YO HE VENCIDO AL MUNDO
¡Señor, qué alegría tener este ratito de conversación Contigo! Nos hemos puesto en tu presencia y queremos verte a los ojos con total confianza. Hoy nos recibes con esas palabras del Evangelio de San Juan que salen en la liturgia de este lunes.
«Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor. Yo he vencido al mundo».
Qué descanso, Señor. Ya sabemos que en el mundo tenemos que sufrir. Tú no nos engañas, no nos prometes una vida sin problemas, sin preocupaciones por los hijos, sin achaques de salud, sin enfermedades, sin dificultades económicas. No.
El sufrimiento, sabemos, siempre estará aquí. Pero inmediatamente nos das la clave:
«Tengan valor, Yo he vencido al mundo».
Y nuestra meta, nuestro verdadero hogar, no está aquí abajo, está arriba, en el Reino de los Cielos.
Tal vez pensaba que para ayudarnos a vislumbrar ese Cielo, podríamos usar un testimonio real. Es una historia de un joven que se llama Gabriel, que lo vi hace poco y la verdad es que me llamó muchísimo la atención.
Él cuenta que hace unos años, sufrió un accidente terrible en un monopatín eléctrico. Se cayó de cabeza, se fracturó el cráneo y se quedó en un coma profundo durante 18 días. Los médicos no daban esperanzas, decían que si sobrevivía quedaría en estado vegetal.
De hecho, hablaban ya de él como alguien en el pasado. Pero mientras su cuerpo luchaba en un hospital, cuenta él que su alma experimentó algo que transformó su vida para siempre.
EN PRESENCIA DE JESÚS
Cuenta, no sé qué tan real todo esto sea, pero su testimonio es realmente sorprendente, dice que fue llevado a la presencia de Jesús.
Me gustaría que nos sirviera para repetírselo al Señor: “Señor Jesús, mi paz eres tú y mi hogar es tu cielo”.
Gabriel cuenta que al salir de su cuerpo, no es que se haya desdoblado o alguna cosa, sino que simplemente fue absorbido por una luz. Pero lo hermoso es que descubrió que esa luz no era una cosa o un lugar físico con nubes, sino que era la luz, era una persona, era Jesús.
Y él relata que el Cielo no es una ubicación geográfica, sino que el Cielo es Él. Eres Tú, Señor. En el Cielo todo respira a Cristo, todo canta a Cristo, todo habla de su amor, dice Gabriel.
Y yo pensaba que a veces cuando pensamos en el Reino de los Cielos nos imaginamos como algo lejano, abstracto, unas nubecitas, alguien tocando el arpa… Pero Jesús nos dice también en el evangelio de hoy:
«El cielo es el amor absoluto».
El cielo es estar Contigo, Señor.
Y este amor absoluto que anhelamos en la Tierra y que a veces intentamos llenar con cosas que se acaban y que nos dejan desasosiego, es simplemente esa llamada, esa tendencia natural que tenemos a llenar, a llenarnos. Pero en realidad lo único que nos puede llenar es Jesús.
EN UN LUGAR SANTO
Pero volvamos a la escena.
Imagínate a Gabriel, verse en ese lugar santo y reverente ante Jesús, el Rey de Reyes. Y claro, dice que experimentó un temor santo, que agachó la cabeza lleno de vergüenza pensando, ahora Jesús va a sacar la lista de todos mis pecados, de todos mis errores, de todo lo que he hecho mal.
¿No nos pasa a veces a nosotros en la oración que nos abruma nuestras miserias, nuestras impaciencias del día a día, nuestras faltas de caridad…?
Pero Gabriel cuenta que Jesús con una ternura infinita tomó su rostro, le levantó la cara, lo miró fijamente a los ojos y con una sonrisa en los labios le dijo: —Gabriel ¿por qué te preocupa aquello que yo ya pagué en la Cruz? Qué maravilla Señor, porque tu misericordia es eterna. Cuando nos arrepentimos, Tú ya has pagado la deuda. Nos miras con ojos de Padre, con ojos de Hermano.
Por eso quiero decirte de nuevo Señor: “Señor Jesús, mi paz eres tú, mi hogar es tu Cielo”.
