SEGUIR A JESÚS
«Mientras iban de camino, uno le dijo: —Te seguiré adonde vayas. Jesús le dijo: —Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
A otro le dijo: —Sígueme. Pero éste contestó: —Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
—Deja a los muertos enterrar a sus muertos —le respondió Jesús—; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Y otro dijo: —Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa.
Jesús le dijo: —Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».
Te seguiré… Te seguiré…
Hay una gran diferencia entre ir a Jesús e ir solo donde está Jesús. «Porque yo también “voy donde está el tendero” y le compro dos paquetes de café; pero no por eso me enamoro de él» (…). «El tendero es parte de mi plan, pero mi plan es el café.
Quien “va a Jesús” encuentra en Él su punto de llegada. Le dice: “Jesús, no vengo a por nada en particular, aunque necesito muchas cosas que Tú bien conoces. Pero yo vengo por ti, porque te amo y quiero vivir contigo. Lo de las cosas lo dejo en tus manos, pero si te pierdo a ti, me muero”»” (Siempre con Él 5. Tiempo Ordinario. Semanas XIV-XX, Fulgencio Espa; Antonio Fernández; Fernando del Moral).
DISPUESTOS A SEGUIRLE
Estos parece que buscan ir donde está Jesús, pero no están dispuestos a seguirle a Él en serio… permíteme ir primero a enterrar a mi padre (…) Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme (…)
Se dan cuenta que seguirle es exigente y ahí es donde se desinflan…
“Si nosotros rebajáramos la exigencia, persuadidos de que así es más conveniente o fácil, dejaríamos de estar «con Cristo» para comenzar a ir «dónde está Él», con la oculta pero pobre intención de sacarle algo y de no dar nada.
Momentos difíciles en la vida de la Iglesia los ha habido. Momentos de debilidad. Momentos de mundanidad. Pero los santos no han bajado nunca el nivel. Ellos buscan a Cristo. Solo con Él, por un camino de Cruz, se alcanza la felicidad y el corazón puede llenarse de amor. ¿Vas a cambiarlo por una imitación?” (Idem.).
Estos del evangelio se perdieron la oportunidad…
A la hora de la hora no estuvieron dispuestos a arriesgar…
“No sé si alguna vez has estado en alguna situación de «jugártela». De correr un riesgo consciente y libremente. No me refiero solo al póker o algún deporte, sino en algún aspecto de tu vida más íntimo y fundamental.
EL PREMIO ES EL CIELO
Abandonas la zona de confort o seguridad y te lanzas al vacío, como si saltaras en paracaídas. El estómago se encoge, los sentidos se agudizan, la adrenalina se dispara y, con ella, la intensidad de todas tus percepciones. La vida sale de sus cauces estrechos, se desborda, se hace más ancha y llena de contenido.
Naturalmente, no se trata del «riesgo por el riesgo», sino del «riesgo por el premio», y con posibilidad de éxito, fiados, muchas veces, en «la otra parte».
El premio puede ser un amor grande, una aventura maravillosa, una gracia inolvidable e inmerecida, la felicidad aquí y el Cielo en la otra vida. Más aún: todas esas cosas rara vez se consiguen sin arriesgar. Esta parece ser como una secreta ley de la naturaleza humana” (Sin miedo, José Brage).
Jesús es Dios. Cualquier cosa que pida promete mucho. Porque Dios es Dios y siempre da. Pide y da. Es más, lo que da es mucho más de lo que pide.
Así que, si piensas que es mucho lo que pide, ¡imagínate lo que va a dar!
Sígueme…
“Las personas que reciben esa invitación de Jesús son de dos tipos. Las que arriesgan y las que no arriesgan. Las primeras son mayoría, y siempre aparecen llenas de alegría y generosidad cuando lo hacen.
Y TOMARON LA DECISIÓN
Simón y Andrés: al momento, dejaron las redes y le siguieron (Mt 4, 20). Santiago y Juan: al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 22).
Mateo, sentado en su oficina de recaudación de impuestos: se levantó y le siguió (Mt 9, 9). El ciego Bartimeo: arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús (Mc 10, 50). Zaqueo: bajó rápido y lo recibió con alegría (Lc 19, 6).
El otro tipo de personas son los que no arriesgan. Ponen otras cosas por delante de la invitación del Señor.
Aquel: Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre… (Mt 8, 22).
Se aferran a las seguridades, a una vida entre carriles, como de una alegría tasada, de espigas raquíticas. No arriesgan. Pero, al querer controlarlo todo, pierden lo importante.
Señor, yo no quiero ser de estos, no quiero ser de los que escuchan tu invitación y miran para otro lado, porque no quieren correr riesgos. No quiero ser de los que solo tratan de asegurar lo que ya tienen. Porque sería una pena, si al final, como el rico insensato de la parábola, escuchara de tus labios: insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será? (Lc 12, 20).
La historia se repite. Lo que pasó hace dos mil años sigue pasando. Hay gente que arriesga y gente que no. Y los que llenan de luz y calor el mundo, los santos, siempre arriesgan” (Idem.).
TERMINA LA BÚSQUEDA
“¡Te seguiré Jesús! Lo quiero decir en serio. Sin hacer cálculos, sin buscarte egoístamente. Ir contigo, no sólo donde Tú estás, sino contigo, donde quiera que vayas. Porque contigo lo tengo todo. Ya no hay nada más que buscar”.
“El joven rico se acercó a Jesús buscando heredar la vida eterna. Cristo, para él, era una ayuda más, un maestro que podía ayudarle a encontrar lo que deseaba.
Lo mismo puede decirse de gran parte de los enfermos que se acercaban al Señor; buscaban salud, y Jesús era el médico que podía devolvérsela.
Todas estas personas tenían una meta en la vida, y veían en el Hijo de Dios a alguien que podría ayudarles a conseguirla. Cristo era, para ellos, lo que es para mí el dependiente de la frutería: aquél que puede proporcionarme lo que necesito.
Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret (Jn 1,45). Así dicen los apóstoles.
¡He aquí la grandeza de Felipe, de Bartolomé, de Juan…! Para ellos, Jesús representa el final de la búsqueda. No buscan algo distinto de Él y le piden ayuda para encontrarlo, sino que lo buscan a Él. Una vez hallado, han alcanzado la meta y descansan en Él.
Lo mismo le sucedió a Edith Stein, quien, al conocer al Señor, exclamó: «¡Aquí está la verdad!». Y ese fue ya el fin de trayecto. Lo conoció conociendo un libro.
Ojalá, al acercarte a Jesús, no lo busques sino a Él. Y, al encontrarlo, descanses” (Evangelio 2024, José-Fernando Rey Ballesteros).
Te seguiré… Te seguiré… ¡que lo digamos en serio!
Siguiéndote lo tendré todo, incluso tendré Madre, ¡y qué Madre!




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