ESCUCHA LA MEDITACIÓN

UN POCO DE CIELO

Jesús habla de “lo alto” … pero nosotros vivimos “a ras de suelo”. Vivimos preocupados por mil cosas: pendientes, problemas, cansancio, comparaciones, noticias… Y sin darnos cuenta, empezamos a pensar que esto es todo lo que hay. Como si la tierra fuera la única realidad. Pero el Evangelio hoy rompe esa idea: “El que viene de lo alto está por encima de todos…” Jesús viene a decirnos: hay algo más real que lo que estás viendo.

Continuamos con el evangelio de san Juan que hemos estado leyendo estos días, con Nicodemo. Empieza en el capítulo tercero y, en esta conversación, dice Jesús:

“El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra, pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.”

(cfr. Jn 3, 31-33)

Aquí parece que el Señor empieza a hablar un poco como en una adivinanza. Dice:

“El que Dios envió, dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y todo ha puesto todo en sus manos.”

(cfr. Jn 3, 34-34).

Aquí viene la parte central:

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna…”

(Jn 3, 36).

Me gustaría dar esa como tensión muy fuerte de este evangelio: Jesús habla de lo alto, pero, claro, nosotros vivimos a ras del suelo. Vivimos preocupados por miles de cosas.

Estamos pendientes de que nos salgan las actividades, a veces con problemas, a veces con cansancios, algún día que no duermes bien. Otro día que te duele la planta del pie. A veces estás con comparaciones, con noticias negras… Y claro, sin darnos cuenta, empezamos a pensar que esto es todo lo que hay, como si la tierra fuera la única realidad.

Pero el Evangelio de hoy rompe esta idea, dice: “El que viene de lo alto está por encima de todos…” Es como si Jesús viene a decirnos: hay algo más real que lo que estás viviendo.

JESÚS NOS HABLA 

Jesús, cielo

Jesús no es simplemente alguien que habla bonito o que enseña valores. Él viene de lo alto; o sea, del cielo, viene del Padre. Por eso dice el evangelio:

“Da testimonio de lo que ha visto y oído”

(cfr. Jn 3, 32).

Jesús habla de lo que conoce, de Dios, habla del cielo, de la vida eterna porque Él vive ahí, porque Él lo ha visto.

San Agustín, ahora que está tan de moda, lo vamos a citar porque expresa esta idea de una forma muy potente, dice: “Descendió para que creas y subió para que esperes.” Es decir, Jesús baja para revelarnos la verdad. Viene a decirnos las cosas que necesitamos y luego Jesús sube a los cielos (en la Ascensión), para abrirnos el camino, para enseñarnos que vamos todos al cielo. El cielo no es una idea; es tu destino real, si te portas bien, claro.

Señor, ayúdanos a estar abiertos a esta gran noticia, porque, Señor, nos has transmitido en tu evangelio esto que nos da un poco de miedo, dices:

“Pero nadie recibe su testimonio”

(cfr. Jn 3, 32).

¿Y por qué? Porque, a veces, claro, estamos metidos demasiado en lo de la tierra: en esos problemas, cansancios, comparaciones, noticias, en las cosas que nos tienen más sensibles.

Por eso, san Josemaría lo decía con mucha claridad: “No olvides que tienes un destino eterno.” El problema no es que el cielo no exista; el problema es que lo olvidamos constantemente.

¿Cuándo lo olvidamos? Cuando hacemos que todo lo que sirve o todo lo que nos importa, sea lo material, sea lo que vivimos aquí. Y, claro, cuando lo olvidamos todo se vuelve más pesado. Los problemas se agrandan, las heridas se absolutizan, las decisiones se vuelven cortas. Nos falta perspectiva.

CREER ES FIARSE DE DIOS

Por eso, un poco de cielo cambia toda la vida, aquí está el corazón. Un poco de cielo soluciona muchas cosas en la tierra, porque no es que desaparezcan los problemas, sino que cambian la mirada. Porque, cuando vives desde el cielo, cuando ves las cosas con esa mirada de eternidad, el fracaso no es definitivo, el dolor no es inútil, la espera tiene sentido, el amor vale la pena.

