Dice la sabiduría popular que para no ver los defectos de los demás, tendríamos que sacarnos los ojos. Y claro, lo que hay detrás de esa frase es que obviamente nosotros vemos las cosas, vemos las personas, vemos las circunstancias, y es muy difícil que no nos demos cuenta de cosas que nos parecen que van bien o que van mal. Y por eso tiene todo el sentido este refrán popular.
Esto Dios lo sabe, por eso que el Señor nos diga no veas los defectos de los demás no es una invitación a sacarnos los ojos, sino sobre todo a plantearnos cómo reaccionamos nosotros ante lo que percibimos como equivocado. Es decir, la lucha cristiana no está tanto en no ver, no percibir, no darse cuenta, sino cómo reaccionamos ante eso que percibimos.
Porque hay dos posibilidades fundamentales. Una, que nos estemos equivocando porque nos faltan datos. Solamente Dios es capaz de comprender la intención de las personas porque su mirada es capaz de penetrar hasta la médula del corazón humano. Y nos ha pasado más de una vez que hemos emitido un juicio y después nos hemos enterado de que había un dato extra que no teníamos en ese momento y hemos tenido que corregir el juicio.
DOS POSIBILIDADES
Pero además hay otra posibilidad y es que la pegamos. Es decir, que nos dimos cuenta de un defecto de otra persona y la pegamos porque es verdad ese defecto existe, esa o esa persona se equivocó en esta cosa concreta y mira no me vengan con cuentos porque yo sé qué es lo que es, yo sé qué es lo que he visto. Bueno suponiendo ese segundo escenario en el que estamos seguros de que hemos visto algo que no va y que estamos seguros de las intenciones, y ojo que esto es un juicio bastante temerario, ¿cómo quiere Dios que reaccionemos?.
A san Josemaría le gustaba mucho una cita de san Agustín en la que precisamente nos recomendaba cómo actuar ante lo que vemos de defectos, de miseria de los demás. San Agustín recomienda el siguiente consejo:
“Procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos y así ya no veréis sus defectos porque no los tendréis vosotros”.
Claro, este consejo es súper práctico. No se trata solamente de que yo no vea o de que me haga ingenuo o de que no me dé cuenta, no vea las cosas de los demás, sino en cierto modo como ver los defectos de los demás como algo que forma parte de la Providencia Divina. Es decir, algo que es un plan de Dios.
ADQUIRIR VIRTUDES
Y en este caso el consejo de san Agustín es buenísimo porque si yo veo algo en la otra persona y me di cuenta de que no es correcto, de que no está bien, san Agustín me dice: Piensa que aquello probablemente, si lo viste, ha sido porque el cielo te ha dejado que lo vieras. Y si te ha dejado que lo vieras, es porque quiere algo de ti. Y en este caso concreto, puedes asumir partes de la premisa de que lo que Dios quiere es que tú mejores exactamente en ese mismo defecto que acabas de ver en otra persona.
Y claro, esta premisa siempre funciona, porque si yo veo que el otro es un flojo, yo me doy cuenta y puedo decir, caray, si lo vi es porque Dios seguramente quiere que yo sea más diligente. Si yo me di cuenta de que esta persona es mentirosa, yo puedo asumir entonces, caray, esto si lo vi es porque Dios quiere que yo sea una persona mucho más sincera. O si veo que esta persona es lujuriosa, entonces yo puedo también asumir que, bueno, Dios lo que quiere es que yo viva cada vez con mayor delicadeza la pureza en mi corazón. Y así, con todos los defectos y con todas las virtudes.
UN TRUCO QUE SIEMPRE FUNCIONA
El truco maravilloso de este consejo de san Agustín es que siempre funciona. Porque nadie puede llegar a decir, ya soy suficientemente diligente, suficientemente humilde, suficientemente puro, suficientemente santo. Siempre podemos mejorar más. Y entonces asumir que Dios me está invitando a que mejoren algo concreto, esa premisa siempre es válida. Siempre, siempre puedo mejorar. Y así el defecto de la otra persona ya no solamente me indigna, ya no solamente me molesta, sino que hasta lo puedo agradecer. Lo puedo ver hasta con la alegría de que el cielo me ha hecho ver algo en lo que yo quiero y que mejore.
Después queda el otro capítulo de cómo voy a ayudar, si está en mi posibilidad, a ese hermano mío de quien estoy viendo un defecto. Y el Señor, en otro pasaje del Evangelio, nos habla de la corrección fraterna. Pero por lo pronto, vamos a hacer este primer paso. Reaccionar cristianamente ante las miserias, ante las equivocaciones de los demás, sobre todo para evitar la indignación innecesaria, para evitar los juicios innecesarios, Y también para evitar los malos ratos, porque como comentamos antes, resulta que más de una vez nos ha tocado echar para atrás cuando tenemos un mínimo de humildad porque nos dimos cuenta de que, incluso siendo verdadero lo que estábamos pensando, muy probablemente estamos faltando a la caridad.
