ESCUCHA LA MEDITACIÓN

EL BUEN SAMARITANO

Hoy leemos la parábola del buen samaritano de la que no sólo aprendemos cómo Dios es capaz de sacar cosas buenas de la injusticia, sino cómo podemos ganarnos el Cielo amando desinteresadamente a los demás.

Hoy leemos en el Evangelio la bellísima parábola del buen samaritano que te voy a leer con calma para que la disfrutemos, porque siempre podemos sacar cosas nuevas de las parábolas, de las palabras de Jesús, de sus acciones, de leer el evangelio con calma, pidiéndole al Espíritu Santo que nos ilumine y que nos ayude a escuchar lo que nos quiere decir.

«Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó cayó en manos de unos ladrones los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto.

Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó.

Luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: –Cuida de él y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso»

(Lc 10, 30-35). 

Metemos la imaginación en la escena y nos damos cuenta del desamparo en el que se encuentra este hombre que fue robado y golpeado. Está ahí, morirá seguramente si nadie lo atiende, pero pasa uno que se compadece de él y lo ayuda y lo ayuda hasta el fondo.

Lo carga, lo cura, lo lleva a un lugar, lo atiende todo ese día y al día siguiente deja incluso de sus bienes para que sigan cuidando de él.

Qué bueno que hay un buen samaritano. Qué bueno que haya buenos samaritanos alrededor.

Podemos pensar un poco en el mal que hay detrás. Hay una injusticia, unos ladrones violentos lo atracan, lo golpean, se llevan sus cosas, que quizá este hombre luchó para conseguir, fruto de su trabajo, de su esfuerzo, una herencia, algo que era para su familia, para su sustento o para invertir, para un negocio, algo que con lo que tenía ilusión de trabajar y se lo quitan sin ningún derecho. 

No sólo se lo quitan, sino que lo agreden y lo agreden feo, tanto que parecía medio muerto. Eso indigna que haya injusticia y vemos que hay injusticia en el mundo. 

samaritano

Esto no es un cuentito, sino que efectivamente hay mal en el mundo. Pero ese mal es ocasión de que algo bueno suceda. El buen samaritano hace una obra buena, una obra totalmente gratuita, una obra de amor, de entrega más allá de la obligación es donación, no espera nada a cambio.

Lo que sí le dará alegría al buen samaritano es que este pobre hombre se recupere y recupere sus bienes. También que ponga una denuncia y a ver si acaso consigue recuperar sus bienes. 

POR AMOR

El buen samaritano actúa por amor. Actuar por amor es tan grande que nos asemeja a Dios, así lo explica san Bernardo. ¿Qué le podemos dar a Dios? Amor, porque Él es amor y es algo que puede estar a la altura o que puede ser digno de Dios, un acto de amor, de donación.

“Tú, Señor, permites que haya mal en el mundo. Tú no lo quieres, Tú no quieres el mal, Tú no quieres la injusticia, pero si se da, Tú eres tan maravilloso como para sacar cosas buenas del mal. 

Qué perfecta es tu creación. Y a pesar de que nosotros somos seres imperfectos, miserables, injustos, pecadores, Tú también, Señor, a través de esas miserias, puedes sacar cosas buenas. Has hecho nuestra redención a partir de esa gran injusticia que fue rechazarte, condenarte a muerte.

Nos has salvado y también nos das la capacidad, nos das la gracia, la fuerza, la caridad para poder actuar como Tú, perdonando siempre y ayudando a los demás, amando a los demás sin esperar nada a cambio, gratuitamente, porque eso es el amor, es entrega, es don.

Por eso, Señor, ayúdame a tener siempre una actitud de optimismo, de agradecimiento, de crecimiento, porque por más mal que haya a mi alrededor yo puedo sacar, con tu ayuda, un bien”.

samaritano

Hace unos días leíamos en las lecturas de la misa el libro de Job, que es maravilloso. Un libro sapiencial en el que nos muestra cuál es la actitud: la actitud de abandono, de confianza en Dios, adorar a Dios. “Tú, Señor, has hecho las cosas muy bien.

Esta parábola del buen samaritano, ¿por qué nos la dices? Es respondiendo a una pregunta fundamental, una pregunta que todo ser humano tiene en el fondo de su corazón: ¿cómo puedo conseguir la vida eterna? Y Tú, Señor, le dices: cumple los mandamientos”. ¿Cuáles mandamientos?

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo»

(Mt 22, 37-39).

Y ¿quién es mi prójimo? Pregunta este hombre y le contestas con la parábola del buen samaritano. Y al final le dices:

«Anda y haz tú lo mismo, ayuda a los demás desinteresadamente»

(Lc 10, 37).

¿QUÉ ME PIDES?

Y ¿qué es lo que me pides a mí, Señor, que estoy haciendo un rato de oración? Porque si salgo a la calle, seguramente me encontraré con gente necesitada. 

¿Qué es lo que me pides a mí? ¿Que deje de trabajar y atender mis obligaciones para ir a atender a esa gente? 

Seguramente lo que me pides es que en primer lugar atienda mis obligaciones, pero el amor al prójimo sigue vigente. Y si soy sincero, si veo cuáles son mis posibilidades, seguramente me puedo organizar para ir a atender a los necesitados sin descuidar mis obligaciones. 

Ir un día a la semana o cada dos semanas a repartir algo de comida, ropa o bienes de primera necesidad; visitar un asilo, una casa de asistencia; cooperar con mis bienes, una buena limosna o una labor de ese tipo o participar en un patronato…

¿Qué hago por los demás gratuitamente? Tú Señor, me animas a amar, a darme.

Pero más allá de los necesitados que podemos encontrarnos, que no conocemos su nombre, los necesitados anónimos, quizá Tú Señor me pides que antes atienda a los necesitados que conozco, con los que vivo. 

Que me dé cuenta de cuáles son sus heridas, sus necesidades, de mis parientes, de mis familiares, de mis amigos, de un colega de trabajo o un vecino que veo que tiene alguna necesidad. ¿Cómo puedo yo ayudarles?

“No, pues son sus problemas, que ellos se resuelvan, ellos lo han buscado…” Yo puedo ayudar, puedo ayudar y hay que saber ayudar. Hay que saber pedir ayuda para que la otra persona no se sienta ofendida, no se sienta humillada para facilitarles que puedan recibir nuestra ayuda. 

Y para eso hace falta el don del Espíritu Santo, que Dios nos ilumine para saber dar también con elegancia y con auténtica caridad. 

Terminamos nuestro rato de oración acudiendo a nuestra Madre para que ella nos ayude a tener un corazón misericordioso como el de Jesús, que es el primer buen samaritano.


Citas Utilizadas

Gal 1, 6-12

Sal 110

Lc 10, 25-37

Mt 22, 37-39

Reflexiones

Señor, ¿qué me pides a mí? ¿Cómo puedo ayudar?

Predicado por:

P. Juan Pablo

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