En el libro del Señor de los Anillos, hacia el final, el protagonista Frodo que tiene que llevar el anillo para que se funda en la lava, en las montañas, en el Monte del Destino, resulta que ya no puede más, no podía llegar, la carga era demasiado pesada y es entonces cuando justo dice: “no puedo más”.
Su amigo Sam, que era el único que lo acompañaba, le contestó:
“No puedo llevar el anillo por usted, señor Frodo, pero sí puedo llevarlo a usted”.
Y entonces se carga a su amigo a la espalda y lo hace alcanzar ese último tramo que le faltaba para cumplir su misión.
Me acordaba de esto porque, en ese caso, Frodo puede cumplir su misión porque hay alguien que tenía una gran confianza en él, su amigo que no lo deja ahí tirado, sino que confía que, de alguna manera, aunque esté ya exhausto, aunque no pueda más, va a ser quien cumpla la misión que tenía de destruir ese anillo. Entonces lo carga y, con esa ayuda, Frodo puede llevar a cabo esa misión.
Y en el evangelio de hoy se ve que quien tiene una confianza muy grande puesta en sus discípulos, sos Vos Jesús, porque les decís y nos decís:
«Ustedes son la sal de la tierra…
Ustedes son la luz del mundo»
(Mt 5, 13-16).
Ahora en nuestra oración podemos mirarte con los ojos del alma, escuchar tu palabra que me decís esto a mí: Vos sos sal del mundo, vos sos luz en el mundo.
QUÉ ES SER SAL
Que nos digas esto Vos, Jesús, nos puede llenar de confianza e ir más allá de lo que nosotros por nuestras solas fuerzas nos atreveríamos. Muchas veces sucede así, que alguien llega más allá porque hay otro que confía en él y que lo hace ir donde pensaba que no podía, mas superar sus propios límites.
Qué bueno si hoy nos quedamos con estas palabras tuyas Jesús. Vos sos luz, me decís. Vos sos sal en esta tierra.
Nuestros límites podrían ser pensar o decir: “¿qué luz voy a ser yo? ¿qué sal del mundo?” Nosotros ¿iluminar este mundo, ser sal, darle sabor a este mundo que a veces parece tan complejo?
Confiando en tu palabra, seguramente, Señor, podremos llegar a donde no nos atreveríamos solos, mucho más lejos.
¿Qué es para mí hoy ser sal y ser luz?
Podemos pensar en nuestro ambiente. Por una parte, Vos Jesús, le dijiste eso a tus discípulos que tenían sus debilidades comprobadas, no se lo dijiste a los fariseos, a los gobernantes, a los más poderosos; no, a los discípulos, gente sencilla con quienes quizá nos es fácil identificarnos.
Y después decís que esa luz no es para que ilumine toda una habitación, que esté en el templo o que esté en algún lugar así muy especial, en algún faro, sino que alumbre el lugar donde está la gente, en la casa.
LUZ REFLEJO DEL SEÑOR
También podemos interpretar que nos invitase a ser sal y luz en el mundo, en nuestro mundo, en nuestro ambiente, ahí donde estamos. No vamos a salir en la radio, en los diarios o no vamos a ser influencers en internet. Pero ser sal y ser luz, comenzando por mi casa, mi ambiente de trabajo, de estudio, entre mis amigos, si Vos me lo decís, Señor.
Seguramente sí podré dar una luz que en el fondo no es mía, una luz que viene de adentro, una luz que es reflejo de tu luz, Señor, porque ¿qué vamos a dar que no venga de Vos que no hayamos recibido? Y eso nos da más confianza todavía para ser luz que alumbre el camino de otras personas que quizás necesitan, pero van un poco a oscuras y con una palabra, con el ejemplo, con la conversación, con la amistad, podemos llegar a ser luz.
O podemos ser sal que le dé un sabor a vidas que están un poco insulsas, que les falta sentido porque no tienen a Dios, porque no tiene un valor sobrenatural aquello que quizá dedican tantas fuerzas o en que se centran.
Y eso es lo que Vos traes Señor: un sentido más profundo, esa Vida y te servís de nosotros.
DAR GLORIA A NUESTRO PADRE
Quizá ahora en la oración podemos pensar ambientes que nos parezca un poco más difícil, nos parezca demasiado oscuro, que estén demasiado lejos de tener ese sabor sobrenatural, pero confiando en tu palabra, que somos sal, que somos luz, animarnos a pensar: “Señor ¿yo puedo hacer algo ahí? ¿cómo? con mi cercanía, con mi amistad, con mi comprensión, con mi perdón, con una conversación más cercana, uno a uno.
Ustedes son sal y son luz. Y no es que seamos mejores o que queramos brillar, que nos reconozcan, ser el centro, sino que también esto es motivo de animarnos más para que reconozcan a nuestro Padre Celestial, porque no somos el fin, porque no pretendemos ponernos en el centro.
Cuando nos decís que somos sal y que somos luz, decís Señor, que hagamos brillar esa luz, pero no por pura vanagloria, sino para que reconozcan al Padre, para que reconozcan a Dios.
Qué bueno cuando Dios es reconocido por las obras, por las palabras, por la vida de las personas que lo tienen en el corazón y así hacemos un gran bien. Dando ese sabor, iluminando con esa luz que no es nuestra y ayudando a que los hombres vean nuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre que está en los Cielos, que ese es nuestro fin y el de toda la creación: que todos den gloria a nuestro Padre que está en los Cielos.
Que hoy Señor nos anime esa confianza grande que tenés puesta en cada uno de nosotros y que nos lleve a ir un poquito más allá, confiando a su vez nosotros, en tu gracia y en que seremos instrumentos para la gloria de tu Padre.

