Hay muchos sucesos de la vida de santa Teresa de Calcuta que nos impresionan por su generosidad y su entrega.
Los que la conocieron cuentan que tenía los pies gravemente deformados. Se cree que fue una condición que se desarrolló con el tiempo, por su costumbre de elegir los peores zapatos que llegaban de las donaciones.
Siempre que le daban zapatos usados, revisaba el montón y se quedaba con el peor par, dejando los mejores para los niños y para los pobres.
Evidentemente, no es que ella tuviese mal gusto ni mucho menos que ella fuese masoquista, sino que vivió siempre con un criterio muy claro: el amor. Siempre que toque elegir, elegir el amor.
Pero no cualquier amor. Bien lo advertía san Agustín cuando usaba aquella famosa imagen:
“Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial”.
En el caso de santa Teresa de Calcuta, es evidente cuál es el amor que eligió. En el ámbito de las virtudes, el amor recibe el nombre de caridad. Tanto aquella que dirigimos a Dios, como la caridad con el prójimo.
Y Tú, Señor, has dejado muy claro el criterio: lo primero es el amor a Dios, la caridad hacia Dios y, como consecuencia de esto, el amor al prójimo, “en esto se resumen la ley y los profetas”.

DARLE CUMPLIMIENTO
Jesucristo no vino a abolir la ley, sino a llevarla a su perfección, a darle cumplimiento, a revelar el sentido inicial por el que Dios quiso dejar esas instrucciones al pueblo de Israel.
El criterio primero y principal de todos, es: “el amor”.
Y para que nada de esto quede en teoría de escritorio, Dios mismo nos muestra en la cruz hasta dónde llega el cumplimiento de esta nueva ley:
“Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos”.
(Jn 15,13)
En este campo de la caridad, no es que Dios sea como el domador de bestias que nos obliga a saltar por el aro de fuego a punta de látigo.
Dios es El que se somete libremente a esta misma ley del amor, para darnos ejemplo y para que no nos sintamos solos cuando nos cueste vivirla.
Estos son los pasos que han seguido los mártires. Hoy, por ejemplo, celebramos la memoria de santa Inés, una mujer que prefirió morir antes que mancillar su amor a Dios, y así vivieron tantos mártires en la historia de la Iglesia.
DÍA DE DESCANSO
Pero como a ti y a mí, de ordinario, no se nos pedirá la prueba del martirio para demostrar el amor a Dios y a los demás.
Dios también nos da ejemplo de cómo vivir esta ley de la caridad en las situaciones concretas de la vida.
Esto es lo que escuchamos en el Evangelio de hoy, Jesús entra de nuevo en la sinagoga. Allí se encuentra a un hombre con una mano paralizada.
La situación se complica inmediatamente porque el día es sábado, el día de descanso sagrado por ley para todo el pueblo de Israel.
Pero la tensión real no está entre Jesús y el hombre enfermo, sino entre Jesús y un grupo de observadores de la Ley: “los fariseos”, quienes lo espían.
El texto nos dice:
«Y le acechaban para ver si le curaba en sábado y poderlo acusar.»
(Mc 3,2)
¡Qué ironía! En la casa de oración, en el día de la bendición –el día sábado-, el corazón de algunos está lleno de malicia y cálculo.
Su propósito no es glorificar a Dios por un milagro, ni regocijarse por la liberación de un hermano, sino encontrar una falta, un pretexto para condenar.
CAMINO PARA LA VIDA
Para ellos, la letra de la ley es una trampa, un arma para la crítica, no un camino para la vida.
Jesús no se esconde. Él confronta la hipocresía y el legalismo. Llama al hombre al centro:
«Levántate y ponte ahí en medio.»
(Lc 6, 8)
Al ponerlo en el centro, Jesús nos enseña que el sufrimiento humano, la necesidad del prójimo, debe ser siempre el centro de nuestra atención y de nuestra moral.
Vivir la caridad con quien puede necesitar nuestra ayuda es una obligación del cristiano.
Y entonces, Jesús lanza la pregunta que desarma a sus acusadores y que interpela a todo legalista de todos los tiempos, no solo a los del siglo primero sino a ti y a mi cuando sufrimos esta tentación:
«¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?»
(Lc 6, 9)
Ellos callaron. Su silencio es la confesión de su dureza de corazón. El bien y el mal. La vida y la muerte. Jesús reduce la Ley a su mínima expresión moral: la acción que salva y la acción que condena.
ELEGIR LA DESTRUCCIÓN
Al anteponer la ley del sábado al rescate de un hombre, los fariseos estaban, de hecho, eligiendo la destrucción, cuando el texto era para edificar.
El texto culmina con la acción de Jesús:
«Luego dice al hombre: ‘Extiende la mano.’ Él la extendió y quedó restablecida.» Y la reacción de Jesús ante el silencio hostil: «Jesús, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón…»
(Mc 3, 5)
Aquí reside el núcleo de nuestra meditación: entre todas las virtudes, la Caridad (el Amor) es la principal.
San Pablo, en su himno a la caridad (1 Corintios 13), lo diría sin ambages:
“Si tengo todos los dones, si conozco todos los misterios, si tengo toda la fe para mover montañas, pero no tengo Caridad, no soy nada.”
(1Co 13, 2)
Nosotros podíamos seguir la lista: Si tengo mucho dinero, si tengo muchos seguidores en Instagram, si soy muy eficaz en el trabajo, si tengo tremendos talentos…

Pero si para mí, lo principal no es la caridad a Dios y la caridad al prójimo, cero a la izquierda.
La Caridad es la virtud teologal que nos une a Dios y nos impulsa al prójimo. Es el mandamiento nuevo y único que Cristo nos dejó, instrucciones fáciles y sencillas:
«Amaos los unos a los otros como yo os he amado.» (Jn 13,34)
Es el principio y el fin de la Ley. De hecho, de entre las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), dice san Pablo:
“La mayor de todas ellas es la caridad”
(1 Co 13,13)
LA CARIDAD ES UNA VIRTUD TEOLOGAL
Si hay caridad, se comprende mejor a los demás, y si es al revés, no puedo comprender a los demás, pues tengo que pedir más caridad.
Si hay caridad, hay más paciencia con las limitaciones de los demás, y si no tengo nada de paciencia con los demás, y lo que veo son sus defectos que me sacan de mis casillas, pues lo que tengo que pedir es más caridad.
Si hay caridad, se aprende a exigir a los demás para que libremente aspiren a cosas mejores.
Si hay caridad, el resto de las virtudes (incluyendo otras importantes como la justicia, la puntualidad, el orden, la laboriosidad, etc.) han de adaptarse a la caridad.
El Evangelio de hoy es muy útil para nuestra vida de cristianos, porque de ordinario, el deber y la caridad van de la mano, pero en el caso de que no sea así (es el ejemplo de hoy), gana la caridad. Es lo que Dios espera de nosotros.
Y así, en el día a día, si tocase elegir entre justicia y caridad, ya sabemos quién gana; si nos toca elegir entre eficacia y caridad, ya sabemos quién gana.
Si nos toca elegir entre el propio derecho y la caridad con el prójimo, ya sabemos quién gana.
Tal vez no tocará llegar a estas diatribas tan extremas, pero si llega, ya Jesús nos ha dejado el criterio claro.
Como la caridad es una virtud teologal, hay que pedirla a Dios como un don de fe.
Aprovechemos la memoria de santa Inés para que, por su intercesión, vivamos con este criterio claro de saber que cuando toque elegir, siempre primero: el amor a Dios y al prójimo por encima de todo.



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