Comenzamos nuestra oración contemplando a Jesús rodeado de sus discípulos, no llama hoy únicamente a los 12, sino que el Evangelio nos dice que el Señor eligió a otros 72 y los envió por delante a todos los lugares donde Él pensaba ir.
A veces olvidamos este matiz. Les envía por delante porque después Él pensaba ir a todos esos sitios.
Fíjate, hoy el Señor nos mira los ojos y nos dice:
“La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.”
(Lc 1, 2-3)
Sí, a primera vista la advertencia un poco desconcierta. ¿Cómo nos envía débiles y desarmados frente a las dificultades, a la diferencia o a la hostilidad del mundo?
Porque la fuerza del apóstol no reside en sus talentos, en sus recursos humanos, ni en su astucia, sino en su condición de hijos.
Por eso el cordero no sobrevive por ser feroz, sino porque el pastor camina junto a él.
Que Jesucristo sabía que iba a ir a esos lugares, hace que los discípulos vayan con más paz.
Y esto tiene que ver también con la fiesta que celebramos hoy de santa Teresita del Niño Jesús, una jovencísima Carmelita que jamás salió fuera de los muros de su convento de clausura.
PATRONA UNIVERSAL DE LAS MISIONES
Ahora, de hecho, es la patrona universal de las misiones. Teresita comprendió a la perfección la paradoja de este Evangelio.
La eficacia del sembrador no depende de grandes conquistas visibles, sino del amor humilde y confiado de quien se sabe niño en las manos de Dios.
Estos días le estoy dando vueltas al tema de la sencillez porque me parece que es una de las características más interesantes de los niños y que tenemos que ser sencillos y transparentes para entrar en el Reino de los Cielos.

Y es que santa Teresita era experta en esto y de hecho ella también quería buscar un camino rápido, un ascensor directo al Cielo, -decía ella. Descubrió que ese ascensor eran los mismos brazos de Jesús.
Decía que, siendo tan pequeña, le resultaba imposible escalar la áspera montaña de la perfección con sus solas fuerzas humanas y por eso decidió permanecer muy pequeña, para que el Señor la tomara en sus brazos.
Podríamos preguntar, bueno, ¿y cómo deberíamos hacer que esa infancia espiritual se manifieste en nuestra vida corriente?
¿Qué podríamos hacer o qué significa aprender a presentarse a Dios de esta forma sencilla sin pretensiones?
LA MISERICORDIA DE LA CONFESIÓN
Pues pensaba que dos ideas nos podrían servir aquí: La una es: ¿qué es lo que pasa en las caídas y en la fragilidad?
Cuando un niño pequeño empieza a intentar dar sus primeros pasos, no se hunde en la desesperación ni en el orgullo herido, extiende los brazos llorando hacia su padre para que lo levante y punto.
La infancia espiritual nos debe llevar a lo mismo, a rechazar la soberbia del perfeccionismo, a reconocer la debilidad y enseguida a refugiarnos en la misericordia de la confesión.
La segunda es el valor de lo pequeño: Porque agradar al Padre en los detalles inadvertidos, no tenemos que realizar hazañas extraordinarias para ser misioneros o para mostrar nuestro amor de niños.
Cuando un niño pequeño quiere demostrar su cariño, regala sus cosas. No sé si te has fijado que de repente lleva un chupete chupado y le regala a la mamá.
Coge algo y se lo entrega al papá, aunque sea del suelo, y está como super orgulloso el niño.
Bueno, nosotros también tenemos que ver eso, sin realizar hazañas extraordinarias, sino que intentar ver qué es lo que podemos hacer como cosas pequeñas.
Teresita, en este sentido, ofrecía una sonrisa a la hermana, la monjita del convento, que le resultaba especialmente antipática.
O fíjate, cuenta en sus memorias que doblaba con esmero una prenda de ropa o recogía un alfiler del suelo y todo lo hacía por amor a Cristo.
Bueno, que cada trabajo bien acabado en la oficina que cada gesto de paciencia al responder con dulzura a un familiar, cuando estamos cansados, que cada queja retenida en el tráfico sea una semilla arrojada a la gran cosecha del Señor.
APÓSTOLES AUDACES
Porque, en definitiva, esta verdad conecta muy bien con ser hijos pequeños y apóstoles audaces que nos insistía san Josemaría.
Eso de ser niño ante Dios no es infantilismo, ni falta de madurez, al contrario, requiere una fortaleza de alma.
Así al menos lo encontramos en camino, dice:
«Hacerse niño exige vencer a la soberbia, renunciar al amor propio, creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños, orar como oran los niños.»
San Josemaría explicaba que el niño no tiene preocupaciones económicas, ni temores existenciales sobre el porvenir, mientras va de la mano de su padre porque sabe que él cuida de todo.
Cuando descubrimos con hondura la filiación divina de que somos hijos muy queridos de un Dios que es Padre Todopoderoso, desaparece esa como angustia apostólica.
No evangelizamos por angustia de resultados, ni nos acobarda ser corderos en medio de lobos, vamos serenos porque sabemos en quién nos fiamos.
Por eso también decía san Josemaría, si eres niño, no tendrás penas, los niños se olvidan enseguida de los disgustos para volver a sus juegos habituales.
Por eso, con el abandono, no habrás de preocuparte, ya que descansarás en el Padre.

