MUÉSTRANOS AL PADRE
Creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario, eso es lo que podemos sacar del Evangelio de hoy que nos presenta la Iglesia en este día sábado, cuando Jesús les dice a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen conocerán también a mi Padre, ya desde ahora lo conocen y lo han visto.
Y de repente Felipe, que es uno de los apóstoles, le dice como muy convencido, Señor muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le responde: —¿Felipe, tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo es que dices muéstranos al Padre?(Cf.)»
Y aquí está lo de fondo, Señor, aquí estoy en medio de mi vida concreta, con lo que soy, con lo que tengo, con mis prisas, a veces con mis dudas, con mis deseos de verte más claro y a veces yo también te digo, Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Y el Señor nos responde, creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario, métete en lo pequeño, búscame en lo ordinario. Y ese deseo de ver a Dios, por supuesto, es más fuerte.
Por eso Felipe se le sale inmediatamente,
«Señor, muéstranos al Padre».
Y podríamos decir que esa es como una petición muy humana. Queremos claridad, queremos señales fuertes, queremos experiencias que no dejen dudas.
Y a veces pensamos, si Dios se manifestara con más fuerza, yo creería más. Si lo sintiera más, yo confiaría más. Si yo lo viera con más claridad, me decidiría.
VERLO CON CLARIDAD
La voluntad de Dios quiero hacerla, pero no la noto con claridad. Pero Jesús responde algo desconcertante. Dice,
«quien me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Es como decir, ya estás viendo a Dios, pero no como lo esperabas. Pregúntate, ¿cuántas veces esperamos a un Dios espectacular y no le reconocemos? No reconocemos al Dios que está actuando en lo sencillo. Creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario. Porque efectivamente Dios se revela en lo cotidiano.
Jesús no hace un gesto grandioso en ese momento, no hay fuego del Cielo, no hay una visión deslumbrante, no hace milagros. Los hará cuando son necesarios, no para que los discípulos terminen de creer en Él, sino porque lo necesita la multitud, porque es una forma de también dar los signos. Sin embargo, Él quiere que le descubramos antes de los milagros.
Cuando en el Evangelio de San Juan nos dice que el primer signo, o sea, el primer milagro que hizo Jesús fue en las bodas de Cana, antes ya había convocado a sus discípulos, antes de cualquier milagro ya les tenía cerca de Él. Es que ahí es donde está, simplemente ahí. Está hablando, está mirando, está caminando.
Y muchas veces quisiéramos que Dios como que esté más, que tenga como una luz, un resplandor, algo que se note. Pero el Padre se revela en sus palabras cotidianas, en sus gestos sencillos, en su forma de amar cada día. Y aquí hay una clave muy profunda que creo vale la pena pensarla. Dios no compite con lo extraordinario. Dios no es director de películas de Hollywood. Al contrario, se esconde en lo ordinario.
DESCUBRIR A DIOS
Como recuerda un documento del Vaticano, así una plena presencia, dice: “que hoy más que nunca necesitamos redescubrir el encuentro real en medio de lo cotidiano. Porque la vida, también la vida digital, se ha vuelto inseparable de lo diario. Y Dios no está fuera de tu vida real, está dentro de ella”.
Por eso, pregúntate, ¿dónde he visto a Dios sin darme cuenta? Porque recuerda, creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario, es la única forma de descubrirlo.
San Atanasio, que es el santo que celebramos hoy, no vivió momentos cómodos ni espectaculares. Defendió la fe en Cristo cuando casi todo el mundo estaba confundido, y de hecho por eso, fue perseguido y desterrado varias veces. Y sin embargo, su grandeza no estuvo en gestos visibles o impresionantes, sino en algo mucho más silencioso.
Fue fiel cada día a la verdad, se mantuvo firme en lo pequeño, o sea, él no buscó señales extraordinarias, sino que vivió descubriendo a Dios en lo que tenía delante, en su misión concreta, en su lucha diaria, en su fidelidad. Y ahí descubrió al Padre, descubrió a Dios, Dios Padre Todopoderoso.
Y mira, Señor, a Ti acudimos para pedirte que entendamos de una vez por todas que la santidad no consiste en ver cosas extraordinarias, sino en vivir lo ordinario con los ojos de la fe. Creer en lo pequeño y descubrir a Dios en lo ordinario.
ÉL NOS CONVIERTE
Señor, ayúdame a descubrirte realmente, en las cosas pequeñitas. En mi sí a acompañar a aquel que puede ser un poco más cargante o pesado. En mi amabilidad al responder, aunque por dentro a veces esté con una ira porque es la quinta vez que me repiten lo mismo. Que no me resienta por las faltas de cortesía o porque no me siento tratado con mi dignidad, en lugar de resentirme, de actuar con amargura. Ver la posibilidad de encontrarme un poco contigo, en este caso en la Cruz, en el trato con los demás.
Y luego, sobre todo, volcarme con el resto, como lo hacías Tú, Señor. Con qué paciencia les tratabas a tus apóstoles, como lo vemos aquí a Felipe. “Felipe, ¿cómo es posible que después de tanto tiempo no te des cuenta que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?” No le manda a, no sé, a freír espárragos al pobre Felipe, sino que Jesús llega lo más profundo posible con esta idea que era como evidente para él, pero que a Felipe le quedaba todavía muy grande.
Sin embargo, Felipe será después uno de sus columnas de la iglesia, porque para el Señor nada hay extraordinario, sino que en lo ordinario nos va convirtiendo en cosas sobrenaturales. Por lo tanto, creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario es lo que nos va a dar esta fuerza.
Mira, Jesús te dice hoy, no busques fuera lo que ya te estoy mostrando dentro. El Padre, Dios Padre, está en tu trabajo de hoy, en esa conversación sencilla, en tu cansancio ofrecido, en ese gesto de amor que nadie ve, en esa ofrecimiento pequeñísimo de hacer las cosas con cariño.
Y VERLO CADA DIA
Una persona me contaba que le había pedido a su marido que cuando salga de la casa, en lugar de ir en contravía tres metros, se dé la vuelta para no hacer esos tres metros de contravía. Y claro, se lo pidió por cariño a ella que lo haga, porque él no veía que perdía tiempo, no pasaba nada, era dentro de una urbanización y tal. Pero ella le pidió por cariño.
Yo creo que Dios nos pide muchas veces por cariño cosas que son así, tan pequeñitas, porque ahí está Dios. El problema no es que Dios no se muestre, es que a veces esperamos verlo de otra manera. Con lo cual hoy puedes pedir una gracia muy concreta.
Dile junto conmigo ahora, Señor enséñame a verte en lo pequeño, creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario. Señor Jesús, no quiero esperar a lo extraordinario para encontrarte, dame ojos nuevos, déjame un corazón más atento, que en lo simple, en lo cotidiano, en lo escondido, pueda descubrir a Dios Padre que ya está conmigo. Amén.
Creer en lo pequeño, descubrir a Dios en lo ordinario. Esto le pedimos a nuestra Madre la Virgen María.

