SOÑAR EN GRANDE
Hay personas que sueñan en grande. Un científico sueña con descubrir una vacuna que pueda salvar millones de vidas. Un profesor sueña con formar generaciones enteras. Un deportista sueña con ganar un campeonato del mundo.
Hoy se estarán jugando el tercer y cuarto lugar en el mundial, entre muchos equipos. Mañana, la gran final y conoceremos al nuevo campeón del mundial. Sólo una selección levantará la copa, sólo una.
Jesús, y tú también sueñas en grande, pero ¿cuál es tu sueño, Señor? Un sueño infinitamente mayor. Lo que Jesús quiere conquistar son los corazones.
Hoy el Evangelio dice una frase que si la leemos despacio es impresionante. Jesús se marchó de allí porque estaban ahí los fariseos molestando, eso es lo que cuenta hoy el Evangelio, y además no solamente lo estaban molestando, sino que quieren acabar con Él, querían acabar con Él…
«pero Jesús enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron, y Él los curó a todos» (Mt 12, 14-21).
Eso dice el Evangelio,
«los curó a todos».
No dice que curó a algunos, no dice que curó a los mejores, no dice que curó únicamente a los que tenían más fe. No, no, no, dice «los curó a todos».
Y así es el corazón de Jesús. No se resigna a perder a nadie, de buscar, no se cansa de llamar, quiere llegar hasta el último rincón del alma humana.
Señor, ¿y cómo piensas hacer esto, hoy, ahora este semestre? Porque hay corazones muy cerrados, hay personas que no creen, hay quienes han dejado de rezar, hay quienes piensan que Tú, pues ya no tienes nada que decirles. Qué pena, ¿no? ¿cómo vas a llegar a ellos?
LOS CURÓ A TODOS
Y la respuesta aparece justo después de
«Él los curó a todos»,
y Jesús mismo hace alusión, hace referencia al profeta Isaías.
«Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías, mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco, sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones, no porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles, la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria».
Jesús, qué manera tan distinta de actuar. Tú no entras derribando puertas, tú no levantas la voz, no humillas, no aplastas.
Hoy, preparando la meditación, por fin entendí a qué se refiere lo de la caña cascada no la quebrará, claro, Jesús si encuentra una caña ya casi rota, pues no termina de romperla. La mecha vacilante no la apagará, si encuentra una llama pequeñita casi apagándose, Jesús no la va a extinguir, al contrario, la protege, la cuida. Quiero volver a encenderla, la sopló un poquito, poner otras ramitas secas allí para que eso vuelva a encender…
Jesús, así actúas tú con nosotros. Y alguno podría decir, Señor, pero es que es que yo ya estoy, yo ya soy una caña quebrada o una mecha que apenas conserva una chispita. Bueno, pues Jesús nos está hablando a ti y a mí.
¿Quieres llegar a más? Jesús, y lo que quieres es encender muchos corazones. Quieres curar a muchos enfermos, es verdad, por eso el Evangelio dice que los cura a todos. Pero Señor, tú quieres encender los corazones, ¿cómo piensas llegar a esos corazones que están apagaditos? ¿Cómo lo vas a hacer?
EL MILAGRO DE PEPITA
Y hace unos días escuché un milagro de esos portentosos, increíble. La señora Pepita, hermana de un sacerdote, y ya mayorcitos los dos, pues el sacerdote le dice a su hermana: —Ve, vos que estás tan enfermita, ¿qué quieres? ¿qué quieres? Entonces la señora le dijo: —Yo si tuviera la oportunidad de pedir mi último deseo es ir a la Villa de Guadalupe. Yo quiero ir a visitar a la Virgen de Guadalupe.
Pues el padrecito se puso en la tarea y consiguió llevar a su hermana hasta la propia Villa de Guadalupe. ¿Cómo? Tocó llevarla en ambulancia al aeropuerto y en México recogerla en ambulancia y en ambulancia llevarla hasta la Villa de Guadalupe.
Bueno, pues después el padrecito cuenta que le dijo: —Bueno, ¿qué más quieres? Dijo: —Quiero comerme una comida típica mexicana y parece que también se la comió.
Y al regreso le hicieron las radiografías de rigor y los médicos se quedaron impresionados porque veían los huesos. Al parecer tenía una enfermedad de los huesos y los huesos no se veían ni siquiera en la radiografía.
Bueno, yo no sé si eso es posible, así me contaron el milagro. Y de repente se vieron los huesos y la señora quedó curada, se levantó, ya no tuvo que acudir a la silla de ruedas, ni a la ambulancia ni a nada.
Señor, y pensaba, ¿cuántos milagros de estos ha habido en 500 años de historia de la Virgen? Vamos a celebrar los 500 años de la Virgen de Guadalupe el próximo año 2031, ¡500 años de amor a la Virgen!
SAN AGUSTÍN
¿Y Tú qué quieres, Señor? ¿Curar? Que mucha gente vaya y quede curada. Desde luego, habrá muchos milagros, pero lo que el Señor quiere es entrar en los corazones, habitar en ellos, encender los corazones.
Ahora estoy leyendo o releyendo las Confesiones de San Agustín en una edición comentada y breve. Y me impresionó mucho lo que San Agustín dice después de su conversión. Dice,
“Todo el fondo del problema estriba en esto, dejar de querer lo que yo quería y comenzar a querer lo que Tú querías. (Impresionante esto, ¿verdad?) Noté que mi espíritu ya estaba libre de las angustias inquietantes que entraña la ambición, el dinero, el revolcarse y rascarse en la sarna de las pasiones. Y podía charlar contigo, Dios mío, claridad mía, mi riqueza, mi salvación”
(Las confesiones, 152).
Esto es impresionante, porque san Agustín se da cuenta de que, de un momento a otro, ya no quiere lo que quería normalmente, sino que comienza a querer lo que quiere Dios. Y eso solamente lo consigue un corazón enamorado de Dios.
Así son los corazones de los santos. Así el Señor quiere que sea tu corazón y el mío. Dejar de querer lo que yo quería y comenzar a querer lo que querías Tú.
¡Qué definición tan sencilla de lo que es una conversión! No fue simplemente cambiar algunas costumbres, no, fue aprender a querer lo que Dios quería.
¿Y cómo te llamas, Señor, mi claridad, mi riqueza, mi salvación? Señor, es que es verdad. Eres Tú el único que nos puede sacar de esas situaciones en donde no te vemos, en donde no está encendido el corazón en amor, en donde está encendido, sí, pero en las pasiones, en el egoísmo, que es lo que le pasaba a Agustín, no a san Agustín, sino a Agustín.
HACER EL CAMBIO
Bueno, cambia mi corazón, habita dentro de él. Señor, quiero comenzar y recomenzar a amar lo que Tú amas.
Vamos a terminar acudiendo a la Santísima Virgen. Ella, que ha sido durante siglos consuelo de tantos enfermos y esperanza de tantos corazones, pues Madre mía, llévanos hasta Jesús.
Pidámosle que nunca pongamos resistencia a la gracia y que dejemos que Cristo realice en nosotros el milagro más grande de todos: transformar nuestro corazón para que aprenda a querer cada día más lo que Tú quieres, Jesús.
Y que cuando eso suceda descubramos la verdadera victoria, mucho más grande que cualquier campeonato, dejar que Jesús reine en nuestro corazón, reine en nuestra vida.




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