VIDA ABUNDANTE
Hoy, cuarto domingo de Pascua, vamos a oír la siguiente Lectura del Evangelio de san Juan:
«En aquel tiempo dijo Jesús: —En verdad, en verdad os digo, el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido, pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas, a éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera.
Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen porque conocen su voz, a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba, por eso añadió Jesús: —En verdad, en verdad os digo, yo soy la puerta de las ovejas, todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos, pero las ovejas no los escucharon, yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos, el ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago, yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Bueno, en este tiempo de Pascua estamos intentando meditar de nuevo sobre esta verdad contundente de nuestra fe, tu resurrección Señor, o sea que la muerte en Ti no ha ganado, no ha tenido la última palabra, sino que Tú has vuelto a la vida, tienes el poder para crear de la nada, tienes el poder para curar, tienes el poder para resucitar muertos y también para resucitar Tú mismo.
UNA VIDA QUE CONTINUA
Por eso creo que podemos fijarnos en estas últimas palabras del Evangelio en que Tú, Señor has venido para que tus ovejas tengamos vida y la tengamos abundante.
Consideremos brevemente junto con Jesús estas palabras. En realidad, si pensamos desde esta afirmación todo el mensaje cristiano, vamos a darnos cuenta de que Dios que nos dio la vida en su momento, ha enviado a su Hijo Jesucristo para que tengamos vida, para que recuperemos la vida que Él nos quiso compartir, teniendo en cuenta que lo que nosotros logramos con decisiones que se alejan del plan de Dios es una vida pasajera, una vida temporal. Es efectivamente lo que va a durar nuestro espacio aquí en la Tierra. Y es tan frágil.
En cambio, Tú Señor cuando nos creaste nos has dado esa vida que es Tuya y que no termina y si se de alguna manera interrumpe o se quiere interrumpir con la muerte no se deja interrumpir.
Y como dice la Liturgia, más bien se transforma pero sigue viviendo, entonces qué bueno que nosotros efectivamente nos demos cuenta de que estamos siendo queridos por Ti Señor para que tengamos vida; esa vida que no termina en el cementerio.
CONVIVIR CON DIOS
Si nos fijamos un poquito hacia atrás en todas estas semanas que han pasado de Pascua, lo que hemos oído en las lecturas de la misa y en sus oraciones, muchas veces es la referencia a esta nueva vida, que va más allá de si nuestro cuerpo es saludable, de si tenemos pocos años o muchos.
Esa vida nueva que tiene que ver más con la alegría de estar en gracia de Dios en nuestra alma. Y por eso se puede decir que para Ti, Señor están vivos muchos, muchísimos de los que nosotros consideramos difuntos y que están ya enterrados.
Y lamentablemente también puede pasar que muchos de los que nos sentimos saludables y vivos, pues en realidad no lo estemos porque tengamos el alma enfermita.
Por eso creo que, ante este Evangelio nosotros podemos preguntarnos, ¿cómo es esa vida que nosotros estamos viviendo? ¿Soy una persona que tiene la vida del animal sano, o soy una persona que tiene vida interior?
De manera que disfruto de cosas que un animalito no podría disfrutar como son precisamente el amor. El amor por ejemplo que Tú, Señor me tienes no es un dato irrelevante, no es algo que se me queda en las clases de catecismo o de religión, sino es una verdad sobre la que construyo mi vida.
Lo mismo es la alegría, como consecuencia de esta certeza de tu amor de Padre y lo mismo la presencia del Espíritu Santo en mi alma; de manera que yo la comparto y convivo Contigo Señor.
LA LUZ DEL BAUTISMO
Tú y yo somos equipo. Y así pues yo no estoy viviendo como un animalito que nace, crece, se reproduce y muere.
Te pedimos Señor que nos ayudes a darnos cuenta de la vida que Tú has venido a traernos, que la sepamos valorar cultivandola con ese examen de conciencia diligente, que nos permita no sólo en un momento previo a confesarnos, sino siempre habitualmente estar obrando de manera que Tú te sientas contento y por lo tanto que notes que estoy haciendo un buen uso de la vida que me regalas.
Por lo tanto, será esa nueva vida y no simplemente la otra que termina como dije en el cementerio. Vamos a abrir los ojos, vamos a dejarnos querer, a saborear el amor de Dios y vamos a cuidar la vida que se simboliza en la vela que nos entregan el día de nuestro bautismo.
Obviamente del propio bautismo no nos acordaremos, pero sí cuando hemos ido al bautismo de algún pariente y hemos visto que del Sirio Pascual que representa a Cristo se prenden velas para dárselas a los papás y padrinos diciendo: ‘que este fuego, esta luz no se apague’. Y esa es nuestra fe, nuestra fe viva.
Vamos a procurar cuidar esa lucecita para que siempre esté viva.




Deja una respuesta