Cristo tampoco fue mala suerte, no fue mala fortuna, no fue sencillamente resignarse a un destino.
Fue demostrar hasta dónde puede llegar el corazón que ama con locura. Por eso, cuando el Señor, en el Evangelio de hoy, nos da instrucciones muy concretas de cómo vivir esta revolución del amor, no pide de nosotros solamente un esfuerzo voluntario. Mejor dicho, un esfuerzo voluntarista, sino que tengamos el mismo carácter de Dios.
En el Evangelio de hoy, el Señor nos dice:
“Ser misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”
(cfr. Lc 6, 26).
Es decir, que ahora, cuando escuchemos el Evangelio de hoy y nos demos cuenta de que el Señor nos pide cosas complicadas —al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite la capa, no le niegues la túnica; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian— pues sí, efectivamente, uno puede decir: “Si lo dice Jesucristo, hay que vivirlo, porque si no, me voy para el infierno.” Pero resulta que el Señor no hace gran cosa con un ejercicio solamente de voluntad.
DIOS ES BUENO
Al Señor no le sirve un ejercicio de personas voluntaristas. Lo que el Señor espera de ti y de mí es que primero tengamos ese encuentro radical con Dios Padre, con la misericordia de Jesucristo, con el amor que es el Espíritu Santo. Y, después, solamente después, como consecuencia de ese encuentro con el amor de Dios y como una especie de sobreabundancia de ese amor de Dios, viene la misericordia hacia los demás.
Nosotros seremos capaces de amar únicamente porque hemos sido primero amados por Dios; por un Padre que es bueno, que es bueno hasta el extremo, incluso bueno con los desagradecidos y con los malvados.
Si tú y yo perdemos de vista ese amor primero que Dios nos manifiesta de tantos modos, obviamente, lo que Dios nos pide en el Evangelio de hoy va a parecer que no tiene ni pies ni cabeza.
¿Cómo es eso de poner la otra mejilla al que me acaba de pegar? ¿Cómo es eso de que, si alguien me pide la capa, le tengo que dar no solo la capa, sino la túnica? ¿O cómo es eso de que tengo que bendecir incluso a las personas que me desean lo peor del mundo? ¿O cómo es eso de que yo tengo que rezar por aquel que está hablando mal de mí, por quien me calumnia? Por supuesto que cuesta.
Pero, en cambio, cuando tenemos la certeza de que Dios nos ama, de que Dios nos ha demostrado su amor de un modo asombroso, nuestra vida resulta ser una invitación que Dios nos hace a introducirnos también y ser partícipes de esta gran revolución del amor.
Que, por otra parte, empieza siempre por cosas muy pequeñas. Por ejemplo, vamos a empezar hoy en esta revolución del amor pensando en esa persona con la que nos cuesta especialmente relacionarnos.
IMITAR EL AMOR DE CRISTO
Incluso puede haber hasta cierto resentimiento hacia esa persona. Una vez que tengamos identificada a esa persona, podemos dedicarle un momento de nuestra oración personal, rezando por ella y deseándoles el máximo bien. Ahí ya ha empezado la revolución del amor de Dios en nosotros.
El siguiente paso, obviamente, será concretar cómo vivir esa misericordia. Y aunque no parezca tener mucho sentido, por lo que nos han hecho, por lo que nos han dicho, por las zancadillas que nos han lanzado, pues resulta que nos da igual, porque tenemos la certeza de que Dios nos ha amado primero.
Esta es la clave de santa Dorotea, de san Esteban protomártir; es la clave de todos los mártires de la Iglesia. Es la imitación de ese amor de Cristo que tú y yo también tenemos que vivir hasta el grado heroico.
Vamos a encomendarnos a Nuestra Madre, la Santísima Virgen. Vamos a pedirle que nos alcance esa gracia de moldear nuestro corazón a la forma de Dios Padre, a la semejanza de su Hijo Jesús, por la fuerza santificadora que tiene el Espíritu Santo, para que también tú y yo seamos testimonios de esa revolución del amor en medio del mundo.



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