SETENTA VECES SIETE
“Se acercó Pedro a preguntarle: –Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: -No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. (Mt 18, 21-11)
Jesús no se hace el de la boca pequeña. Jesús es Dios. YDios es siempre grandioso, inmenso, inabarcable. También en lo que se refiere al perdón. Y nos pide ser como Él.
El siete es un número (uno de estos números bíblicos)que significa totalidad, algo completo. Entonces setentaveces siete es ya como decir: infinitas veces. Bueno, incluso a pesar de saber esto, hay quienes se ponen a hacer cálculos y dicen que es setenta por siete, o sea, 490 veces –o sea, un montón.
Pero otros dicen que es 7 elevado a la 70, que si alguna vez has hecho el cálculo(yo me puse a hacerlo) es 143,503 nonillones. Y sí, escuchaste bien, no billones o trillones, ¡nonillones! Una pasada de veces.
Pero bueno, la cuestión es que con cualquier dato, Pedro se quedó sorprendido. Pedro pensaba que él había puesto el listón alto, pero resulta que se quedó corto.
Y Jesús, Tú Señor, nos animas a perdonar y a perdonar siempre. Jesús nos perdona siempre. Lo que pasa es que a nosotros a veces no le pedimos perdón. Eso puede pasar y eso es una lástima... Y resulta que, aunque no le hayamos sabido pedir perdón, de todos modos ha pensado hasta en una posibilidad para después de la muerte.
Lo tenía claro aquel niño que escribía la descripción que le habían pedido del purgatorio. Él decía:“Estoy en el purgatorio, tengo unas ganas de ir al cielo… Pero como he hecho pecadillos, tengo que pedir perdón.
Pero no te creas que es tan fácil: hay que decir más de un millón de veces: “Perdón”. Hay unas sillas que forman más de un millón de filas, cada vez que pides perdón vas adelantando puestos y cuando llegas al final del purgatorio ves una puerta de oro y plata, que es la puerta del cielo”. (José Pedro Manglano, Manglanito Noviembre).Buena manera de describirlo.
DIOS NOS PERDONA SIETE MIL VECES MÁS
Ahora, no es la pura gana de que le pidan perdón la que tiene Dios, sino que es lo que supone la conciencia de nuestro estado, de nuestra situación respecto a Dios, para el bien de nuestra propia alma y para el trato con los demás mientras estemos todavía aquí en esta tierra.
Y por eso Jesús, Tú Señor, pasas a relatarnos una parábola que nos ilustre un poco, o sea, que nos sitúe. “El reino de los cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzando la tarea, le presentaron a uno que debía diez miltalentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía para saldar la deuda. [Por duro que suene, así eran las cosas en esa época]. El servidor se arrojó a sus pies diciéndole: -Señor, dame un plazo y te pagaré todo. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía ciendenarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: -Págame lo que me debes.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: -Dame un plazo y te pagaré la deuda.Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó a llamar y le dijo: – ¡Miserable! Me suplicaste y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero como yo me compadecí de ti? E indignado, el rey lo entregó en mano de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre Celestial con ustedes si no perdonan de corazón a sus hermanos”. (Mt 18, 23-35)
Bueno, ahí está. Dios nos ha perdonado y nos ha perdonado en la Cruz. Y se actualiza su perdón, nos lo apropiamos en cada Confesión. Pero hay que terminar de ser conscientes de lo que esto se trata. Porque no es que nos “disculpe”, es que nos perdona. No es que me “excuse”, es que me perdona... Mucho más que eso.
SER MISERICORDIOSOS
Tenemos una gran suerte: Dios es misericordioso. Pero por eso mismo nosotros deberíamos serlo. La deuda que se nos ha perdonado es infinitamente superior a cualquier ofensa que podamos recibir, a cualquier deuda que alguien pueda tener con nosotros. O sea, nada de decir “es que este me la debe”.
Eso no es cristiano. Nada de sentirse o resentirse – o sea, nada de rencores, de resentimientos. Eso no tiene ni pies ni cabeza. Sería más ridículo que lo del hombre de la parábola. Causaría más indignación nuestra reacción que la de él. Ya, otra cosa es que nos cueste. Eso ya es otra cosa.
Bueno, a ver, volteamos a ver a Jesús. Tú, Señor, no tenías una deuda con nadie, pero viniste a saldar nuestra deuda, mi deuda, y aceptaste que te vendieran por treintamonedas de plata para pagar nuestra deuda, que es infinita. O sea, ¡como para no llenarnos la boca de acciones de gracias!
Y como para no pedir perdón cada vez que somos conscientes de nuestras miserias y pecados… Pagó el rescate para liberarnos a nosotros. Y ¡es más! no reclama nuestra parte. Simplemente quiere que seamos conscientes y que intentemos imitarle.
Vamos terminando con una anecdotilla. Y es que entre los grandes milagros jacobeos (o sea, de Santiago Apóstol, con los peregrinos del Camino de Santiago) está el de un gran pecador venido de la lejana Italia, allá por la Edad Media, y en tiempos del santo obispo Teodomiro, para obtener la remisión de sus culpas, que no eran pocas ni leves.
PERDON A UN PECADOR EN EL CAMINO DE SANTIAGO
Era un pecador como pocos habrá habido. Tan grande, que ni el cura de su parroquia, ni aún su obispo propio, se atrevieron a absolverle, sino que dispusieron que marchara a Santiago en peregrinación como penitencia extraordinaria y allí buscara el perdón de tanto delito. Podían haberlo enviado al Romano Pontífice, [al Papa]que tiene autoridad de sobra, pero se ve que prefirieron que la absolución no estuviera tan al alcance de la mano
.Para Compostela salió, llevando una carta de puño y letra de su obispo donde se especificaban los muchos y tremendos pecados del penitente. Llegó bien dolido de sus fechorías y bien mortificado por las prolongadas caminatas e incomodidades del largo viaje. Nada más llegar, acongojado por los sollozos, el pecador depositó el documento bajo el mantel del altar principal del templo compostelano, y se quedó orando en silencio.
Llegó la hora en que el beato Teodomiro celebraba la Santa Misa, y su mano descubrió el pergamino oculto bajo el mantel. Lo tomó, vio los sellos, y antes de rasgarlos, preguntó a los presentes sobre la carta. Nadie contestaba, antes bien, se miraban unos a otros, sorprendidos, hasta que el italiano se adelantó con lágrimas y, arrodillado, humillado, confesó ser él quien había depositado aquella carta, y que bien le concernía el asunto. Sólo pedía que el santo obispo mirara el contenido, lo leyera públicamente para escarnio de tan gran pecador, y después le otorgara la absolución.
SIETE VECES MÁS PERDONADO
Los asistentes estaban conmovidos. Cuando el obispo rompió sellos y desató lazos, vio con sorpresa que la carta no contenía absolutamente nada.
Entonces comprendió que el Apóstol acababa de obrar un milagro: el penitente quedaba libre de su vergüenza, al mismo tiempo que resultaba evidente que Dios ya le había perdonado. Por eso la absolución del obispo sobre su cabeza no hacía más que corroborar aquel perdón.
Teodomiro, ante la emoción general, levantó la mano y pronunció las palabras del rito sacramental: Ego te absolvo a peccatistuis” (yo te absuelvo de tus pecados). (cfr. G Torrente Ballester, Compostela y su ángel)
¡Nonillones! Nuestra Madre también nos quiere nonillones. Y ella también intercede por nosotros ante su Hijo, más incluso que el apóstol Santiago. Cuando ve nuestras miserias, intercede y consigue que su Hijo las perdone.



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