Nadie puede negar que Dios tiene mucho sentido del humor. Cuando vi el calendario de meditaciones de Hablar con Jesús, me sorprendió ver que hoy me toca predicar exactamente sobre el mismo evangelio que la última vez: los discípulos de Emaús.
Además, estas dos semanas ya he tenido que predicar al menos otras cuatro meditaciones sobre este mismo texto, pero eso sí, a diferentes públicos. Y apenas estamos en la tercera semana del tiempo de Pascua, es decir, que todavía queda más.
Tal vez sea que Dios quiere que para mí este sea mi nuevo pasaje del Evangelio favorito.
En todo caso, como suele suceder, aunque estemos leyendo el mismo texto una y otra vez, el Señor siempre tiene cosas nuevas que decirnos. La Palabra de Dios es así:
«Viva y eficaz, más cortante que una espada de doble filo»
(Hb 4, 12).
NUESTRA HISTORIA
La historia es bastante conocida: Cleofás y su compañero (de quien no tenemos el nombre), han puesto toda su confianza, toda su esperanza en Jesús de Nazaret. Creyeron (tenían motivos para hacerlo) que Él sería quien libraría a Israel. Y ahora, tres días después de su crucifixión, lo único que queda es la duda, la tristeza, la desilusión, la desesperanza.
Estos discípulos deciden alejarse de Jerusalén. Me parece un mecanismo de defensa bastante lógico. Porque ese, además de ser el lugar donde habían crecido su esperanza en esas promesas, también había sido el lugar donde había muerto todo en la cruz.
La fe de estos dos hombres está herida, sus ojos están tan nublados, tan aturdidos por lo que ha sucedido que no consiguen reconocer a Jesús, incluso cuando camina a su lado.
Esta historia de Emaús es nuestra historia. Vamos ahora a fijarnos con atención cómo actúa Jesús dentro de este relato, porque en su modo de proceder se revela mucho la esencia de su amor y de su misericordia, porque qué asombrosa es la paciencia infinita y el respeto absoluto de la libertad de Dios que tiene para nosotros.
Aquí comienza el milagro de la paciencia de Cristo, porque cuando aparece junto a estos dos hombres, Él no se impone, no aparece de repente con todo su esplendor, con toda su gloria. Les echa en cara directamente su poca fe, no les obliga inmediatamente a creer, sino que simplemente se acerca, se une al camino de estos hombres y les pregunta: ¿de qué venían conversando?
JESÚS RESPETA EL RITMO
Esto es una opinión muy personal, no es dogma de fe, pero yo me imagino al Señor haciendo esta pregunta y por dentro muerto de risa, pero también sumamente conmovido mientras escuchaba a estos dos discípulos en echarles aquel cuento de lo que Él mismo había vivido en primera persona.
Me sorprende mucho que Jesús respeta el ritmo, porque si te están echando un cuento del que Tú te sabes todos los datos, la tentación de intervenir es muy fuerte.
Pero Jesús respeta el ritmo. Respeta la necesidad de hablar que tenían estos dos hombres, la necesidad de desahogarse, de exponer toda su tristeza. Podría haberles dicho: “dejen ya de quejarse, no se dan cuenta que soy Yo el que resucitó”.
Pero en cambio, qué sorprendente, Señor, Tú los escuchas, Tú les permites que expresen todo su desencanto, hasta el punto de que el desahogo y la melancolía es tal que dicen:
«nosotros esperábamos que Él fuera el libertador de Israel…»
(Lc 24, 21).
Qué dolor y qué esperanza tan frustrada en esta confesión.

