ACTUAR EN MEDIO DEL MUNDO
Hoy acudo a Ti en este rato de oración, en este diálogo íntimo de corazón a corazón y vengo buscando tu mirada.
Esa misma con la que llamaste a los doce. Esa misma con la que conquistaste al alma sencilla y recia del Padre Pío de Pietrelcina, cuya memoria celebra hoy toda la Iglesia.
Señor, tú sabes de qué barro estamos hechos. Conoces nuestras fragilidades y también los anhelos hondos que has sembrado en nuestra alma.
Y en esta mañana de oración, te pido la gracia de comprender cómo actúas Tú. Porque Tú nos llamas, Señor.
Yo recuerdo mi propia vocación y soy consciente de que Tú fuiste poniendo esas cosas en mi alma.
Cómo nos despojamos de lo superfluo para llenarnos de Ti. Cómo nos envías a un mundo que tantas veces ruge como una manada de lobos. Pero dotados de tu autoridad, de tu gracia y de tu misericordia, Señor queremos actuar en medio del mundo.
Hoy en el Evangelio nos relata san Lucas ese texto del primer envío de los apóstoles. Quiere decir que Jesús, después de predicar y de hacer milagros, envía a sus discípulos a hacer lo mismo.
Dice el texto:
«Habiendo convocado a Jesús a los doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios para curar enfermedades. Y luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos».
NADA PARA EL CAMINO
No sé si, Señor Jesús, les impusiste las manos. Tal vez si hubiera sido así, alguien le hubiera recogido.
O simplemente, al decirlo Tú en una comida, ya les transmitiste esa capacidad. No sabemos exactamente cómo fue. Lo que sabemos es que ese poder y esa autoridad terminaron en manos de los apóstoles.
Porque Jesús, podemos pensar cómo Tú te detienes frente a ellos. No los mandas a una tarea cualquiera, los envistes de lo tuyo, de tu palabra, de tu potestad sobre el maligno. De tu unción para devolver la salud y la paz.
Pero claro, inmediatamente después añades una condición que podríamos decir que es desconcertante en los ojos del mundo.
«No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas».
¿Por qué, Señor? Si van a una misión tan ardua, si los envías como ovejas en medio de lobos, ¿por qué privarlos de las seguridades humanas?
Y es que Jesús nos hace ver que en ese primer envío quería grabar a fuego en su alma una lección indispensable: que quien va en nombre de Jesús no puede apoyarse en sus propios pertrechos, en sus propias cosas, en sus talentos.
Si llevaban dinero habrían confiado en su bolsa. Si llevaban provisión de pan habrían medido sus fuerzas por la despensa.
Pero querías que experimentaran en carne propia lo que tu providencia decía. O sea, que basta tu fuerza, Señor, que la fuerza del apóstol no reside en los medios temporales, sino en la autoridad que brota de la comunión contigo.
ACRISOLADA
Claro, más adelante, en la Última Cena, les harás referencia a este momento, Señor, cuando los envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias. ¿Les faltó acaso algo? Claro, ellos respondieron, Señor, conmovidos, solo después de esa escuela que les hiciste pasar de indigencia, de abandono, cuando ya han aprendido que Tú, Señor, eres el único sustento. Ahí sí les dices, ahora el que tenga bolsa que la tome, lo mismo la alforja.
Sí, pero primero has hecho que ese corazón viva en el desprendimiento, para que luego cuando lleguen las protecciones y los medios humanos, jamás pongamos en esos medios nuestro corazón. Esta pedagogía tuya, Señor, armonizan admirablemente con la oración que leemos en la Primera Lectura del día de hoy, que es tomada de los Proverbios.
Dice:
«Toda palabra de Dios es acrisolada».
Esta palabra acrisolada es interesante, ahora la voy a explicar. Dice, continúo en el texto de Proverbios,
«escudo es para los que se refugian en él. Dos cosas te he pedido, no me las niegues antes que muera, aleja de mí la falsedad y la mentira, no des pobreza ni riqueza, dame mi pan necesario, no sea que me sacie y te niegue, diciendo quién es el Señor, o qué empobrecido urte y profane el nombre de mi Dios».
Esta palabra de Dios que debe ser acrisolada. El crisol es ese horno donde se ponen las cosas para templarse, por eso habla de una espada, de un escudo. Escudo para los que se refugian en él y por eso pide dos cosas,
«aleja de mí toda falsedad y toda mentira».
Cuando uno se deja llevar por las pasiones, las cosas acrecientan los problemas o las emociones.
Estoy leyendo ahora un libro de Thomas Hardy, buenísimo, que habla un poco justamente sobre esto, porque se trata de una chica que se llama la señorita Everdeen, que tiene tres pretendientes. Uno puede ver las características de cada uno, está muy bien descrito y se encuentra con uno que es muy mesurado, otro que las pasiones le ganan y las cosas que dice y las formas en las que se expresa.