Otro detalle también precioso de la historia de Gabriel, dice que mientras él estaba en coma, miles de personas en todo el mundo se unieron a rezar por él. Su familia, sus amigos, personas en redes sociales, todos estaban suplicando por su vida. También cuenta que cuando estuvo ante Jesús, el Señor le permitió ver las oraciones de la gente, fíjate, y no las vio como unas palabras flotando ahí, sino como estructuras reales, como autopistas espirituales de luz que llegaban directamente al trono de Dios.
LA ORACIONES SÍ LLEGAN A DIOS
Y Jesús le hizo comprender que, ninguna oración se pierde, que cada jaculatoria, que cada rosario rezado con fe por una madre, por una abuela, por una esposa, es recogido con amor en copas de oro en el Cielo.
De hecho Gabriel sintió que esas mismas oraciones de la Iglesia fueron el vehículo que Jesús utilizó para enviarlo de regreso a su cuerpo. “Vuelve y cuéntales lo que mucho les amo”: Fue como esa misión que él tuvo.
Y madre mía, qué responsabilidad y qué consuelo tenemos entre manos, porque a veces puedes pensar tú también, ¿servirá de algo que rece tanto por mi hijo que está alejado de Dios? ¿O servirá de algo ofrecer mis dolores cotidianos? Y sí, pues cada oración tuya está construyendo puentes hacia el Cielo, y Jesús las escucha todas, y todas llegan a Dios Padre, aunque a veces no veamos las respuestas en el tiempo que queremos. Nuestra fe no está en la respuesta inmediata, sino en la fidelidad a Cristo.
Él sostiene el tiempo en sus manos. Por eso, en medio de las tormentas del mundo, no perdamos la alegría. Confiemos en que nuestras oraciones sostienen a los que amamos.
Por eso digamos una vez más: “Señor Jesús, mi paz eres Tú y mi hogar es tu Cielo”.
Gabriel despertó del coma milagrosamente. Su cerebro, según los médicos, tenía que haber estado destruido, pero sanó por completo.
Volvió a la Tierra, pero ya no era el mismo. Dice que su perspectiva del tiempo cambió. Ahora vive dando gracias por cada día, sin ansiedad por el futuro.
Entendió que la ansiedad nace cuando queremos controlarlo todo nosotros y le decimos a Dios, yo me encargo. Mientras que la paz nace de la confianza absoluta de decirle, Jesús confío en ti.
TRANSFORMACIÓN DE VIDA
Sigue contando Gabriel que su vida transformó también la de los demás. Porque un detalle así, que me pareció muy curioso, es que dice que aprendió a perdonar inmediatamente, a no juzgar a nadie hacia abajo, sino a mirar a todos con amor, buscando el bien de cada persona, porque entendió que Jesús nos amó primero sin que lo mereciéramos.
Y cuenta que una vez, ya después de años de haber despertado, jugando al baloncesto, un hombre lo empujó agresivamente para pelear, provocándole. Y Gabriel, en lugar de reaccionar con rabia, lo miró con calma y le preguntó con cariño, ¿estás bien? ¿te pasa algo? Y el hombre se quedó como impactado.
Y después de un poco de tiempo le contó que acababa de perder su trabajo, su pasaporte y que estaba lleno de ira contra el mundo. Y Gabriel le invitó y terminaron rezando juntos. Fíjate, el amor venció al odio.
Es que el Cielo es esto. El Cielo empieza aquí cuando sembramos paz en el hogar, cuando perdonamos las pequeñas ofensas del esposo o de los hijos, cuando en lugar de engancharnos en discusiones estériles, elegimos la paciencia y la sonrisa.
NO VIVAMOS AGOBIADOS
Como enseñaba San Josemaría: nuestro trabajo y nuestra vida ordinaria son el taller donde esculpimos nuestra eternidad.
El velo entre esta vida y el cielo es muy delgadito y estamos a un paso de la eternidad en cualquier momento. No vale la pena vivir agobiados. Por eso, repitamos: “Señor Jesús, mi paz eres Tú y mi hogar es el Cielo”.
Terminamos este rato de conversación Contigo, Jesús, y nos quedamos con tu promesa:
«En el mundo tendrán sufrimientos, pero tengan valor. Yo he vencido al mundo».
Te pedimos hoy, de manera especial, por intercesión de nuestra Madre la Virgen, que nos concedas esa paz que el mundo no puede dar. Cuando nos asalte la preocupación por el futuro, por la familia, por las dificultades, que miremos hacia arriba y recordemos que nos estás esperando con los brazos abiertos, listo para decirnos
«Por qué te preocupas si yo ya pagué por ti».

