EL LLAMADO A LA VOCACIÓN
En una cena la semana pasada, algunos de mi casa (éramos tres sacerdotes y los demás célibes laicos cada uno metido en su profesión: un ingeniero, un arquitecto, un profesor)
Nos preguntaban algunos matrimonios ahí presentes cómo habíamos descubierto nuestra vocación. Y así con mucha naturalidad cada uno fue contando su historia, muy diferente una de otra.
Por ejemplo, uno de ellos contaba que estaba en Puebla y que conoció la Obra por un grupo de música en el que él tocaba la batería y que lo invitaron a una casa de Opus Dei a una meditación. Y ahí fue donde dijo: ¡caray! esto es para mí.
Cada uno contó su historia de manera muy natural, sencilla, sin muchos rodeos; pero cuando íbamos de regreso a la casa, concluimos que todo eso había sido muy sobrenatural, que Dios había estado presente en esa llamada.
¿Y por qué te cuento esto? Porque hoy vamos a leer el Evangelio de san Mateo en donde él, que es apóstol y evangelista, escribe, narra, su propia vocación, que fue también algo muy sencillo. Jesús, antes de encontrarse con Mateo, venía de realizar un gran milagro: había curado a un paralítico.
Y un gran milagro más grande todavía había sido que lo había perdonado de sus pecados. Así que Jesús no sólo le dio la salud física, diciéndole:
“Levántate y anda” (Mt 9, 6),
Sino que fue más allá. Le perdonó los pecados, demostrando que tiene potestad en la tierra para sanar el cuerpo y el alma.
JESÚS NOS ENCUENTRA EN LO COTIDIANO
Pues ese mismo Jesús más adelante, va con Mateo con esa misma potestad, con esa misma autoridad, pero también con ese finísimo respeto a la libertad de cada uno y lo llama a seguirle. Dice literal el Evangelio de hoy: “Al marcharse Jesús de allí vio a un hombre sentado al telonio que se llamaba Mateo y le dijo:
¡Sígueme! Él se levantó y le siguió”. (Mt 9, 9)
Pues me gustaría que meditaras este pasaje en la presencia del Señor, como lo hago yo ahora, como si fuera la primera vez que lo oyes, pero sobre todo quiero que te des cuenta de algo que a veces como que se nos pasa por encima, como sin darnos cuenta: la sencillez increíble de Dios.
Cómo Jesús, que es Dios, en el Evangelio cura con mucha sencillez, perdona con mucha misericordia, pero también con mucha sencillez.
Y ahora a Mateo lo llama a lo extraordinario a través del ordinario, a que lo siga con toda su radicalidad, pero lo hace a través de lo ordinario.
Me refiero a que Jesús no fue a buscar a Mateo a la sinagoga, ni lo llamó mientras estaba haciendo una oración. No. Jesús fue a buscar a Mateo a su trabajo, a su ocupación habitual de colaborador de impuestos y lo encontró allí, en su chamba de cada día.
Y eso es lo que a mí me asombra y lo que quiero que pienses hoy: que tu lugar de encuentro cotidiano con Jesús está precisamente allí donde están tus hermanos, tus aspiraciones, tu trabajo, tu deporte, tu estudio, tus ilusiones, tus amores…
LA LUZ DE LA GRACIA
Y que es allí en medio de todas esas realidades materiales de la Tierra donde el Señor te está viniendo a buscar.
Como lo hizo con san Mateo, que está ahí sentado a la mesa de su oficina, clavado en sus registros, contando y volviendo a contar.
Quizá con esa cara de pocos amigos que pone alguien que sabe que nadie lo quiere -porque no lo querían en Cafarnaúm, porque cobraba impuestos de Roma que eran los dominadores en aquel tiempo y abusaban de la gente, de las aldeas como Cafarnaúm, con esas tasas tan elevadas que exigían.
Y de repente pasa Jesús a su lado. No es Mateo el que lo busca, es el Señor quien toma la iniciativa. Y así es con nosotros. A veces pensamos que nosotros somos los que buscamos a Dios, pero en realidad Él es quien nos “primerea”, como decía el Papa Francisco.
Te busca en tu casa, con tus amigos, en tu familia; no quiere que seas un ermitaño separado de la gente. Al contrario, se mete en tu mundo porque quiere que seas su mejor amigo, precisamente allí.
¿Cómo habrá sido ese encuentro? Pues quizá pudo haber sido algún apóstol el que llevó a Jesús a conocer a Mateo. Hay un cuadro que está en Roma pintado por Caravaggio -uno de los pintores más famosos de su época, es un pintor buenísimo- que tiene este cuadro de la vocación de san Mateo.
LA FIESTA DE LA VOCACIÓN
Lo pinta precisamente así: Está Mateo a la cabecera contando el dinero y Jesús entra, acompañado por quien parece que es Pedro. Encima de Jesús se ve la luz de la gracia, que es como la luz del sol que entra por la ventana.
Y Jesús está levantando la mano que recuerda esa mano de Dios Creador que pintó también en el fresco de la Capilla Sixtina Miguel Ángel, como invitándolo a seguirlo, pero no de manera forzada sino libre. Jesús no lo está apuntando así.
En este caso sería más bien la mano de la Capilla Sixtina pero de Adán, que tiene que mover tan solo el cartílago para tocar la mano de Dios, pero como diciendo: yo te llamo, pero no te obligo.
El hecho es que el Señor lo invitó a seguirlo, como acabamos de leer, y la respuesta fue inmediata. Mateo no se puso pretextos, sino que se levantó y lo siguió.
Lo que pasó después de ese sí fue una fiesta. Mateo no se encerró en la sinagoga, sino organizó un banquete en su casa porque es una fiesta.
ENTREGAR NUESTRA VIDA
La vocación, como la de Mateo, la vocación de algunos a los que el Señor nos llama a seguirlo indivisamente, completamente, entregándole todo nuestro ser, toda nuestra vida, es una fiesta, es una maravilla, es un regalo para el que es invitado, pero también para todas las personas que lo rodean.
Y Jesús va a esa fiesta porque Jesús se encuentra bien entre personas tan diferentes, se entiende con todos.
Jesús es también tu modelo de convivencia y si te llama a ti no es para que te encierres, sino para que estés con la gente y practiques la virtud humana de la afabilidad, que seas una persona abierta, con capacidad de hacer amigos, siempre dispuesto a comprender, a disculpar, a no tener miedo con tus defectos como Mateo no los tuvo.
Como no fueron sus pecados, como tampoco los son los tuyos, excusa para que el Señor contara con él, siempre que los reconozcamos con humildad en cada confesión. Como nos decía también el Papa Francisco:
“Pecadores sí, corruptos no” (Misa Matutina en Santa Marta, 11 noviembre, 2013).
Dios te ha elegido desde antes de la creación del mundo, de modo personal, por tu nombre. Te ha dicho: “Te he llamado por tu nombre, eres mío” (Is 43, 1).
Te llama como Padre con el apelativo familiar, y te llama como Señor, con imperio. Y tu respuesta pues quiere ser un: aquí estoy señor porque me has llamado.
Para terminar esta plática vamos a pedirle a la Virgen para que vuelva a poner en nuestra vida esa misma disponibilidad que tuvo ella y tuvo también Mateo aquella tarde en Cafarnaúm y que cuando sintamos el peso del trabajo, cuando nos sintamos insuficientes, sepamos decir con alegría como dijo María:
“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. (Lc 1, 38).

