«No son ustedes los que me han elegido, soy Yo quien los ha elegido»
(Jn 15, 16).
Tú, Señor, a todos los cristianos nos has elegido, nos has dado la fe para estar contigo.
Y hoy leemos este evangelio porque es la fiesta de san Matías, apóstol. San Matías apóstol no es de los doce originales. ¿Te acuerdas que de los doce originales había dos Judas: Judas Tadeo (san Juditas, tan querido en México) y Judas Iscariote, que fue el traidor?
Después de que Judas Iscariote se fue quedaron once. Así que había un lugar y ese lugar había que llenarlo. Así que los apóstoles dijeron: ¿y ahora a quién escogemos?
Entonces, de todos los discípulos de Jesús, de los 72 que había, de aquellos 72 que Jesús había enviado y que conocían a Jesús desde antes de su Pasión y que escucharon su predicación, etcétera, escogieron a dos: a José Barsabá, por sobrenombre: el justo y a Matías.
Y se pusieron a orar:
«Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos has elegido… Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías»
(Hch 1, 24-26).
No es que él sea apóstol por la suerte, sino por elección.
«Yo soy quien los ha elegido».
Tú, Señor, nos has elegido. Podemos decir lo que dice esa canción tan bonita:
“Señor, me has mirado a los ojos;
sonriendo, has dicho mi nombre”.
Tú me miras y me llamas a ser santo. El bautismo ya implica ese conocimiento y esa llamada tuya, Señor, a mí personalmente.
Matías llegó a ser apóstol por esta circunstancia, pero Tú, Señor, desde siempre lo habías llamado. Y esa llamada se constata en la historia en un momento dado, a través de esa necesidad que apareció.
Hay circunstancias en la vida que nos muestran nuestra vocación. A veces puede ser una necesidad. Uno se da cuenta que hay una necesidad de eso y dice: yo puedo ayudar a resolverla.
DESCUBRIR LA VOCACIÓN
Me vienen a la mente dos sacerdotes que se decidieron a ser sacerdotes al ver la necesidad que había. Uno fue en China, cuando la persecución comunista arreció y en un momento dado a un sacerdote muy querido del pueblo lo mataron en vía pública, de modo muy escandaloso. Pues había un niño ahí viendo eso y dijo: “yo voy a sustituir a ese sacerdote santo que estaba entregando su vida en nombre de Cristo”.
Y otro es una historia un poco más elaborada, que es un niño de doce años, (entre niño y joven) que tenía un tío cura al que iban a visitar siempre en invierno. Iban a un pueblito y ahí vivía su tío cura.
Ese año fueron a visitarlo y ya que se iban a volver, la noche anterior, cayó una gran nevada y llegaron a las once de la noche a buscar al tío sacerdote: “¿Qué pasó?” “Que se muere la viejita en el pueblo de al lado”. Y él se pone sus botas y va a darle los últimos sacramentos. Y la mamá del niño, la sobrina del tío (porque era tío abuelo), le dice: que te acompañe el niño al menos para que no te pase nada.

Así que el niño lo acompaña, la nieve había dejado de caer y estaba muy bonito porque la luna iluminaba. Pero después de un buen rato (estaba a cuatro kilómetros el pueblo), después de unos cuarenta minutos, empezó a nevar otra vez y se perdieron en el camino.
Y aunque ya veían las luces de la aldea, se salieron del camino y de repente el viejo se cayó y el niño se asustó mucho y él le dijo: “tranquilo, estoy bien, pero ve corriendo al pueblo por ayuda porque si no, no vamos a llegar”. “Pero cómo te dejo…” “¡Ve corriendo por ayuda!”
Así que fue corriendo por ayuda y volvió con veinte hombres. Lo encontraron sin sentido, pero vivo aún. Lo llevaron al pueblo, fueron a la casa de la viejita y con la chimenea, se reanimó, le dieron algún tipo de bebida caliente y ya atendió a la viejita y los dos murieron esa noche.
El niño dijo: ¡qué bonito modo de morir! Yo quiero morir así sirviendo.
El viejo, cuando salieron a caminar esa noche hacia el pueblo, comentó: “de morir, morir sirviendo” y así fue. Y al niño le impactó eso y dijo: “yo quiero morir así”.
Te leo el relato, lo que dice un poco más adelante:
“Pocos días después volvía con mi madre a León y en el coche iba con nosotros una comisión a pedir al obispo un nuevo cura.
Me llevaron con ellos al palacio. El obispo era viejo, pequeño y arrugado y yo noté que le temblaban los labios cuando le conté la escena de la caída. Luego el alcalde dijo que tenía que mandar dos curas, uno para cada pueblo, para que aquello no volviese a suceder.
El obispo levantó entonces una mirada triste, se levantó de la mesa y nos llevó hasta un mapa que tenía a la derecha de su mesa. Dijo: ‘Miren todos estos puntos negros, son pueblos sin sacerdote. Lo que ha pasado en San Cebrián puede pasar en otros cien pueblos, pero ¿cómo arreglarlo? ¿A dónde vamos por los sacerdotes?
Fue entonces cuando yo sentí que todo mi corazón temblaba. El obispo me había puesto la mano en la cabeza, dije: ‘yo, yo’ y luego con más valor: ‘quiero llenar el puesto de mi tío’”.
¿Qué te parece? Ahí había necesidad, había muerto un sacerdote, había que llenar ese lugar y así, de esa manera, Dios se sirvió para llamar a estos hombres.
Pero no es simplemente una iniciativa humana. Como dice san Josemaría:
“Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena.
Esto es mucho…, pero es poco. -Eres el apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo”
(Camino 942).

Estos hombres dicen: quiero suplir, quiero hacer algo bueno, quiero servir. Pero esa, digamos, componente práctica de la vocación, no es lo más importante. Lo más importante es que Tú, Señor, nos miras a los ojos y nos llamas.
Y, además, responder a tu llamada es bendición para el mundo, porque que haya santos, el mundo está sediento. Como dice también san Josemaría:
“Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos”
(Camino 301).
Hay que rezar para que haya muchos santos, para que los sacerdotes seamos muy santos.
MORIR DE AMOR
El día de hoy te comparto una gran alegría, que es que yo cumplo quince años de sacerdote, no sólo yo, otros 35… Falleció uno de los 35, Manu, vamos a encomendarlo, que en paz descanse. Estamos 34, que seamos santos todos.
También el padre Federico de Guatemala, (aunque él es de El Salvador, pero aparece como de Guatemala), el padre Juan Manuel de Argentina también era de esa promoción. Los tres somos de esa promoción de hace quince años. ¡Hoy hace quince años! Así que reza por nosotros, por favor, para que seamos santos, para darle gracias a Dios por este gran don del sacerdocio que es inmenso.
Decía el cura de Ars:
“Si comprendiéramos bien lo que es un sacerdote en la tierra, moriríamos, pero no de miedo, sino de amor”.
Es tan grande esta llamada, Señor, es tan grande este don que no nos damos cuenta y no estamos a la altura. Por lo tanto, también te pedimos perdón, te damos gracias, te pedimos perdón y también te pedimos ayuda para perseverar, para aprender a parecernos más a Ti, aprender a servir, a darnos a los demás.
Te pedimos por esta promoción (nosotros) y también por todos los sacerdotes del mundo y todos los bautizados para que nos demos cuenta de que Tú, Señor, nos llamas como a Matías, para que seamos realmente santos y llenemos este mundo de luz, de sal, de sabor, de amor de Dios.



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