Aquí la primera lección para nosotros de este evangelio de hoy: el Señor tantas veces tampoco irrumpe nuestras vidas con prepotencia, sino que se hace compañero de nuestro camino. Respeta la distancia, cosa que es asombrosa porque estamos hablando nada más y nada menos que de Dios. Él respeta también nuestro tiempo de duelo, nuestro espacio para la duda, por los motivos humanos.
Él camina a nuestro paso y nos pide obviamente que vayamos a su paso, pero mira, tantas veces no tiene mayor problema en ir al nuestro, incluso cuando esos pasos a veces nos llevan lejos de Él.
¡Qué paciencia la de Dios!
SALMOS DE LAMENTACIÓN
Ahora me acabo de acordar de un dato interesante de la Sagrada Escritura. Cuando estudiamos los salmos se habla de los géneros de los salmos y existe un grupo que es el más numeroso, que es el de los salmos de lamentación. Sorprende saber que este es el género más numeroso y por bastante.
De cada tres salmos, uno es salmo de lamentación (casi el 40%). ¿No te parece sorprendente? Los salmos, que son palabra de Dios, palabras que Dios mismo nos presta para que hablemos con Él, muchas veces son salmos de lamentaciones, son palabras de queja. Dios nos presta palabras para que nos quejemos con Él. ¡Qué paciencia la de Dios!
Pero no todo queda en la queja, porque si no sería inútil, sino que siempre en estos salmos de lamentación, después de que el salmista no se ha dejado nada por dentro y se ha desahogado totalmente, termina el salmo con un acto de confianza:
«En Dios haremos proezas, yo confío en el Señor, el Señor es mi roca, mi baluarte…», etc.
(Sal 18, 2).
Pareciera que el Señor está buscando hoy lo mismo con este Evangelio. Una vez que ha escuchado a estos dos discípulos desahogarse, Jesús ahora ejerce su paciencia de Maestro para consolidarlos en la fe. Utiliza las Escrituras, les explica todo, desde Moisés hasta los profetas, para explicar por qué era necesario que Cristo padeciera para entrar en su gloria.
UNA PACIENCIA PEDAGÓGICA
Fíjate bien que no les da una orden, no les da inmediatamente las razones, sino que, además de que no les exige una fe ciega, les ofrece la luz de la palabra. Con una paciencia admirable les va revelando el sentido de todo lo que ellos han escuchado tantas veces: el sentido de la Cruz, el sentido que va mucho más allá de esas experiencias que han quedado frustradas, esa paciencia de Cristo que es una paciencia pedagógica.
Y como decimos tantas veces, el pasaje de los discípulos de Emaús es la historia de nuestra vida, porque también el Señor ha tenido con nosotros una paciencia pedagógica.
Ahí nos enseña que la fe no anula la razón, sino que la ilumina y poco a poco, con ese amor típico de Dios, sin forzar, va preparando el terreno de nuestro corazón.
En el Evangelio de hoy se nota que el fruto de esa paciencia es inmediato, porque ellos dicen:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras?»
(Lc 24, 32)
Por eso, este Evangelio es para ti y para mí una invitación a maravillarnos por ese modo en el que Dios nos va llevando por la vida. Esa historia de Emaús es nuestra historia. Dios soporta pacientemente nuestras impertinencias, nuestras quejas, nuestras impaciencias, nuestra tardanza para entender las cosas que están pensadas por Él. ¡Qué paciencia la de Dios!
RESPETA LA LIBERTAD

Y por si el mensaje no había quedado claro en el Evangelio de hoy, una vez que llegan los tres a Emaús, el texto dice que Jesús hace ademán de seguir adelante.
Este gesto es muy revelador, porque una vez que les ha abierto los ojos de la razón al explicar las Escrituras, además de haberles revelado la verdad, Jesús todavía respeta la libertad de que ellos decidan si quieren que Él se quede con ellos o no. Aquí tampoco Jesús se impone.
Incluso después de haber recibido ese bálsamo con su cercanía, de haberles mostrado la verdad, Jesús sorprendentemente deja espacio para la libertad de aquellos hombres.
Pero para que de verdad esta historia de Emaús termine de ser también nuestra historia, tú y yo tenemos que usar también nuestra libertad para decir: “Quédate con nosotros, Señor”. Que no te dejemos pasar de largo cada día, en cada misa, en cada comunión, en cada rato de oración, en cada detalle de servicio, en cada sacrificio llevado para unirnos a la Cruz. Señor, libremente, yo quiero decirte: no pases de largo, quédate conmigo.
Él está caminando con nosotros ahora mismo, en nuestras tristezas, en nuestras dudas, en nuestros caminos de huida. El Señor nos escucha, nos va explicando el sentido de las cosas, pero al final de cada jornada queda intacta nuestra libertad. Él espera que seamos nosotros los que les digamos libremente: “Quédate con nosotros, Señor”.
SAQUÉMOSLE PROVECHO
Vamos a pedirle al Señor que, especialmente el día de hoy, nos conceda la gracia de reconocer más rápidamente su presencia junto a nosotros, especialmente esa paciencia tan asombrosa cuando camina a nuestro lado, especialmente en los momentos de mayor confusión.
Que le saquemos mayor provecho a esa confianza que el Señor quiere tener en nosotros hasta el punto de que deja que nos desahoguemos, que acudamos a Él a la oración para contarle lo que Él ya sabe. Eso sí, siempre y cuando no dejemos de confiar en su providencia.
“Señor, enciende en nuestros corazones esa palabra tuya para que, libres y libremente convencidos, te digamos cada día: quédate con nosotros, Señor, porque te necesitamos para volver a empezar”.



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