AMIGOS DE JESÚS

“Jesús, hoy queremos voltear a ver al enorme grupo de quienes han sabido ser tus amigos y gozan de tu amistad para siempre.
Esos de los que habla san Juan en el Apocalipsis cuando dice:
“apareció una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: —¡La salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero!”
(Ap 7,9-10).
Queremos verlos a ellos. A todos. A los santos. Pero a todos los santos. No a los que son conocidos y tienen imágenes o estampitas, los que salen en procesión por las calles de pueblos y ciudades, no…
Ellos son santos, sí, pero hoy queremos voltear a ver a los santos anónimos. Esos que están en el cielo pero que nunca han sido, ni serán, canonizados. Los que nadie conoce, solo Tú, Señor, que eres el único que importa.”
Los nombres que aparecen en el santoral nos sirven como ejemplo de vida y también podemos ver en ellos cómo Dios puede hacer de cualquier persona un alma santa.
Pero, por eso mismo, hay tantos otros: una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas y que no conocemos sus nombres. A esos volteamos a ver. Lo hacemos con envidia, porque han sabido querer a Dios. Te han sabido querer a Tí Señor.
DIOS QUIERE QUE YO SEA SANTO
Yo quiero querer a Dios… Y Dios quiere que le quiera… Quiere que yo sea santo, procura mi amistad.
Ojo, “Dios no nos quiere porque somos santos, nos quiere para que seamos santos” (Rezar hoy 1, AA.VV.).
Dios “es buen conocedor de los corazones de los hombres. Él sabe lo que cada uno lleva en su interior: alegrías y tristezas, ilusiones y zozobras. Ten la seguridad de que Jesús ve tus problemas y dificultades, además de tus aspiraciones y grandes ideales. Sabe lo que te pasa por dentro. Lo conoce de primera mano, como Creador de todo que es y hermano tuyo. Sabe si tu corazón es limpio y tus empresas nobles. Tiene perfecta conciencia de qué es lo que buscas cuando actúas y tiene noticia precisa de que tu alma anda desasosegada cuando busca el aplauso vacío de sus propias acciones y se olvida de servir. Dios conoce todo eso y mucho más, y a pesar de ello –o quizás, a causa de esto mismo– sigue invitando a las mujeres y a los hombres a seguirle. (…)
Dios sigue buscando a muchos para hacerlos partícipes de su voluntad. La juventud es el momento donde se genera la inquietud de una llamada interior a servirle totalmente. Es lógico que la voz de Dios se escuche con particular fuerza en los años de juventud, puesto que es cuando los corazones nacen al amor adulto y descubren horizontes más amplios que los de la vida familiar.
Son los días en los que ven la luz en el alma adolescente, la belleza y el gusto del amor humano: su pureza y fecundidad. Es el tiempo de la esperanza, del futuro, cuando el corazón sólo ve el bien que puede hacer, sin estar cegado por las amarguras y las penas que la vida lleva siempre consigo. Jesús lo sabe. Por eso no se cansa de llamar, a lo divino, a un amor infinitamente puro e infinitamente fecundo. Y para ello no le importa servirse de cualquier circunstancia…” (cfr. Siempre con Él 1. Tiempo Ordinario. Semanas I-VI, Fulgencio Espa; Antonio Fernández; Fernando del Moral).
TE LLAMA A SER SANTO

