San Juan Pablo II, el Papa viajero, visitó tierras brasileñas y en una de esas ocasiones pasó, por supuesto, dando esperanza y procurando dar ánimo a muchos enfermos y moverlos a esa confianza en el Señor.
Visitó, en cierta ocasión, un hospital que era una leprosería, un hospital especialmente dedicado al cuidado de los leprosos.
Ese hospital tenía una capilla y en esa capilla había cosas que ayudaban muchísimo a sobrellevar aquella condición porque había una rosa pintada y esa rosa tenía muchas espinas que ayudaban a ver que el amor crece con el sufrimiento y con el dolor.
Pero, además, en esa capilla había una imagen de un Cristo, pero tenía una particularidad porque era un Cristo mutilado, no tenía ni brazos ni piernas. Y esto era así para que los leprosos pudieran acudir ante esa imagen y rezar una bella oración que se cuenta que data del siglo XIV, que dice así:
“Cristo no tiene manos porque tiene las nuestras; no tiene pies porque tiene los nuestros, para guiar y conducir a los hombres a su camino.”
Esta es una realidad que nos ayuda muchísimo a ver cuál es el sentido de nuestra vida aquí en la tierra.
SER EL CUERPO DE CRISTO
Nosotros tenemos que ser los brazos de Cristo, las manos de Cristo, los pies de Cristo, la voz de Cristo aquí en este mundo. Y eso también nos ayuda a entender mejor el evangelio del día de hoy, que es tomado de san Mateo, porque este evangelio nos sitúa en un momento importantísimo del ministerio de nuestro Señor, porque marca el paso de la acción, por así decir, solitaria de Jesús, su centralidad y su presentación ante el mundo hacia esa misión más bien compartida con sus discípulos.
Este pasaje del Evangelio de hoy es como decir la síntesis perfecta de lo que significa ser la Iglesia. Nosotros no somos sencillamente una organización humana, una ONG que hace cosas buenas. Tampoco nos interesa conseguir estadísticas que digan que somos la organización más grande del mundo, sino que el crecimiento es mucho más orgánico en la medida en la que nos unimos a ese Cuerpo Místico de Cristo.
La Iglesia es ese cuerpo que nace del corazón compasivo de Dios y que tiene una fuerza, que es la fuerza del amor, que le hace extenderse por todo el mundo para sanar, para restaurar la dignidad perdida de tantas personas.
RECONOCER NUESTRO LUGAR
Hoy, cuando meditamos este evangelio, recibimos esa invitación del Señor a reconocer nuestro lugar en este Cuerpo Místico del Señor. El evangelio de hoy empieza con una observación, que es como una descripción de todo el ministerio de Cristo:
«Jesús, al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor»
(Mt 9, 36).
Una pequeña pildorilla exegética: la palabra griega, que es el texto original que tenemos de este evangelio, que se utiliza para traducir compadecerse, hace referencia a un movimiento de las entrañas.
No es una lástima así superficial, como tener pena de una persona en mala condición, sino que es como sentir el dolor del otro en lo más profundo de nuestro ser, de nuestras entrañas.
Y Jesús, por lo tanto, no ve aquella multitud como una masa anónima, genérica o como sencillamente un problema logístico de esta gente que está como desorientada. El Señor es capaz de ver rostros, individuos, personas, almas, historias de sufrimiento, personas que han sido maltratadas por la vida e incluso aplastadas por el voluntarismo, por la soledad.
VER A LA GENTE CON SUS OJOS
Es esa mirada de Jesús la que debe fundamentar toda la acción de nuestra Iglesia y la tuya y la mía. Ojalá que tú y yo aprendamos a decirle al Señor, especialmente ahora que acabamos de celebrar la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús: “Señor, que yo tenga un corazón como el tuyo”.
O, aprovechando este pasaje del Evangelio de hoy: “Señor, que yo aprenda a mirar a la gente como la ves Tú”. Imagínate pedirle al Señor con frecuencia en la oración: “Señor, que yo vea almas, que no vea solamente personas con sus virtudes y con sus defectos; Señor, que yo vea almas”.
La Iglesia está llamada precisamente a ver en todas las personas almas creadas por Dios, queridas por Dios, llamadas por Dios. Nosotros no somos una ONG, nuestra misión necesariamente pasa por el corazón amabilísimo del Señor y hoy, hace como dos mil años, las muchedumbres siguen estando extenuadas y abandonadas.
Es impresionante la cantidad de testimonios recientes que hemos visto de la visita del Papa León a España y la cantidad de jóvenes que se han dado cuenta de que es Dios lo que han estado buscando en sus almas, pero que el mundo les ha ofrecido otros sucedáneos.
