A veces uno, sin darse mucha cuenta, se compara, ve a otros hablar de su casa, de sus papás, de lo que han recibido… y por dentro piensa: “yo no tuve eso”.
Y no es victimismo. Es real.
Hay historias donde el amor fue claro, constante… y otras donde fue confuso, escaso o incluso doloroso.
Y justo ahí, en ese punto tan sensible, Jesús hoy nos dice algo que descoloca:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9-11).
Jesús… ¿así? ¿Como el Padre te ama a Ti? ¿A mí también me ama?
Porque uno podría decir: “sí, pero… si supieras mi historia…”.
Y, sin embargo, Tú no pones condiciones. No dices: “los amo si tuvieron una buena familia”. No.
Tú nos dices:
“Así os he amado yo”. (Jn 15, 9)
NO CONOCIÓ EL AMOR
Pienso en Tim Guénard. Un hombre que prácticamente no conoció el amor en su infancia.
Su mamá lo abandono, lo amarro en un poste y lo abandono cuando tenía tres años.
Su padre lo recogió, pero era un alcohólico y estaba arrejuntado con una señora y con otros hijos y a esos hijos los quería, pero a Tim no lo quería.
Un día su papa muy borracho, lo maltrató brutalmente… hasta el punto de dejarlo hospitalizado tres años, con 54 huesos rotos.
¡Una historia terrible! Después, orfanatos… donde también lo maltratan, donde tampoco encontró cariño.
Hasta que a los 13 años huye y termina viviendo en las calles de París.
Jesús, ¿cómo se sostiene un corazón así? ¿Cómo aprende alguien a amar… si nunca lo han amado, si nunca ha recibido amor?
Y, sin embargo, la historia de Tim no se queda ahí. Porque Dios empieza a meterse —muy discretamente— en su vida.
A través de personas concretas: -Un indigente… que le enseña a leer, que lo llama Papá Gaby… que lo acoge en su granja.
Un policía… que, aunque lo detiene, lo mira a los ojos como nadie lo había mirado antes.
SIEMPRE TIENE TIEMPO PARA ÉL
Una jueza… que no lo hunde, sino que le consigue un trabajo, porque ya lo había condenado varias veces, lo había sacado, ya lo había visto varias veces y finalmente le consigue un trabajo.
El padre Thomas… un sacerdote al que puede ir a visitar incluso a las 3 de la mañana, y que siempre tiene tiempo.
Tim decía que los “minutitos” del padre Thomas eran famosos… porque duraban media hora. Porque escuchaba. Porque acogía. Porque hacía de padre.
Jesús… ¿yo me doy cuenta de estas personas que Tú has puesto en mi vida?
¿Quiénes han sido para mí ese “regalo” tuyo… aunque no hayan sido perfectos?
Porque a veces esperamos un amor ideal… y mientras tanto se nos pasan los amores reales que Tú nos has dado.
Hay un momento muy fuerte en la vida de Tim; empieza a trabajar en un trabajo que le consigue esta jueza, construyendo gárgolas, allí conoce a un hombre que se llama Jean-Marie.
Él vive en un lugar llamado El Arca, con personas con discapacidad mental, y un día decide ir, y se encuentra con algo totalmente nuevo.
Dice que fueron las primeras personas que lo trataron con normalidad, uno de ellos se le acerca, pone su mano en su pecho y le dice: “Eres agradable, Tim”. Nunca nadie se lo había dicho.
“Jesús… qué fuerza tiene una palabra así.”
¿Yo soy consciente de lo que puede significar para alguien una palabra mía, una palabra de amabilidad y de cariño?
SE ARRODILLA Y LO INTENTA
Luego lo invitan a comer. Y al final, uno le dice: “¿Vienes a ver a Jesús conmigo?”
Tim ni siquiera entendía. Pensaba que era un señor que se llamaba Jesús. Y lo llevan a una capilla, ahí estaba, en la custodia.
Y él mira… y no entiende nada. Ve a los demás tranquilos, serenos… como si realmente estuvieran viendo a alguien.
Y piensa: “si ellos pueden… ¿por qué no yo?” Se arrodilla, intenta. No pasa nada, no siente nada, se desespera un poco.
“Y piensa: ¿será que hay que hacer algún truco… cerrar los ojos… algo…?” Pero nada. Y sin embargo… se queda. Jesús… qué impresionante eso.
No entiende. No siente. Pero se queda. Eso es permanecer. Y ahí conecta directamente con lo que Tú nos dices hoy:
“Permaneced en mi amor”. (Jn 15, 9-11)
No dices: “sientan siempre”. no dices: “entiendan todo”. Nos dices: “permanezcan”. ¡Qué distinto!
YO SÉ PERMANECER
Jesús, ¿yo sé permanecer… o me voy cuando no siento nada? ¿Cuándo me cuesta, lo abandono… o me quedo contigo?
Porque al final, la clave no es cuánto amor recibí en mi historia. Sino ¿si hoy acepto el amor que Tú me das, Señor, hoy?
Y si aprendo a vivir desde ahí:
“Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”.
(Jn 15,10)
Es decir, vivir como alguien amado. No buscando amor desesperadamente… sino respondiendo al amor que ya tengo.
Jesús, ayúdame a hacer ese cambio. A no vivir desde la carencia… sino desde el don.
A no quedarme en lo que faltó… sino a agradecer lo que sí ha habido, personas concretas, momentos concretos, detalles tuyos… muy reales.
Y, sobre todo, a creer —de verdad— que Tú me quieres así, como soy. Aunque mi historia no haya sido perfecta, aunque haya heridas, aunque me cueste.
“Para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.
(Jn 15,10)
UNA HISTORIA PERFECTA
La alegría no viene de una historia perfecta, viene de saberse amado y de permanecer en ese amor.
Madre mía… tú que viviste siempre en ese amor del Padre, enséñame a confiar, a no complicarme, a quedarme, a permanecer.
Jesús, gracias porque me amas como el Padre te ama.
Enséñame a permanecer en tu amor, aunque no entienda, aunque no sienta, aunque me cueste.
Madre mía, Virgen María… tú sí sabes lo que es amar de verdad. Amar sin condiciones, sin cansarte, sin medir.
Tú nos quieres como somos, con nuestra historia concreta, con lo bonito y también con lo que duele.
Y, además, nos enseñas a dejarnos querer. Hoy te pido que me ayudes a descubrir ese amor tuyo tan real, tan cercano, tan de madre.
Y que, a través de ti, aprenda también a permanecer en el amor de tu Hijo, con confianza, sin miedo, sabiendo que nunca estoy solo.