Claro, son salidas de tono, y otro que busca simplemente conquistar y también dice unas cosas que son súper fuertes y está dispuesto también por conquistar, hacer cualquier cosa, incluso por ejemplo desprenderse de un reloj que había permanecido en su familia muchísimos años.
Un hombre que su palabra valía poco, pero en definitiva uno puede ir comparando estos tres caracteres, el que más acrisolado tiene todo, el que no se aleja por la falsedad o la mentira, o que tampoco se fija sólo en su propia riqueza.
Ese es el que puede reaccionar mejor, el que sirve mejor, por eso qué sabiduría tan honda encierra esta plegaria de Proverbios, porque el autor sagrado no pide la opulencia o tener muchos bienes, porque sabe que el exceso de seguridad material engendra soberbia, suficiencia, olvido de Dios.
Pero claro, tampoco pide una miseria desesperante que le pueda hacer tambalear el alma, pide el pan de cada día, el sustento justo, el abandono confiado en las manos del Padre.
Jesús, ¿cuántas veces nosotros nos cargamos de alforjas innecesarias en nuestro apostolado, en nuestra vida de familia, en el trabajo, en nuestras tareas cotidianas, y nos angustiamos por asegurar el éxito , por controlar el futuro, por tener reservas humanas para cada eventualidad? Y a medida de tantos cálculos nos olvidamos de que Tu palabra realmente es un escudo para el que en Ti confía.
TÚ ESCOGES ALMAS
Nos cuesta creer que tu gracia es suficiente, por eso, Señor, danos ese corazón sobrio, libre de falsedad, acrisolado, que no busca instalarse en el confort, ni se desalienta ante la escasez, ni permite unas emociones tan grandes… Sino que sólo desea estar disponible enteramente para tu misión.
Por eso, al mirar la historia de la santidad descubrimos cómo esta lógica tuya se repite en cada época.
Tú escoges almas para misiones concretas y exigentes, despojándose de todo brillo humano para que resplandezca tu gloria.
Ya contemplamos a San Pío de Pietrelcina, el Padre Pío, un fraile capuchino, sencillo, oculto en las montañas de San Giovanni Rotondo. No tenía títulos de renombre humano, ni influencias, ni recursos mediáticos, y sin embargo, lo enviaste a una trinchera bravísima, la lucha frontal contra el demonio y el misterio desgastante de pasarse horas de horas en el confesionario.
Y como a los doce, le diste potestad para sanar y consolar, y en su cuerpo llagado con tus mismos estigmas.
Porque eso es lo que le diste, le hiciste experimentar el peso de la cruz. Pasaba este hombre de catorce a dieciséis horas diarias encerrado en un confesionario estrecho y caluroso, arrancando de las garras del demonio a las almas, curando esas heridas interiores.
Por eso, el padre Pío conoció el asedio, los ataques feroces, la incomprensión de muchos, incluso el dolor del silencio, y las restricciones impuestas por la prudencia de la misma iglesia que él tanto amaba.
UNA VIDA EJEMPLAR
¿Y qué tenía para defenderse? Pues no tenía alforja, ni dinero, ni comodidades, pero tenía dos armas invencibles: la misa, vivida con una piedad sobrecogedora, (tenemos videos de el Padre Pío celebrándola) y el Santo rosario, al que llamaba sencillamente mi arma.
Nos decía con convicción, ora, ten fe y no te preocupes, porque la preocupación es inútil, Dios es misericordioso y escuchará tu oración.
Su vida entera fue testimonio vivo de cuando un alma se vacía de sí misma y abraza la cruz, se convierte en un cauce desbordante de la gracia divina.
Por eso al terminar este rato de oración, puedes volver la mirada a tu propia vida. ¿Cuáles son tus alforjas? ¿A qué seguridades humanas te estás aferrando que te impiden volar alto en la entrega apostólica? ¿Acaso el prestigio, el apego a tu tiempo, a la comodidad, o el miedo al qué dirán?
¿Buscas la santidad en lo ordinario? Mira, el padre Pío no eligió los estigmas, eligió la fidelidad a la oración y el amor a las almas en el confesionario y en el altar.
Por eso podemos decirle, Señor, ayúdame a no soñar con batallas ficticias, sino a santificar el deber de cada momento, aceptando la cruz con paz y alegría.
Ponemos estos propósitos en manos de nuestra Madre, la Virgen María. Ella nos acompañó siempre, nos acompaña siempre. Sostuvo también maternalmente al padre Pío en sus noches de Getsemaní. Que nos alcance la gracia de ser valientes y desprendidos en el Evangelio.