Hoy vemos a personas que están cansadas de buscar el sentido en lugares vacíos. Han sido abandonadas por sistemas que dan la prioridad al tener sobre el ser. Y ese diagnóstico que da Jesús, que recoge el Evangelio, sigue siendo muy vigente. El mundo tiene hambre de Dios, pero a menudo se siente perdido como ovejas sin guías que les puedan dar un camino seguro.
NOS INVOLUCRA
Ante este diagnóstico que hace el Señor, Él no recurre a soluciones mágicas, Él lo que hace es involucrar a los suyos, involucrarte a ti y a mí. Y dice:
«la mies es abundante, pero los trabajadores son pocos».
Esto es curioso porque el Señor no les pide a sus discípulos que salgan inmediatamente a correr, a organizarse, a buscar una organización impresionante, una macroempresa. Lo primero que les pide es que recen, porque dice:
«rogad, al señor de la mies que mande trabajadores a su mies»
(Mt 9, 37-38).
Es decir, que para el Señor, que lo sabe todo con una infinita sabiduría, la oración es el paso fundamental, el primero que hay que hacer.
Nosotros en la oración reconocemos que el Señor nos ha dado un trabajo, nos ha dado una vocación, nos ha dado una misión, pero en la oración reconocemos que ese trabajo es nuestro porque nos ha sido encomendado; es del Señor, porque Él es el que nos lo ha dado.
Nosotros no somos dueños de la verdad, no somos dueños de la salvación, nosotros aquí somos colaboradores.
SER LOS BRAZOS DE CRISTO
Como esa imagen del Cristo en la leprosería: nosotros tenemos que ser los brazos de Cristo, las manos de Cristo. Es decir, que cuando el Señor nos pide que empecemos nuestro trabajo, que es un modo de corredimir a la sociedad, nuestro apostolado, todo tiene que empezar por la oración.
“Señor, yo estoy para trabajar para Ti”. Nosotros no podemos sencillamente quejarnos ante la dificultad de todo: ‘Es que la sociedad está echada a perder, es que esto ya no era lo que era antes, es que antes todo era más fácil, todos los tiempos pasados fueron mejores’ … que es típica ilusión para no trabajar en lo que toca.
El Señor sigue viendo también ahora, como hace más de dos mil años, hombres y mujeres, ovejas, como si no tuviesen pastor y para eso estamos tú y yo.
En el Evangelio, inmediatamente después del Señor pedir que recen, convoca, actúa. El texto nos presenta hoy la lista de los doce apóstoles y cada nombre representa una historia diferente, un carácter diferente, una inteligencia diferente, una capacidad y una miseria diferentes también.
Y en esa lista de nombres estamos tú y yo también. Nosotros tenemos también el día de hoy esa llamada del Señor que espera que seamos los brazos de Cristo, los pies de Cristo.
Por eso este evangelio de hoy, que es francamente bonito, en realidad nos pone como delante de un espejo. También nosotros hoy estamos llamados a ser esos discípulos que el Señor llama por su nombre. Él nos mira también con esa misma compasión y nos elige, no porque seamos mejores que los demás, sino porque seremos mejores en la medida en que nos identifiquemos con Él.
¿ESTAMOS DISPUESTOS?
¿Qué tan dispuestos estamos a tener la misma mirada de Jesús? ¿Estamos dispuestos a dejarnos conmover por el dolor ajeno? O como yo estoy ya con mis propias luchas, cada palo aguante su vela.
¿Tú y yo somos capaces de ver a nuestro alrededor almas, ovejas sin pastor? ¿Estamos dispuestos a sentir esa urgencia del Señor, a anunciarles que Dios es amor?
Es verdad que hay motivos para no hacerlo. Estamos excusados siempre diciendo que no estamos preparados, que somos muy pecadores, que no contamos con los medios, que no somos suficientemente virtuosos o locuaces o sabios o lo que sea.
El Señor eso ya lo sabe, pero sorprendentemente, nos sigue llamando también a ti y a mí.
Vamos a pedirle a la santísima Virgen María que nos enseñe a tener cada vez más un corazón como el de su Hijo, un corazón con una mirada compasiva hacia los demás, que nos lleve a vivir con alegría, con generosidad, esta vocación a la que Dios nos sigue llamando el día de hoy.
Que seamos -como le gustaba decir a san Josemaría-
“Alter Christus ipse Christus”
(Es Cristo que Pasa 11),
los brazos de Cristo, las manos de Cristo, los pies de Cristo, la voz de Cristo, la mirada de Cristo, las caricias de Cristo en este mundo, que seamos otros Cristos, el mismo Cristo.

