ESCUCHA LA MEDITACIÓN

LO ÚNICO QUE IMPORTA

Hoy toca escarmentar en cabeza ajena. Vemos el error de Herodes y le pedimos vivir nosotros con unas coordenadas diferentes.

En el viaje del Principito llega un segundo planeta y ahí establece un diálogo con un habitante de aquellas tierras. De hecho, el único habitante de ese planeta: el hombre vanidoso.
“Golpea tus manos una contra la otra”, le aconseja el vanidoso. Y entonces el Principito aplaude y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero.
Y resulta que en esa estuvieron un rato, pero a los cinco minutos el Principito se cansó con la monotonía de este juego, de aplaudir y que el vanidoso pues le saludara con reverencia.
“¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga?”, preguntó el Principito. Pero el vanidoso no le oyó. Porque los vanidosos solo oyen las alabanzas.
– Y le dijo el vanidoso: “Tú me admiras mucho, ¿verdad?”.
– “¿Qué significa admirar?”, dice el Principito, que nunca se quedaba con una pregunta sin responder.
-Y dice el vanidoso: “Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta”.
– “Pero si solo estás tú en este planeta. – “Hazme ese favor”, dice el vanidoso.
“Admírame de todas maneras”. “Bueno”, dijo el Principito, te admiro”. “Pero ¿Para qué te sirve?”.

A MERCED DEL VIENTO

Seguramente has escuchado este diálogo muchas veces, en ese episodio del Principito, y el hombre vanidoso está muy bien representado aquí, porque es como una veleta que está a merced del viento.
En realidad, aunque el vanidoso muestre mucha seguridad, se puede decir que tiene la autoestima muy baja, porque si no, ¿por qué se preocupa tanto de cómo lo vean los demás?
Y en este diálogo, como otros tantos del Principito, aprendemos realidades muy profundas a partir de situaciones muy absurdas.
Me atrevería a decir que el Principito tiene una actitud más bien como pasivo-agresiva, ¿no?
Detrás de esa inocencia, hay una seguridad con la que él avanza sin retroceder, acorralando a esa persona con la que está hablando, en esa misma situación absurda que no tiene salida.
En el caso del vanidoso, lo lleva a ese callejón sin salida: “Te admiro, pero ¿para qué te sirve?”.
Cualquier respuesta que dé el vanidoso es un engaño, porque sentirse el más bello, el mejor vestido, el más rico, el más inteligente de un planeta donde solamente vive él, pues la verdad que es como una medalla inútil.

LA OPINIÓN MÁS IMPORTANTE: LA DE DIOS

Meditación acuática Háblame , del cielo, lo que importa

Bueno, así de absurdo es el premio de quien vive según la opinión de los demás.
Es como una veleta que lleva el viento y en cambio, pierde la posibilidad de vivir con la seguridad de quien tiene como opinión más importante: la de Dios.
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar precisamente sobre esto: ¿Dónde estamos apoyando nuestra autoestima? ¿En la opinión de los demás o en la opinión de Dios?
Hoy escuchamos la historia del martirio de Juan Bautista. La conoces muy bien. El rey Herodes oye hablar de Jesús y de sus milagros. Se asusta porque cree que es Juan que resucitó.
Pero, ¿por qué está asustado? Porque Herodes había mandado a matar a Juan El Bautista.
Él era un hombre valiente, volvemos aquí a ver esta seguridad, la que da, saber que la única opinión que importa es la de Dios.
Juan es un profeta que no tenía miedo a decir la verdad. Y entonces Juan por eso le advierte a Herodes:

“No te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano”.

(Mc 6, 18)

Eso hizo que la esposa de Herodes, Herodías, que en realidad era la esposa del hermano de Herodes, entrara en cólera. Quería vengarse.

UNA DOBLE TRAGEDIA

Herodes tenía todavía algo de respeto por Juan, lo escuchaba, pero igual lo metió en la cárcel porque le pesaba demasiado la opinión de su mujer; le importó más esa opinión que la de Dios.
Luego, dice el Evangelio, viene la fiesta, el cumpleaños de Herodes; Salomé, la hija de Herodías, baila y Herodes, que está todo embobado, le promete cielo y tierra:

“Pídeme lo que quieras hasta la mitad de mi Reino”.

(Mc 6, 22-23)

Y la muchacha, aconsejada por su madre, pide la cabeza del Bautista en una bandeja. Claro, hay una tensión interna en Herodes.
Dice que se entristece, pero por no quedar mal delante de sus invitados, accede a la petición de Herodías, manda decapitar a Juan en la prisión y le entregan su cabeza.
Aquí hay una doble tragedia: la tragedia evidente, que es el martirio del Bautista, pero eso es aparente, porque el martirio es el inicio de su gloria en el Cielo.
Pero la tragedia verdadera aquí, es que hay alguien que prefiere la opinión de los invitados a la fiesta, que la opinión de Dios. ¡Eso sí que es una tragedia!