Se sirve de tus circunstancias y te llama… Te llama a ser santo. A ser su amigo. Bendita suerte si todavía eres joven porque tienes esa fuerza interior que la juventud aporta a la respuesta. Pero no pasa nada si han pasado ya los años. Porque Dios sigue llamando.
Lo que no vale la pena es pensar que no te llama. Puedes creer que no eres nadie, un ser anónimo en el mundo, y que por eso mismo Dios no estará empeñado en llamarte y quererte tanto. Pero tú eres anónimo como los santos anónimos a los que volteamos a ver. No te quedes de brazos cruzados.
ATRÉVETE A SER SANTO
“En la novela «Los grandes cementerios bajo la luna» narra George Bernanos el famoso «Sermón de un ateo». En aquel sermón, que el pueblo permitía predicar al ateo en la fiesta de santa Teresa de Lisieux, acusaba el «predicador» a los católicos de hacer con los santos lo mismo que los soldados, en la guerra, hacían con sus capitanes. Cuando, desde la trinchera, el capitán daba la orden de salir al asalto, el capitán saltaba al campo de batalla mientras los soldados se quedaban en la trinchera aplaudiéndole y gritando: «¡Bravissimo, bravissimo!».
RENDIRSE CON UN “SÍ” A LA GRACIA
Así podemos ser, ahora San Agustín se dijo así mismo:
«Si isti, cur non ego?» («Si estos pudieron, ¿por qué yo no?»), se dijo san Agustín al leer las vidas de los santos. Se dio cuenta de que eran hombres hechos del mismo barro que él, y de que no fueron sus talentos excepcionales los que los hicieron santos, sino su «sí» rendido a la gracia. Ese «sí» abrió las puertas a Dios para que obrara maravillas en ellos.
Quizá ni tú ni yo poseemos talentos excepcionales. Pero podemos, como ellos, decir «sí» a lo que Dios nos pide. Y ese «sí», reiterado cada mañana, repetido tras cada caída, hará posible que seamos los santos que Dios quiere” (cfr. Evangelio 2025, José-Fernando Rey Ballesteros).
¡Atrevámonos! ¡Atrévete a ser santo!
Cueste lo que cueste…
“No es extraño que Jesucristo procure, en las almas que deciden seguirle sin componendas ni medidas, un tiempo inicial de entusiasmo y alegría. Quizás te esté pasando a ti mismo porque has comenzado de nuevo a rezar y experimentas el gozo de su compañía; o bien porque te entregaste del todo a Dios hace poco tiempo y el camino te parece amable e incluso sencillo; o incluso porque renovaste tu caminar con un amor nuevo a tu vocación (tu trabajo, tu familia, tus amigos), que ha hecho brillar tu existencia entera…
Más tarde, el Señor purifica el afecto de los suyos por el sacrificio. (…) Los grandes amigos de Dios lo han experimentado con particular dramatismo: es la soledad a la que Dios Padre conduce a los santos para que lo amen exclusivamente a Él y, por Él, a todas las criaturas.
Para ello, se sirve de la dureza de la incomprensión, como sucedió a san Felipe Neri cuando le retiraron las licencias de confesar; o bien a san Josemaría, que sufrió la calumnia de tantos que sembraron sospecha sobre su persona y su labor.
Otras veces, usa la sequedad espiritual, como en el caso de la santa Teresa de Calcuta, que confiesa en sus cartas más íntimas no encontrar a Jesús ni en la contemplación ni en la acción a la que dedicaba enteramente sus jornadas…
¡Duras son estas palabras que dejan entrever la inmensa oscuridad de una conciencia obediente!
Son solo algunos ejemplos. Busca y encontrarás todos los que quieras: ningún santo ha dejado de experimentarlo.
En sus vidas encontrarás que, precisamente en esos momentos, fue cuando más amaron al Señor, y no tanto cuando parecía que todo iba bien. También en el silencio de la incomprensión, de la aspereza, del dolor, se escucha la voz de Dios.
Por eso, si te sientes lleno de entusiasmo no te engrías: da gracias a Dios y pide que sepas amarle solo a Él; y si te sientes seco y sin sentimiento, haz lo mismo: da gracias a Dios, no desconfíes de su amor (¡es nuestra única certeza!), y pide que sepas amarle solo a Él” (Siempre con Él 1. Tiempo Ordinario. Semanas I-VI, Fulgencio Espa; Antonio Fernández; Fernando del Moral).
Vayan las cosas bien, vayan las cosas mal, todo sea fácil o me encuentre con dificultades, que sepa amarle solo a Él, porque eso es la santidad.

Santo. Santo anónimo, santo del día a día, entre alegrías o incomprensiones, cansado o con ánimos, joven o mayor, soltero o casado, santo, santo, santo, amigo de Jesús y enamorado de María.
Para ellos nunca serás uno más, nunca anónimo, siempre tú, solo tú.



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