LA LEY DEL AMOR
Y de eso habla el Evangelio del día de hoy, porque estamos en el capítulo 7 de san Mateo, todavía en el sermón de la montaña, que es como el discurso fundamental de Jesús, la carta magna, la constitución de esta nueva ley del Reino de los Cielos. Nos ha hablado de las bienaventuranzas, de la sal de la tierra, de la oración a Dios Padre, y ahora el Señor toca un tema que es una fibra sensible de nuestra convivencia humana, la ley máxima es la ley del amor.
Hoy concretamente el Señor nos dice:
“No juzguéis para que no seáis juzgados”.
Y de nuevo, aquí el Señor no nos está pidiendo que renunciemos al discernimiento moral. Esta frase, hay mucha gente que la toma como una bandera para decir todo vale y claramente el Señor no nos está diciendo todo vale. Lo que Jesús aquí nos está prohibiendo es una actitud de superioridad para la condena. Es decir, ese juicio de valor sobre la persona y sobre sus intenciones que solamente Dios puede hacer.
Nosotros, para emitir un juicio, nos basamos en los hechos, en las palabras de las personas. Pero las intenciones, la mayor parte de las veces, las tenemos que suponer. Dios en cambio no las tiene que suponer porque las ve las intenciones del corazón humano y por eso su juicio siempre es recto. En cambio nosotros tenemos allí todavía un margen que da espacio a la equivocación. Cuando juzgamos al hermano con especial dureza, en realidad lo que estamos haciendo entonces es ponernos en los zapatos de Dios pero en mal plan. Ponernos en el lugar que solamente Dios debería ocupar. Nos estamos sentando en una cátedra para juzgar que solamente a Dios le pertenece.
¿POR QUÉ LO VOY A HACER YO?
Nos olvidamos de que también nosotros somos ovejas sin pastor. También nosotros necesitamos esa mirada compasiva del Señor. Además, aquí una cosa sumamente interesante porque también nosotros podemos asumir que si yo me di cuenta de un defecto de un hermano, con mayor razón Dios también se dio cuenta. Se dio cuenta antes de que yo me diera cuenta y se dio cuenta con mayor intensidad de lo que me di cuenta yo. Y curiosamente, Dios que se da cuenta del defecto de ese hermano mío, no le manda un rayo para que lo atraviesen dos. Si Dios no lo hace, ¿por qué lo voy a hacer yo?
El juicio de Dios, que siempre es verdadero, también es siempre misericordioso. Y el hecho de que la mayoría de las personas del mundo siguen todavía respirando, seguimos respirando, seguimos abriendo los ojos cada mañana después de las equivocaciones de ayer, es una muestra más de que ese juicio de Dios es verdadero, pero también es misericordioso. Para hilar más fino todavía, el Señor hoy nos dice,
“Con la medida con que midáis, se os medirá”.
Es decir, aquí está más claro todavía. Esto es una advertencia sumamente seria. Además, nosotros solemos exigirle siempre a los demás mucho más de lo que nos exigimos a nosotros.
LA VIGA EN MI OJO
Así como tenemos y el Señor nos recomienda, invocar siempre esa misericordia infinita sobre nosotros, también nos pide que lo hagamos sobre los demás. Que no seamos jueces estrictos de los defectos de los demás si no tenemos modo de ayudar a esa persona a que mejore. ¿Cómo podemos concretar esta lucha? En la familia y en la comunidad, antes de reaccionar duramente ante el fallo del esposo, de la esposa, del hijo, del compañero de clase, lo que sea, vamos a hacer una pausa, que es una pausa cristiana.
Vamos a preguntarnos ¿qué viga hay en mi ojo, es decir, en mi corazón, que me impide ver con los ojos de Jesús? especialmente ahora en este mes del Sagrado Corazón de Jesús. O en nuestro diálogo ya interior, vayamos sustituyendo el juicio por la intercesión. Cuando vemos los defectos de los demás, hay algunas veces que podremos ayudar a esa persona con ese defecto directamente. Hay veces que no, pero lo que siempre podemos hacer es rezar por esa persona. Cuando sintamos la urgencia de criticar, convirtamos ese juicio en una oración de petición. Señor, que de verdad esta persona mejore en esto que a mí me parece un defecto.
LO QUÉ NOS MUEVE A MEJORAR
Y después también en el apostolado. Esto es sumamente interesante lo que nos dice el Señor, porque la misión nuestra no es ir por ahí con un martillo de herejes señalando en el mundo a la gente que se equivoca como desde un pedestal, sino hablarles precisamente de la paciencia y de la caridad de Dios, de la misericordia de Dios, que es atractiva y precisamente es la que nos mueve a mejorar cada día.
Vamos a encomendarnos a la Santísima Virgen María para decirle que poco a poco, con su intercesión también, vayamos cambiando este pobre corazón nuestro, tan lleno de soberbia, tan rápido para disparar, en un corazón generoso, un corazón misericordioso, un corazón que deja el juicio en las manos de quien tiene toda la potestad de hacerlo. Y además, Dios, a diferencia de nosotros, cuando emite juicios no se amarga. Vamos entonces tampoco a amargarnos porque confiamos en ese juicio del Señor.






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