Por eso san Agustín lo decía así en las Confesiones, así comienza: “Nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones. San Agustín).

Tu corazón está hecho para algo más grande. Por eso, nada en la tierra termina de llenarte. Cosas tan fabulosas como una buena amistad, por ejemplo, que es una cosa que es tan completa y que se puede disfrutar tanto, pues tampoco; porque, claro, siempre hay como la sensación de perderla o que se compliquen las cosas.

O un amor muy grande, de pareja, de unos novios, por ejemplo, que a veces puede resultar en una infidelidad, cómo daña, cómo destruye. Podríamos ir poniendo todas las cosas más buenas que existen, que por más buenas que existen en la tierra, siempre hay un germen que puede darle un contexto negativo.

Va destruyendo esa belleza por falta de comunicación, una mala intención, por un trastorno… ¡Es impresionante!

El Señor dice una cosa en este evangelio que es muy fuerte, dice:

“El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz…”

(Jn 3, 33).

O sea, creer no es solo pensar que Dios existe. Creer es fiarse de Jesús. Es decirle: si Tú dices que hay cielo, yo vivo para eso; si Tú dices que todo esto no es todo, no me voy a quedar aquí; yo sé que esto va a cambiar, que voy a llegar al cielo.

CONCRETAR

Tener Fe, dios nos espera

Eso tiene que correlacionarse con decisiones concretas del día a día, ¿no? ¿Cómo trabajo? ¿Cómo amo? ¿Cómo sufro? ¿Cómo uso mi tiempo? ¿Cómo cuido de mis amigos, de mis amores? Porque ya no vivo solo para hoy.

¿Qué es lo mejor que puedes desear para tu pareja, tus hijos, tus padres, para tus amigos? Pues el cielo, eso es lo más importante.

Debido a eso, el texto que acabamos de leer del evangelio dice:

“El padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.”

(Jn 3, 35).

Esto es la clave, porque Jesús tiene en sus manos tu destino eterno y el mío también.

No estamos a la deriva, no estás improvisando tu vida. Dios lo sabe y Jesucristo lo ejecuta. Tu vida tiene dirección: pasar de la tierra al cielo. Pasar de lo visible a lo invisible, de lo temporal a lo eterno.

En eso, Cristo es el camino. Por eso, el evangelio termina con una afirmación muy clara: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. O sea, no dice, “tendrá”, si no dice: “tiene”.

El cielo empieza ahora y añade: “El que se niega a creer, no verá la vida.” No es una amenaza, es una consecuencia. Si vivo encerrado en lo terreno, me pierdo lo más grande que existe. Por eso, para aterrizarlo, haz memoria del cielo cada día.

En un momento breve: Señor, mi vida no termina aquí. Cuando haces la oración o estos minutos de hablar con Jesús, haz memoria del cielo.

Segundo, reinterpreta tus problemas. Pregúntate esto: ¿cómo se ve desde la eternidad?

Tercero, vive con más libertad. Si el cielo es real, no necesitas tanto reconocimiento, no necesitas tener todo controlado; necesitas ofrecerlo a Dios.

CUIDAR LA RELACIÓN CON CRISTO

Y último, cuida tu relación con Cristo porque no es una idea; es una persona que te conduce al cielo y tenemos que conocerlo. Jesús ha venido a traernos una noticia impresionante: que el cielo existe, que es tu casa y que ya ha empezado para ti.

Por eso san Josemaría decía: “Vale la pena vivir, vale la pena morir, porque tenemos el cielo”.

Hoy pidamos una gracia muy concreta: no olvidarnos del cielo, vivir con la mirada en la eternidad, porque, cuando el cielo entra en tu vida, la tierra ya no pesa igual. Pidámosle esto a Nuestra Madre, la Virgen María. Ella siempre tuvo su mirada en el cielo.

Gracias, Madre, al llevarnos también a tener nuestro corazón ahí, en la eternidad.


Citas Utilizadas

 Hch 5, 27-33

Sal 33

Jn 3, 31-36

Confesiones. San Agustin.

Reflexiones

Señor, te pedimos que nos ayudes a vivir con la mirada en el cielo.

Predicado por:

P. JUAN CARLOS

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