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P. Juan

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UN CORAZÓN CAPAZ DE LO QUE DA DIOS

Jesús nos propone un camino de felicidad en el Cielo, de paz y alegría en la tierra, en las bienaventuranzas.

El Evangelio de este domingo, el cuarto del tiempo ordinario, nos presenta esa enseñanza tan profunda, que quizá no es tan fácil de comprender, pero sí prometedora, que son las Bienaventuranzas”.
Nos muestras, Jesús, cuál es el camino que nos lleva a la felicidad del Cielo y también, cuál es el camino por el que podemos ser felices en la tierra.
Y es profunda y no es tan fácil, porque a primera vista esas bienaventuranzas nos presentan cosas que nos pueden dar rechazo: ser pobres, bienaventurados los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia…
Bienaventurados los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos a causa de la justicia, bienaventurados cuando los insulten y los calumnien.
Y por una parte nos decís que nos alegremos porque la recompensa será grande en el Cielo.
Pero a la vez sabemos que este es el camino, no para unos pocos, sino el que nos presentas, Señor, a todos los que queremos mirarte, seguirte, parecernos a Vos.

POBRES DE ESPÍRITU

Para que tengamos también tu alegría y tu paz acá en la tierra. Y la primera de estas bienaventuranzas es un llamado a ser “pobres de espíritu”.
Para que así sea nuestro el Reino de los Cielos; pobres de espíritu, que es el saber estar desprendidos.
Cuánto nos atraen tantas cosas, porque el mundo es bueno, las cosas son buenas y por eso nos atraen, pues nuestra voluntad tiende a lo que es bueno.
Que pueden ser muchas veces cosas materiales que necesitamos o que nos dan seguridad, están bien hechas y nos gustan.
O pueden ser también cosas que ni siquiera son materiales, como la atención de los demás, que nos tengan en cuenta o cosas que nos hacen pasar bien, como distraernos con cosas que nos divierten, que nos gustan…
Hay tantas cosas ahora para entretenerse y que por ahí uno dedica tiempo y que quizá se pierde el tiempo también.

niños, a comer, celular, un corazon capaz
Pensamos un poco y cuántas cosas en el día me atraen y me mueven. Y ser pobres podría ser no solo en lo material, también en toda esa variedad de cosas buenas que al menos se nos presentan como un bien.
A veces ser pobre es poder libremente, porque es una pobreza libre. No nos estás diciendo, Señor: Bienaventurado el que le toca esto solamente, sino nos estás invitando a una elección.

IMITAR A JESÚS

Y se puede decir, bueno, esto que me atrae, me gusta, que podría tener, que me lo podría apropiar, que podría ahora buscar satisfacer este deseo, puede ser: “ser pobre”.
Decido decir: Soy pobre imitándote a Vos, Jesús, y me privo y no voy a buscar mi felicidad, en llenarme de todo lo que tengo alrededor y que me atrae y que podría adueñarme.
Sino que nos pedís, Señor, en todas estas bienaventuranzas, un poco de confianza y en este caso concreto: “la pobreza”. Tener ese desprendimiento para dejarte a Vos, que seas el que me hace feliz.
Porque nos decís:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. (Mt 5, 3)

No porque no tienen nada, se privan de todo y tienen esa capacidad de ser como indiferentes a tantos bienes o gustos o placeres y se quedan, así como en una ataraxia, como una indiferencia.
No, porque de ellos es el Reino de los Cielos, porque Vos, Señor, podés colmarnos si te dejamos ese espacio en nuestro corazón.

DECIRLE QUE SÍ AL SEÑOR

Si me privo, no sé, quizás de ser el centro de atención, de comer de más, de dedicar demasiado tiempo al celular.
La verdad es que tantos ejemplos se nos pueden venir de cosas que nos atraen y parece que son la felicidad y después uno se da cuenta que no era.
Sobre todo, cuando son cosas que no vivimos de manera generosa, sino un poco egoísta.
Bien nos puede venir, tener identificadas esas luchas, que es algo tan corriente, en que nos vendría también decir que no al gusto, al propio egoísmo, a la vanidad, para poder decirle que sí al Señor.
Decirle: Señor, yo soy pobre y me privo para que seas Vos el que me llene y que esté Tu Reino en mi corazón, que es un Reino de alegría y de paz.
Ese Reino lo trajiste Vos, Señor, para que esté en nuestros corazones, para que esté en este mundo, pero no estará si no le hacemos el espacio.
Si se encuentra nuestro corazón ya lleno de cosas y tenemos en el fondo nuestra esperanza puesta en lo que podemos alcanzar con nuestras fuerzas y Tu Reino, Señor, no va a poder estar en nuestro corazón.

SABER COMPADECERSE

Quizá también tiene que ver con esto, ese:

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. (Mt 5, 5)

Ese saber sufrir, sacrificar algo porque recibirá un consuelo, el Papa Francisco explicaba esta bienaventuranza de tener un corazón que no es indiferente al dolor de los demás y sabe compadecerse.

nosotros, un corazon capaz
Quizás sería más cómodo estar un poco al margen de los que sufren. No podemos cargar con los dolores de toda la humanidad, tantas cosas difíciles por las que pasa la gente.
Pero bueno, una vez más confiando en Vos, Señor, podemos intentar ser solidarios, no tener un corazón duro y cerrarnos al dolor ajeno.
En primer lugar, de los más cercanos, de los que esperan una cercanía, un consuelo, una palabra, estar ahí de nuestra parte; pero también de los más lejanos, que siempre al menos podemos rezar.
Y así ser consuelo y también recibir nosotros consuelo, porque si nuestro corazón, Señor, se parece al tuyo, tendremos como tenías Vos, el consuelo del Espíritu Santo, esa alegría y esa paz que no te faltaban.

LIMPIOS DE CORAZÓN

También nos decís:

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt 5, 8)

Queremos, Señor, verte; nos gustaría verte detrás de las cosas. Bueno, para tener esa mirada limpia hay que tener como la atención hacia las cosas de arriba, como decía San Pablo.
Porque si estamos demasiado pendientes de las de la tierra, de cosas que nos enturbian la vista, nos va a costar más rezar.
Es que, bueno, cada una de estas bienaventuranzas, Señor, nos estás indicando el camino que nos lleva a seguirte, a parecernos a vos y siempre nos pedís un poco de confianza.
Quizá hoy nos podemos quedar con este Evangelio cuando me cuesta un poquito la entrega en algo, en esas cosas que nos atraen y sabemos que nos estás pidiendo generosidad.
Ayúdame, Señor, a confiar y decir: «Soy pobre, me enriquezco con lo que Vos me querés dar, con tu Reino», y a esperar también esas cosas buenas que Vos nos prometes.
Te lo pedimos así a nuestra madre, que fue la que tuvo un corazón más parecido al de su Hijo y por tanto la que mejor vivió también las Bienaventuranzas.


Citas Utilizadas

Sof 2,3;3,12-13

Sal 145

1Co 1,26-31;/ Mt 5, 1-12

Reflexiones

¡Ayúdanos Señor a saber desprendernos, a ser más generosos, para poder parecernos un poco más a Ti!

Predicado por:

P. Juan

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