EL QUÉ DIRÁN

Juan, en cambio, muere por ser fiel a su identidad, a lo que Dios le pedía. Herodes, en cambio, se deja llevar por la opinión ajena, por el enojo de su esposa, por el “qué dirán” de esos invitados, que ni siquiera son amigos suyos.
Y esta historia no es solamente un relato algo antiguo, es un espejo de nuestra vida diaria, porque en el ambiente está una presión que cada vez es más fuerte.
La presión en el colegio, la presión en el trabajo, la presión con los amigos, la presión de las redes sociales, que puede ser muy sutil, pero es muy eficaz también.
¿Cuántas veces me he sentido que tengo que renunciar a ciertas cosas que me parecen a veces no tan importantes? Pero renuncia al fin con tal de ser aceptado.
Capaz incluso en materia de fe, cuando un amigo te dice: No seas tan santo, ven a la fiesta y haz lo que hacen todos.
O en esto de las redes sociales, uno se siente con la presión de que, si no haces lo que está haciendo todo el mundo, no estás en nada.

lo que importa
Aquí llama la atención que Herodes era una persona que tenía poder, era rey, pero con poca autoestima, porque dependía de lo que pensaran los demás. Terminó arrepintiéndose, eso sí, pero ya era demasiado tarde.
Como el Principito, lo que provoca decirle es: “Bueno, ahora que tienes la cabeza de Juan en una bandeja, ¿de qué te sirve?”.
Hay un libro del Antiguo Testamento que a mí siempre me ayuda muchísimo, es el Eclesiastés o el Qohelet.

VANIDAD DE VANIDADES

Precisamente repite una y otra vez esta idea: “Vanidad de vanidades”; dice muchas veces el libro del Qohelet, ‘” todo es vanidad, no hay nada nuevo bajo el sol”. ¿De qué le sirve al hombre?’.
Y todo esto lo va diciendo una y otra vez, no por cinismo puro, sino para que obviamente hagamos examen de nuestra vida.
¿En dónde tengo yo puesta mi autoestima? ¿Cuál es la opinión que ahora mismo me importa? ¿La que me importa de modo absoluto? ¿De verdad yo tengo ahora mismo mi felicidad apoyada en algo serio, en algo sólido, en algo permanente?
Es cierto eso que dice el refrán popular: “no basta con ser bueno, hay que parecerlo”.
Es decir, nosotros no hacemos las cosas para que nos vean. Nos interesa sobre todo que nos vea Dios, pero el hecho es que nos ven y eso también hay que tomarlo en cuenta para no crear escándalo, para ser buen ejemplo para los demás.
Pero siempre vamos a vivir más tranquilos si conseguimos recordar frecuentemente que la única opinión que nos importa en grado absoluto, es la de Dios.

PUEDES MEJORAR

Por eso vamos a darle gracias a Dios ahora por el sacramento de la confesión, porque en la confesión, esto lo hemos considerado también otras veces, ahí es donde le decimos al Señor: “Tu opinión es la que más me importa, por eso vengo hoy a Ti”.
Allí en la confesión nos aseguramos de que esa misma opinión de Dios, que bueno, por algún motivo que se nos escapa, esa opinión de Dios nos dice: “Yo confío en ti. Yo confío en que puedes mejorar”. Y recibimos la absolución.
Ese Dios que en la confesión nos dice: “Yo creo más en ti que incluso, que tú mismo, si no, no te daría la posibilidad de recibir la absolución en esta confesión”.
¡Qué tranquilidad para el alma! Qué inyección de autoestima nos regala cada confesión.
Bueno, aprovechando este Evangelio de hoy; Es una tragedia, es verdad, pero salimos decididos a vivir como hijos de Dios.
No dejemos que las opiniones de los demás definan quiénes somos. Nuestro auténtico valor es el que Dios nos da, el que nos manifiesta, y no lo que queremos que los demás vean en nosotros.
Vamos a pedirle a Dios y a nuestra madre, la Santísima Virgen María, que nos ayude a vencer la vanidad.
Que nos conceda una auténtica seguridad de nuestro valor, de nuestra identidad cristiana como Juan Bautista, como tantos santos, como tantos mártires que decidieron vivir en la seguridad de estar siempre cara a Dios.


Citas Utilizadas

Je 26, 11-16.24

Sal 68

Mt 14, 1–12

Reflexiones

¡Ayúdanos Señor, a que lo único que nos importe, sea la opinión de Dios!

Predicado por:

P. Rafael

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