Heredar la espiritualidad de san Josemaría ha implicado siempre un reto hermoso, intentar encarnar un espíritu y vivir con la certeza de que soy solo un pequeño instrumento en manos de un Dios grande. Significa entender que ahora mi «trabajo profesional» —el que debo santificar y donde me juego la santidad— es, precisamente, el sacerdocio.
Pero antes de continuar, me gustaría dejar algo claro. Cada hijo de san Josemaría se esfuerza al máximo por encarnar la herencia espiritual que él nos dejó, pero eso no nos convierte en fotocopias mecánicas.
Hay un margen inmenso de libertad donde cada quien aporta su propia personalidad y decisiones. Por ejemplo, a san Josemaría le gustaba que los sacerdotes vistiéremos de modo que se notara nuestro ministerio. Sin embargo, cada uno lo vive según su estilo: unos prefieren usar clergyman, otros sotana, cuello romano o cualquier detalle que los identifique con claridad. Yo voy de sotana a todo lado, pero cada uno lo vive como quiere.
Así como ocurre con la vestimenta, hay muchísimos matices que cada uno vive a su manera. Por eso, quiero compartirte cuatro pilares de cómo esta herencia filial influye por completo en mi ministerio, entrelazándose de forma natural con mi forma de ser.

1. La Misa: El centro y la raíz de la vida interior
San Josemaría repetía una verdad que se nos graba a fuego en el alma: la Santa Misa es el centro y la raíz de la vida interior. Y esto no puede quedarse en un simple lema piadoso; tiene que convertirse en la estructura real de nuestra jornada.
La Misa no es «un evento más» en la agenda, ni una tarea pastoral que se despacha temprano para poder pasar a lo siguiente. Todo el día gira y se organiza en torno a ella. Las horas previas son una preparación, un deseo creciente de llegar al presbiterio; las horas posteriores son una prolongación natural de esa acción de gracias.
Cuando la Eucaristía es verdaderamente el centro, el tiempo se reordena por completo: el trabajo, las reuniones, la atención a las almas y el descanso cobran su auténtico sentido litúrgico porque todo se ofrece allí, sobre el corporal.
Para mí, esto es algo vital e innegociable. Recuerdo que una vez estaba en Galápagos para la ordenación sacerdotal de un amigo. Surgió la maravillosa oportunidad de hacer un viaje de dos días para conocer una isla muy especial. Como pasariamos todo el tiempo a bordo de una embarcación, pregunté si habría la facilidad de celebrar la Misa.
Al decirme que no tendríamos esa posibilidad, decidí declinar la invitación. No lo dudé ni un segundo. Creo que no fue un acto de rigidez, sino mi manera viva y personal de defender la centralidad de la Eucaristía: para mí, la felicidad de cada día pasa por estar en el altar.

2. Heredar el amor por los detalles en el Altar
Si algo nos enseñó nuestro Padre, así le decimos cariñosamente a san Josemaría, es que en las cosas de Dios los detalles no son minucias: son muestras de amor. El santo nos transmitió una forma de celebrar la Misa que huye tanto de la prisa fría como de la afectación teatral. El protagonista absoluto es Jesucristo; con lo cual el sacerdote debe desaparecer para que solo brille Él.
Heredar esta escuela significa cuidar con esmero cada gesto litúrgico, ya sea en la Misa, las bendiciones, la adoración o en cualquier otro sacramento:
- Tratar los vasos sagrados con amor de enamorado: Sabiendo que el cáliz y la patena sostienen al mismo Dios, se limpian, se custodian y se manejan con una delicadeza extrema.
- Vivir las rúbricas con fidelidad: No por un cumplimiento normativo o cuadriculado, sino porque los textos y los gestos de la Iglesia son un tesoro sagrado que no nos pertenece y no podemos alterar a nuestro antojo.
- La piedad en el contacto físico: Besar el altar con devoción verdadera, sostener la Sagrada Forma con respeto reverente, clavar la mirada en la Hostia con fe viva en el momento de la elevación y evitar las prisas en las genuflexiones.
- La pulcritud de lo sagrado: Mantener los manteles, los corporales y los purificadores impecables. Para el Señor, siempre debemos buscar lo mejor, lo más limpio y lo más cuidado.
Estos detalles cotidianos en el altar sostienen de forma invisible la piedad del sacerdote y, sin necesidad de dar grandes discursos, transmiten directamente a los fieles la grandeza de lo que ocurre en el presbiterio.
Recuerdo que alguien me comentó que le llamaba mucho la atención una pausa que hago después de comulgar para dar gracias, internamente rezo unas oraciones, pero eso no es de piedad personal, es de lo que aprendí de san Josemaría.

