Comenzaremos una serie de artículos que pretenden ser una ayuda para los padres, en el ejercicio de su sagrada tarea de educar.
COMENZAR POR EL PRINCIPIO
Muchos padres hoy se sienten confundidos, sin saber por dónde comenzar. Con tanta información disponible, resulta indispensable comenzar por un principio básico, que es identificar cuál es el rol que les corresponde dentro de su propia familia. Suena muy evidente, pero no lo es.
Siguiendo la creencia antigua, los padres eran distantes, severos y hasta ausentes. Los adultos de antes lucían como seres inalcanzables, con quienes era imposible sostener una conversación honesta. Mucho peor, hacerles una sugerencia.
Con esto en mente, las nuevas corrientes educativas buscaron fomentar una línea horizontal en la relación padres e hijos. Fomentaron una especie de “democracia” en el hogar; y, con ello, fueron debilitando la jerarquía paterna/materna.
Los padres empezaron a actuar como compañeros, amigos y hasta “amigotes” de sus hijos. Consecuencia de lo cual, su rol dentro del hogar se convirtió en un elemento indefinido, que cambia según la necesidad del momento.
Esta serie de artículos pretende invitarnos a recordar que, los padres ante todo, somos eso: padres. Y ser padres no es cualquier cosa.
¿QUÉ SIGNIFICA SER PADRES?
En primer lugar, aclaramos que siempre nos referiremos a los padres como un conjunto. Un dúo inseparable, que es y debe actuar como equipo ante toda circunstancia. Ser padres así, en plural, significa ser coautores de la vida.
El Catecismo de la Iglesia Católica – 372- nos enseña que “ En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Génesis 2,24) puedan transmitir la vida humana: Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra…”. (Génesis 1:27-28 ), …el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador”. (cf GS 50,1)
A su vez, Dios es Padre también, con lo cual, convierte a los padres en un reflejo de Su identidad divina, al honrarlos con el mismo título que se dedica a Sí mismo.
En respuesta a esta consideración, nos dejó un Mandamiento incondicional: Honrar Padre y Madre. La honra que exige el mandamiento, no aplica sólo para los padres que sean perfectos, ni buenos, ni sacrificados; al contrario, pues sabemos que “ Nadie es bueno, sino sólo Dios” ( Marcos 10, 18). El Mandamiento viene sin condiciones ni etiquetas. La obligación de honrar viene de la grandeza que la paternidad encierra, aunque quien la ejerza no sepa ni qué hacer con ella.
Sabemos que ello empuja, a quienes hemos recibido esta delegación, a actuar con rectitud de intención, poniendo todos los medios a nuestro alcance para cumplir nuestra misión. Una misión que está más allá de la biología. Que es más que un simple título. Es un encargo sagrado, el cual hay que cumplir con amor y entrega total.

EJERCIENDO EL ENCARGO
Para ejercer nuestro encargo con amor, debemos comenzar por reconocer que nadie ama lo que no conoce.
Hagámonos entonces una pregunta obligatoria: ¿Qué tanto conocemos nuestros hijos?
A menudo, vemos padres que no son capaces de responder unas simples preguntas en la consulta con el pediatra; no saben qué deporte les gusta a sus hijos ni cómo se llaman sus mejores amigos.
Lo primero, entonces es establecer una línea directa de diálogo.
En un mundo tan carente de empatía, lo mejor que podemos hacer es dedicarles tiempo y oídos. Comenzar por lo más sencillo, que es hablar de trivialidades, que luego se conviertan en el hilo conductor de los grandes temas.
Aquí estamos frente a uno de los mayores problemas de nuestra época: Las mamás y los papás tenemos muchas cosas qué hacer, el tiempo no alcanza para nada. Nuestras obligaciones diarias no siempre nos permiten dejar todo lo que estamos haciendo para atender al pequeño.
Muchas veces, ellos tampoco se expresan con demasiada claridad ni fluidez. Se traban mil veces, repiten lo mismo una y otra vez. Y lo que es peor, se encierran en sus cuartos huyendo de las preguntas. Ante estos cuadros, es común perder la paciencia y abandonar esa batalla.
Pero si hay una batalla que debemos escoger, es precisamente ésta: la de acercarnos a nuestros hijos. Encontrar un momento del día en el que el niño sepa que cuenta con toda nuestra atención; y, que note el esfuerzo que hacemos por mantenernos conectados y al día con sus intereses.
La conexión que nos hace irreemplazables en sus vidas actuales y futuras es ser su refugio y su lugar seguro, sin importar lo grande o pequeño que sea lo que tiene que decir.
Recordemos siempre que la caridad comienza en casa. Donemos a nuestros hijos lo más valioso que tenemos: nuestro tiempo.
PEDIR AYUDA
Nada de lo que nos planteamos en esta serie, es posible sin pedir ayuda.
Busquemos en oración esa ayuda, sin la cual la tarea parecerá imposible. Imitemos a San José, ejemplo de virtudes masculinas; y, a Santa María, Madre amorosa, prudente, valiente, que acompañó a su Hijo hasta el final.
“Sagrada Familia, protege a nuestras familias”
CONCLUSIÓN
Ser padres es una tarea encomendada por Dios. Nuestro trabajo debe partir del reconocimiento de la importancia que tenemos en la vida de nuestros hijos, procurando estar cerca de ellos con amor.





Deja una respuesta