LA MULTITUD QUE APRETUJA
Me gusta mucho una escena que se narra en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Una multitud ansiosa de escuchar al Maestro no se contentaba con verlo de lejos, y se sentó a esperarlo en la orilla del lago. De pronto, aparece un tal Jairo a pedirle algo. Parecía ser alguien importante porque Jesús – a quien habían venido siguiendo quién sabe desde cuándo- se va para ayudarlo; dejándolos ahí. La gente enloquece, se empujan entre ellos y empiezan a apretujarlo a Él también.
Los apóstoles deben haber estado preocupados, sin saber cómo contener a la gente. En medio del alboroto, el Señor les hace una pregunta que parecía una broma: “¿Quién me ha tocado el manto?”.
Seguro los apóstoles se miraron entre ellos. A esas alturas, ya no le tenían paciencia a la muchedumbre. Y, ¡para colmo de males, su Maestro les hace semejante pregunta!
La respuesta que le dan, seguramente basada en la confianza de la amistad, no deja de parecerme un tanto irrespetuosa: “Ya ves cómo te oprime toda esta gente, y preguntas ¿Quién te ha tocado?”.
Pero Jesús parece no hacer caso a esta respuesta impulsiva. Sigue mirando al grupo, como buscando un culpable.
LA FE QUE TOCA
En medio del tumulto, una mujer se postra. Todos los evangelistas coinciden en describirla asustada y temblando. Narran también que sufría de hemorragias, que había gastado todo lo que tenía en curaciones y que así ya llevaba doce años. La mujer confiesa en voz alta que fue ella la que le tocó el manto. Jesús la mira fijamente. ¡Quién sabe cuánto temor habrá sentido frente a esa mirada!
Lo que ella no dijo, lo completa San Marcos, como si sus pensamientos hubieran sido visibles: “Con sólo tocarle el manto curaré”.
Jesús no le hizo ningún reclamo, tampoco preguntas incómodas. Me lo imagino mirándola asombrado. No le quedó más que confirmar lo que acababa de pasar. “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”. ( Marcos 5, 21-34).
Una mujer anónima. Un alma agotada dentro de un cuerpo enfermo. El Señor, la mira con ternura y asombro por saber que le robó un milagro.
No era parte de la turba “milagrera”. Tampoco era importante como Jairo. Ella sólo era una pobre desgraciada, que confiada se acercó para tocarlo con la mano, aunque realmente lo que hizo, fue tocarlo con el alma.
Y Jesús, generoso como es, se dejó tocar.
¿APRETUJAR O TOCAR?
Si tuviéramos fe del porte de un pequeño grano de mostaza, nos dijo el Señor, podríamos arrancar un árbol de raíz y hacerlo que se plante en el mar. Pero resulta que hoy la fe se ha nos hecho insuficiente para solucionar todos esos problemillas que nos estorban. La fe no paga las cuentas; no da de comer a los niños pobres del mundo; no cura a mi amiga; no me ahorra la fila del banco.
Entonces, vamos aflojando la virtud porque descubrimos que no es una varita mágica; que no nos sirve para ir cambiando las cosas a nuestro alrededor.
Vamos como la multitud que sigue a Cristo esperando señales milagrosas, a la vez que sólo estamos empecinados en escuchar nuestros propios pensamientos. Contemplamos cómo el Señor obra prodigios todos los días, pero no somos capaces de ver Su Presencia en nuestras vidas.
La mujer que sangraba, intentó curarse usando todos los medios humanos, antes de acudir a Jesús. Así como nosotros lo intentamos todo, recorremos mil caminos y acudimos a muchas personas, buscando soluciones para lo que nos duele o nos preocupa. Pero no siempre somos capaces de reconocer que esos atajos no siempre funcionan. Algunas veces nos dejan iguales; otras, ahondan el dolor.
El Papa Benedicto XVI, nos dijo una verdad tremenda:
Sólo encontrando la respuesta definitiva que es Cristo, seremos salvos y estaremos en paz. Esa paz definitiva que la gente de hoy se empeña en buscar en medio del apretuje del mundo.
La diferencia entre la multitud que apretuja y el alma que toca, es justamente la confianza ciega en que Su Voluntad está por encima de la nuestra. Aunque duela, aunque cueste.
REFLEXIÓN FINAL:
Nuestra reflexión en este punto debería llevarnos a “asincerar” el alma sobre los remedios que estamos buscando. Aquellos que creemos son soluciones mágicas, sin darnos cuenta que Jesús ya nos dejó el único Camino y la única Verdad.
Yo, mi Jesús, te apretujo o te toco?