LA FUERZA DEL PADRE
Sí, esta confianza filial brota de la audacia apostólica del niño que se atreve a todo porque cuenta con la fuerza del padre.
Es que cuando no pensamos en Dios como Padre, que Él tiene que resolver los problemas, enseguida nos angustiamos.
No sé, esta semana salió esta noticia de que, en Amberes, monseñor Bonny, me parece que se llama, dijo que está preparando algunos hombres casados para ordenar sacerdotes y que eso sería más o menos en el 2028.
Pero haciendo sus cuentas, él contaba que esa diócesis se estaba quedando sin sacerdotes, que de hecho son como 160 apenas y que menos de un tercio son locales, que el resto son sacerdotes que vienen de otros países
Claro, es un número muy bajito de sacerdotes para una ciudad tan grande y pensar que eso lo va a resolver con razonamientos humanos, eso no creo que sea justo.
Eso es un desbalance para la Iglesia muy fuerte, no sé en qué termina esto, la verdad, pero pensar que nosotros tenemos que resolver estas cosas, que son de nuestro padre Dios, me parece que es un poco ridículo.
Porque, en definitiva, el que las resuelve es el mismo Dios, cuando somos realmente fieles a sus enseñanzas.
Fíjense que en esta misma diócesis de Amberes, antes del Concilio Vaticano II, habían 1500 sacerdotes y ahora están en esos 30 propios de ahí, del lugar.
LA SENCILLEZ DE LOS PEQUEÑOS
Eso nos lleva a estar más claros: “Ser como niños implica fiarnos de nuestro Padre”.
Si nosotros vamos buscando cosas, como han hecho en esa diócesis en concreto, que es permitir un liberalismo y cosas que van afectando a la piedad de la gente, lógico que se van a ir haciendo cada vez más pequeños.
Por eso, preguntémonos en este rato de comunicación íntima con Jesús: Señor, ¿cómo reacciono yo ante mi propia flaqueza?
¿Con orgullo herido o me abandono realmente como un niño confiado que busca a su padre? ¿Cómo me abro, para que los demás me puedan ayudar?
Me siento verdaderamente enviado a mi ambiente de trabajo, a mis amistades, a mi familia, precediendo la llegada de Jesús, con mi trato amable y mi servicio alegre, pues esto es lo que deberíamos respondernos hoy.
Acudamos a nuestra madre del Cielo, la Virgen María, ella cuidó del Niño Jesús y nos enseña la sencillez de los pequeños que agradan el corazón de Dios.
Con su intercesión y la de santa Teresita, pidamos la gracia de caminar cada día con la audacia de los apóstoles y la confianza absoluta de los niños.



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