Jesús, comenzamos este ratico de oración con una experiencia que todos conocemos muy bien: el hambre. El hambre es algo muy humano. Todos sabemos lo que es.
Pensaba mientras preparaba este ratico de oración que hay un momento muy concreto en el que el hambre se vuelve una buena noticia. Cuando alguien estaba enfermo, supongamos, en el hospital o en una clínica, sin apetito y de pronto dice: tengo hambre, tengo ganas de comer. Todos dicen: ¡Ey! buena señal, se está recuperando de algo, ya se va a aliviar. Y, efectivamente, empieza a comer y ya le dan de alta.
Por eso hoy quiero nada más empezar este ratico de oración: Señor, danos hambre. Que tenga hambre. Que tenga hambre de lo que verdaderamente alimenta mi alma y mi corazón.
Porque efectivamente, el problema no es sólo no comer. El problema es no tener hambre. Señor, ¿yo tengo hambre? ¿Reconozco que tengo hambre? ¿Tengo hambre de qué? A veces podemos pensar, sí, es verdad, tengo hambre, pero tengo hambre, no sé, de éxito, de reconocimiento, de afecto, tengo hambre de descanso…
¿De qué tengo hambre? ¿De qué voy llenando la vida? ¿Qué cosas me dan hambre y cómo voy saciando esa hambre? Esa hambre, que quizá, sí la busco en un alimento rápido, pero que no sostiene.
A veces, nos puede pasar, lo podemos meditar en este ratico de oración, que sentimos que tenemos hambre de algo e intentamos saciar esa hambre y nos queda ese vacío. Interiormente podemos reconocer: No, esto no era, esto no me saciaba el hambre.
Y ahí está la clave, ahí está la verdad. El evangelio de hoy tiene algo muy importante, muy bonito. Es una escena en donde hay una conversación, la gente se acerca a Jesús. Se acercan a ti, Señor, y te preguntan. Te preguntan algo que te gusta.
¡SEÑOR, DANOS SIEMPRE DE ESE PAN!
Me imagino que de todas las preguntas que le hicieron a Jesús, había algunas que a Jesús le gustaba responder especialmente. Temas que a Jesús le apasionaban, especialmente, por ejemplo, cuando le preguntaban por el Padre o cuando a Jesús le preguntaban por el tema de la oración. Y no digamos cuando a Jesús le tocaron el tema de la Eucaristía. Claro, no existía todavía la Eucaristía, Jesús no había instituido la Eucaristía, pero cuando se asomaba algún tema relacionado con la Eucaristía, el Señor entraba en resonancia.
Es el caso de hoy. Hoy a Jesús le dicen: Oye, Jesús, es que nuestros padres comieron el maná en el desierto… Claro, se lo dicen como también reclamándole: ¿Tú qué pan nos vas a dar? Es increíble, pero es verdad, esto sucede en este rato de conversación con el Señor en el evangelio y aprovechamos nosotros para meternos ahí en esa escena.
¿Cuál es nuestro maná? Bueno. El Señor va a decir algo que es muy misterioso, pero que es muy profundo y ahora lo entendemos: “No fue Moisés quien os dio el pan del cielo, es mi Padre. Y el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.” (cfr. Jn 6, 32-33)
Entonces, qué dicen las personas que están ahí: “—Señor, danos siempre de ese pan” (Jn 6, 34). Lo podemos también pedir en este momento así: Señor, danos siempre de ese pan. Con eso, Jesús, ya lo dices todo.
Pero después, el Señor va a decir: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás.” (Jn 6, 35)
LA EUCARISTÍA

Señor, ¿cuántas veces he oído hablar de esto? ¿Cuántas veces he escuchado esto en las misas, los evangelios, las meditaciones, en las homilías?
“Yo soy el pan de vida. El que vino a mí no tendrá hambre jamás…” (cfr Jn 6, 35).
