AMOROSAMENTE INCÓMODO
Jesús, voy a decir algo que se puede escuchar mal. Pero lo voy a decir igual: Tú eres incómodo. Lo eras en tu paso por esta tierra, y lo sigues siendo,porque sigues pasando por aquí.
A ver, es incómodo el profesor que exige al alumno. Es incómodo el entrenador que es muy estricto con el atleta; como decía Usain Bolt en una entrevista: “odié cada minuto de entrenamiento”. Son incómodos los padres para sus hijos al ponerles reglas y responsabilidades en sus casas. Claro que es más incómodo para quien no entiende, para quien no quiere que le saquen de su pobre comodidad, o de su postura terca y equivocadamente defendida.
Y para eso nos propones hoy una parábola.
«Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de ahí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo pensando: —A mi hijo lo respetarán. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: —Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad.
Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Y le contestaron: —A esos malvados le dará una mala muerte y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo. Jesús les dijo: «¿Acaso no han leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos? Por esto le digo que se les quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos». Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Y aunque querían prenderlo, tuvieron miedo a la multitud porque lo tenían como profeta»
(Mt 21, 33-43).
A los príncipes de los sacerdotes y a los fariseos les escuece la herida. Les hablas Señor del error en el que han caído y en lugar de corregir el rumbo se empecinan en su desgracia. Les incomodas, y su reacción no es cambiar, sino deshacerse de ti, o intentar deshacerse de ti.
LOS SANTOS SON INCÓMODOS
A ver, ya te lo decía, Jesús es incómodo. Los santos también. Por eso, si nos empeñamos por ser santos, no esperemos que todo mundo nos aplauda. Habrá quienes nos rechacen o incluso nos desprecien. Pero que eso no nos tire para abajo. No te olvides:
«No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor»
(Mt 10, 24),
«Si me han perseguido a mí, también a ustedes los perseguirán»
(Jn 15, 20).
Necesitamos firmeza, decisión, entereza de carácter para llevar una vida cristiana con todas sus consecuencias. Como decía san Josemaría: “Por eso, a veces, hijas e hijos míos, no tendremos más remedio que pasar un mal rato nosotros y hacérselo pasar a otros, para ayudarles a ser mejores. No seríamos apóstoles si no estuviésemos dispuestos a que interpreten mal nuestra actuación y reaccionen de un modo desagradable.
Hemos de convencernos de que los santos –nosotros no nos creemos santos, pero queremos serlo– resultan necesariamente unas personas incómodas, hombres o mujeres […] que con su ejemplo y con su palabra son un continuo motivo de desasosiego, para las conciencias comprometidas con el pecado” (Carta, 9-I-1932).
Y añadía: “tienes que aprender a disentir –cuando sea preciso– de los demás, con caridad sin hacerte antipático” (Surco, n. 429).
Porque por supuesto que no se trata de andar haciéndole la vida pesada a los demás. En todo caso exigencia personal y comprensión con los demás. O para ponerlo con otras palabras de san Josemaría:
TRANSIGENCIA
Transigencia con las personas e intransigencia con el error. A la gente: quererla siempre. Jesús quería a los fariseos y a los príncipes de los sacerdotes; en muchas ocasiones va a sus casas, habla con ellos. Lástima que ellos siguieron necios…
Pero ¡ojo!, que así ha sido siempre. Aquí te van unas palabras de san Juan Crisóstomo, uno de los grandes santos de los primeros siglos del cristianismo: “No se apenen ni se llenen de abatimiento

También los apóstoles eran para unos olor de muerte, y para otros olor de vida. No demos nosotros motivo alguno a la maledicencia, y estaremos libres de toda culpa, o, para decirlo mejor, mayor aún será nuestro gozo ante esas falsas acusaciones. Brille, pues, el ejemplo de nuestra vida, y no hagamos ningún caso de las críticas. No es posible que el hombre que de verdad se empeña por ser santo deje de tener muchos que no lo que no le quieran. Pero eso no le importa, pues hasta con tal motivo aumenta la corona de su gloria. Por eso, a una sola cosa hemos de atender: a ordenar con perfección nuestra p.ropia conducta. Si hacemos esto, conduciremos a una vida cristiana a los que andan en tinieblas. Porque la fuerza de esta luz no consiste en brillar, sino en elevar a los que la siguen. Porque, si ven que no buscamos las cosas de aquí abajo, sino que edificamos para la eternidad, mejor que a cualquier discurso, creerán a nuestras obras” (In Matthaeum homiliae 15, 9).
ENSEÑAR CON MI EJEMPLO LLENO DE CARIDAD
Bueno Jesús, quiero ser verdadero discípulo tuyo. Que se note en mis obras, en mis palabras, hasta en mis pensamientos. Que eleve a quienes me rodean. Y que no me bajonee el hecho de que haya quienes no entiendan y que incluso me juzguen mal. Aún así, si lo hicieran, que les devuelva bien por mal. Porque eso hiciste Tú
Eso era también el consejo de san Josemaría, cuando decía que: “el santo es incómodo. Pero eso no significa que haya de ser insoportable. Su celo nunca debe ser un celo amargo; su corrección nunca debe ser hiriente; su ejemplo nunca debe ser una bofetada moral dada en la cara de sus amigos. La caridad de Cristo –esa santa transigencia con las personas, de la que os hablaba– debe suavizarlo todo, de modo que nunca se aplique a ningún hijo mío eso que se puede decir –a veces,desgraciadamente, con razón– de ciert as buenas personas: que para aguantar a un santo, se necesitan dos santos.
Nuestra actitud ha de ser todo lo contrario: no queremos que nadie se aparte de nosotros, porque no hayamos sabido comprenderle o tratarle con cariño. Nunca hemos de ser personas que van buscando pelea. Sigamos el consejo de San Pablo: vivid en paz, si puede ser y en cuanto esté de vuestra parte, con todos los hombres (Rom XII, 18)” (Carta 9-I-1932).
Bueno señor, te pido eso para mí y te pido lo que te pedía santa Teresa de Jesús: “De devociones absurdas y santos amargados, líbrame Dios”. O aquella oración que dicen que rezaba Mark Twain: “Señor haz que los malos lleguen a ser buenos, pero, te lo suplico, ¡que los buenos lleguen a ser simpáticos!”.
Que nunca provoque incomodidad por mi falta de caridad. Que me mueva, que sea como Tú Señor y como tu Madre.



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