3. Alma sacerdotal y mentalidad laical
Existe una enseñanza de nuestro Padre que destaca por su audacia y frescura: la llamada a poseer alma sacerdotal y mentalidad laical. Para quienes hemos sido configurados con Cristo mediante el Orden Sagrado, este legado se convierte en una exigencia apasionante que nos impulsa a no distanciarnos de las realidades del mundo, concretándose de la siguiente manera:
- Tener alma sacerdotal es vivir con el deseo constante de redimir, de dedicar horas a atender personas en el confesionario, en la dirección espiritual y de desgastarse por las almas sin mirar el reloj, manteniendo el corazón abierto de par en par.
- Tener mentalidad laical es amar apasionadamente el mundo y comprender los dolores, ilusiones y problemas reales de la gente de hoy: sus preocupaciones familiares, laborales o los desafíos de la cultura actual. Significa estar actualizado en todas las cosas, entender el lenguaje de hoy y, sobre todo, dejar que los laicos saquen adelante sus propias iniciativas, impulsándoles siempre y nunca reemplazándolos.
Este equilibrio me motiva a buscar siempre la cercanía con todos, construyendo puentes de amistad, especialmente con quienes piensan de manera diferente o se encuentran alejados de la Iglesia. Una de las enseñanzas más audaces y vigentes de san Josemaría es que todos los cristianos están llamados a tener “alma sacerdotal y mentalidad laical».
En el caso de quienes ya hemos recibido el Orden Sagrado, esto se traduce en una exigencia maravillosa:nos invita a no perder esa mentalidad del mundo, esto se traduce en que destino tiempo para leer cosas de teología pero a la vez de mi carrera civil, soy ingeniero en sistemas. Hace poco terminé un curso sobre inteligencia artificial.

4. El «Nunc Coepi» y la paz de la filiación divina
A veces se tiende a idealizar el ministerio, pero la realidad es que el peso pastoral y espiritual puede ser inmenso. Hay días de cansancio físico, de batallas interiores o de aparentes sequedades donde parece que no hay frutos. El secreto para mantener la alegría inalterable en estos momentos está en saberse, ante todo, hijo de Dios.
Cuando nos sentimos como niños pequeños en los brazos de un Padre Dios que nos ama con locura, el miedo al fracaso se disipa por completo. Si caemos, si fallamos o si las cosas no resultan como las planeamos, no nos quedamos lamentándonos; recurrimos inmediatamente al lema que marcó la vida de nuestro Padre: ¡Nunc coepi! (¡Ahora comienzo!)(Cfr. Salmo 77,10)
Como sacerdotes, heredamos de san Josemaría ese optimismo permanente que no se escandaliza de la propia debilidad, sino que confía plenamente en la gracia divina y vuelve a empezar una y otra vez con una sonrisa.
«Un sacerdote —quienquiera que sea— es siempre otro Cristo».
San Josemaría, Amar a la Iglesia.
Vivir el ministerio sacerdotal bajo este legado es una aventura diaria de amor, fidelidad y servicio. Siempre es exigente, pero da una felicidad a prueba de balas. Inquebrantable.
Al final, lo que buscamos es que quienes se acerquen a nosotros, les pase lo mismo que dicen que ocurría con san Josemaría, que nadie nunca se sintió ante un frío funcionario de lo sagrado, sino ante el rostro alegre, fresco y acogedor de Jesús, el Hijo de María, nuestra Madre.



Deja una respuesta