Bueno, pero como estamos en diálogo con el Señor, pues Señor, aquí voy… Porque uno podría decir: Bueno, es verdad, yo comulgo, yo voy a misa, y entonces ¿por qué sigo teniendo hambre? Señor, me has dicho que no tendré hambre jamás, que no tendré sed jamás.
La respuesta es… vamos a intentar verla también en la Eucaristía. La Eucaristía sacia esa hambre, claro, pero no como la comida material, que te llena y ya no quieres más, no.
Hoy en la universidad vi que salió un menú especial por el Mundial, una hamburguesa especial con papitas, se ve bien rica. No, la Eucaristía no sacia como puede saciar esa hamburguesa con esas papitas.
¿Por qué? Porque la Eucaristía despierta más hambre. Decía al comienzo, el problema es no tener hambre… Cuando yo tengo hambre y tengo el hambre que debo tener para mi alma y mi corazón, es buena señal. Como ese enfermito de esa clínica y del hospital que dice: Tengo hambre. Buena señal, buena señal.
Sería mala señal que alguien dijera: No, ya, estoy saciado; no necesito nada; yo no tengo hambre. Porque, Jesús, la Eucaristía no es sólo alimento; la Eucaristía es un encuentro. Es bueno que esto lo medites, lo pienses y lo lleves a tu oración y lo hablas con el Señor. Es un encuentro.
Jesús, no quiere ser en mi vida, como, no sé, un salvador ocasional, un delivery, como un Rappi o como un domicilio. Sí, que llega y ya calmas el hambre en un momentico y ya se va. No, no, no.
JESÚS QUIERE SER NUESTRO AMIGO
Jesús no es como un médico al que llamo cuando estoy mal o el bombero que apaga el incendio y que luego desaparece, no. Jesús quiere ser amigo y la amistad tiene esa lógica. Cuanto más se vive la amistad, más se necesita. Cuanto más se quiere a alguien, más se quiere estar con él, con el amigo.
Por eso, Señor, una comunión bien vivida no nos deja satisfechos y cerrados y ciao, no. Sino que nos deja abiertos y deseosos de más.
Aquí entra una idea muy bonita, la relación entre la Eucaristía y la amistad. La amistad y la misa. La amistad y la Eucaristía.
Si uno mira el evangelio, se da cuenta de algo muy curioso. Y es que, Jesús, Tú hablas muchas veces, pero muchas, de comidas, decenas de banquetes y eso no es una casualidad.
Jesús utiliza muchas veces la mesa, para explicarnos algo que es muy humano, pero a la vez muy divino. Para explicarnos la amistad, comer juntos es compartir la vida.
Incluso cuando Jesús habla del cielo también utiliza la imagen del banquete: el banquete de bodas, una mesa preparada. Gente que viene a sentarse juntos: “Comeréis y beberéis a mi mesa, en mi reino…” (cfr. Lc 22,30). La imagen de la comida es la imagen del pan.
Jesús no describe el cielo — lo leí en estos días en un libro muy simpático— como un lugar donde la gente hace fila para recibir una medalla, como una ceremonia de premios. No, eso no es el cielo. El cielo es una mesa compartida, porque el cielo no se merece, como, no sé, como un salario, una paga, no.
EL CIELO SE RECIBE COMO UNA HERENCIA

El cielo se acoge como una herencia, como un regalo del Padre y eso impresiona, de verdad. Porque los que reciben el Reino ni siquiera saben bien por qué lo recibieron o por qué lo hicieron.
Incluso se pueden preguntar en buena forma: Señor, ¿cuándo te vi? ¿Cuándo te reconocí? Yo no recuerdo. Jesús va a decir: Cuando lo hicieron conmigo lo hicieron… Eso también puede pasar con la Eucaristía.
Podemos, Señor tener la sensación de que no hemos hecho nada extraordinario para ganarnos el cielo y Tú, sin embargo, nos puedes regalar ese cielo.
