El Adviento no es sólo una realidad temporal: es un camino de gracia para revisar nuestro interior, es un despertar espiritual que nos ayuda a reconocer a Dios que viene, que visita nuestra vida y se hace uno de nosotros. Pero también —y esto no debemos olvidarlo— es el tiempo en el que la Iglesia dirige la mirada hacia la segunda venida de Cristo, cuando volverá en gloria para juzgar a vivos y muertos.
Es decir, celebramos la memoria de su primera venida en Belén, pero aguardamos su regreso definitivo, viviendo vigilantes y perseverando en la fe.
El gran Dios que se hace pequeño
Cuando celebramos el Adviento la Iglesia nos recuerda que Dios no entra en el mundo con ruidos ni grandezas humanas, sino en el silencio de la espera.
Abramos espacios interiores, renovemos la oración, reconciliémonos y volvamos a mirar a Cristo nacido en el pesebre que viene con ternura. Como nos enseñaba el recordado Papa Francisco: “Dios viene siempre con pasos de misericordia.”
El pesebre: nuestra preparación visible
Entre las tradiciones más hermosas del Adviento está la de hacer el pesebre. En lo personal siempre ayudo y me gusta mucho armar el pesebre ya que esto no es solo una costumbre familiar: es un acto de fe. En el pesebre contemplamos la humildad de Dios, su cercanía, su forma de amar y su preferencia por lo humilde.
Construyamos el pesebre en casa para que así abramos un rincón donde Cristo pueda nacer. Es un gesto sencillo que podemos ir haciendo y al mismo tiempo explicando a los niños y jóvenes de la casa la grandeza de la sencillez de Dios que se hizo hombre para salvarnos por amor.
Pidamos al Señor que nos ayude a preparar la celebración de la Navidad no solo como un tiempo para comer, comprar, decorar, correr o turistear: es dejar espacio para que Dios nazca en nuestra historia concreta. Que al armar el pesebre, participar de la misa, encender las cuatro velas de la corona de Adviento, escuchar la Palabra y rezar la Novena de Aguinaldos, podamos sentir que Dios viene a nosotros con pasos de misericordia y nos llama a la conversión. Y que, recordando su promesa, vivamos vigilantes y esperanzados, aguardando también su segunda venida gloriosa.
En adviento los invito para que pongamos por obra las catorce obras de misericordia como un camino concreto de poner por obra el amor de Dios.





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