Es como ese sacerdote, en buen plan, buen hijo con su mamá —se ve que le tenía mucha confianza, mucho cariño— y le dice: Oye, mamá, pues tú estás en las últimas, tú te vas a morir, ¿tú sí crees que Jesús te va a recibir en el cielo? Vaya pregunta, tan incómoda, ¿verdad?
Pero bueno, se entiende que sabiendo que el sacerdote era su hijo y además era un poco tomador del pelo, le pregunta eso y la mamá le sale con una respuesta magistral, porque le dice: Oye, hijo mío, tantos años como llevo recibiendo a Jesús en la Eucaristía y ¿tú crees que no me va a recibir? ¡Pues que esa señora goce de un cielo muy alto, muy alto!
Señor, yo quiero también que me recibas a mí. Bueno, ahora te recibo todos los días en la Eucaristía. Celebro todos los días la Eucaristía. Te veo allí puesto sobre el altar: “Este es el Cordero de Dios. El cuerpo de Cristo, amén.”
Ese es el alimento, eso es lo que calma el hambre y la sed y lo que aumenta el hambre y la sed de Dios. Qué cosa tan extraordinaria, tan misteriosa. Entender mejor la Eucaristía. La misa no es sólo cumplir, no es solo alimentarse; la misa es sentarse a la mesa con un amigo.
LA SANTA MISA
Hace poquito leí un libro bueno, más que leí, escuché El baile tras la tormenta. Un libro que recoge historias de disidentes de la Unión Soviética y del comunismo en Letonia, en Estonia, Lituania. Aparece la historia de un sacerdote jesuita que arriesgó su vida celebrando la misa en la prisión en la que estaba con unas pasas que exprimía y salieron las goticas y con eso celebraba la misa.
Cómo no recordar al cardenal Van Thuan que arrestado, aislado, sin nada, con hambre, le permitieron escribir a su familia para pedir lo que necesitaba y él pidió un vino como medicina para el dolor del estómago. Claro, su familia entendió que lo que él quería era vino para poder celebrar la misa.
Entonces le mandaron una botellita de vino, que era lo que pedía, y hostias escondidas como en un tarro, que era como un mechero y ahí escondieron hostias.
Él en la cárcel, con esas tres goticas de vino y una gótica de agua en la palma de su mano, celebraba la misa y decía: “Este es mi altar, esta es mi catedral.” ¡Señores, eso es hambre!
O la historia de Bosco Gutiérrez, que fue secuestrado durante 257 días y lo encerraron en un espacio mínimo, sin contacto, sin nada y sin misa. Hay un detalle impresionante y es que el día que lo secuestraron, él acababa de salir de misa.
Eso lo sostuvo, porque cada día, en su encierro, asistía mentalmente a la misa. Recordaba los ritos de las palabras, el momento de la comunión, hacía fila mentalmente y comulgaba y se unía espiritualmente a esa misa. De ahí sacaba la fuerza para no perder la cabeza, para no romperse por dentro.
NO ACOSTUMBRARNOS
Señor, eso es hambre y a eso no nos podemos acostumbrar. Tengo hambre de Ti, Jesús. No me quiero acostumbrar a llenar la vida con otras cosas, tengo hambre de Ti, en la misa; como quien necesita encontrarse con un amigo.
Vamos a terminar mirando a la Virgen, ella es una mujer eucarística. Durante nueve meses tuvo a Jesús en su seno. ¿Cómo no iba a entender ella lo que era la Eucaristía? No como una idea ni como algo lejano, no, como alguien que se entrega, que se da, que se hace alimento.
Que María nos enseñe a tener hambre; a reconocer esa hambre, a no apagar esa hambre. Y que cuando escuchemos a Jesús, su hijo, decir: “Yo soy el pan de vida…”, podamos responder con verdad, deseo, sencillez: Señor, danos siempre de ese pan.



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