“(…) ¿No te ha venido nunca el pensamiento de que todavía no has nacido? Porque el verdadero nacimiento es la entrada en la otra vida. Prepárate, prepárate. Piensa en la vida del gusano, que se arrastra sobre la tierra y luego se convierte en crisálida. Y la crisálida lleva una vida secreta y oculta que finalmente se transforma en mariposa multicolor que vuela libremente. Alégrate de que pronto vas a nacer a la vida en plenitud”
(El sentir del corazón de Jesús, Ricardo Sada Fernández).
Hace poco leí estas palabras en un libro. Me gustaron mucho, las subrayé y vienen muy bien al leer la primera lectura de la Misa de hoy, en la que san Pablo, en la Carta a los Filipenses, nos dice:
“Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga nuestro Salvador Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas”
(cfr. Flp 3, 20-21).
Esa es nuestra fe, que nos da una esperanza grandísima de que lo mejor está por venir.
Hace poco veía en un paquete de Kleenex esa frase: “Lo mejor está por venir”… y pensaba en tantas tragedias, en tantas situaciones que pasa la gente aquí en la vida y que le llevan a pensar: “No, pues, antes estaba mejor o ¡híjole! ¿por qué tomé esta decisión?” Quizá un poco de queja ante la dureza de la vida.
Si alguien te dice: “Lo mejor está por venir”, ¡híjole! puedes reaccionar mal, incluso violentamente, pero es verdad, lo mejor está por venir. La esperanza cristiana es así.
LA VIDA DEL MUNDO FUTURO
Lo decimos todos los domingos en el Credo, cuando vamos a misa, y rezamos el Credo, el símbolo Nicenoconstantinopolitano, que es el credo largo que generalmente se reza en las misas. Decimos al final: “(…) espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.
La vida del mundo futuro en la que también tendremos nuestro cuerpo, porque nos vamos al cielo. Nos morimos, nos vamos al cielo, por la gracia de Dios. Si en esta vida fuimos como una buena crisálida que hizo lo que tenía que hacer, pues llegaremos al cielo, a contemplar a Dios.
Pero al final de los tiempos será la resurrección de los muertos y vamos a resucitar y a recuperar nuestro cuerpo. Pero no será un cuerpo como el que tenemos ahora, sino como dice san Pablo, un cuerpo semejante al de Cristo.
¿Quién es Cristo? Cristo es Dios hecho hombre, Dios que asume una humanidad. Imagínate el cuerpo de Cristo aquí en la tierra; durante sus años aquí en la tierra, pues era un cuerpo humano normal. La gente lo veía y decía: “Pues es un hombre normal, un hombre más”.
Por eso, cuando Jesús perdonaba pecados o algo así, la gente se escandalizaba y decía: “Este es un hombre, ¿por qué perdona pecados?” No sabían que era Dios hecho hombre.
Jesús demuestra que es Dios hecho hombre al hacer milagros, al hablar con tanta seguridad y al resucitar. Cuando resucita su cuerpo ya no está en esta historia, sino que ya está en la eternidad y es un cuerpo glorioso.
ESPERANZA

Nosotros tendremos un cuerpo semejante al suyo. ¿Y cómo será ese cuerpo? Pues será maravilloso. Será maravilloso. Así como tú ves un gusano y dices: “un gusano” o una crisálida, un capullo, feos ahí que están, y luego ves una mariposa multicolor que vuela libremente. ¡Qué diferencia!
Qué diferencia entre un gusano que se arrastra lentamente —muy lentamente— y una mariposa que vuela, va de flor en flor y es muy bonita en sus colores y en sus movimientos.
Pues es una pequeña comparación de la belleza que tendrá nuestro cuerpo resucitado, porque será un cuerpo que refleje nuestra unión con Dios, nuestra vida con Dios. ¡Qué gran esperanza!
¿Qué hay que hacer para conseguir eso, para conseguir esa vida? ¿Esa vida gloriosa, ese cuerpo glorioso? La oruga y la crisálidad hacen algo: están trabajando en esta transformación.
¿Nosotros qué tenemos que hacer para trabajar en esa transformación, que es un don de Dios, pero en la que nosotros también tenemos que poner de nuestra parte?
Pues san Pablo mismo nos responde. En la primera parte de esta lectura, dice san Pablo:
“Muchas veces les he dicho a ustedes y ahora se los repito llorando. Hay muchos que viven como enemigos de la cruz de Cristo. Esos tales acabarán en la perdición, porque su dios el vientre, se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y solo piensan en cosas de la tierra. Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, donde esperamos que vengan nuestro Salvador Jesucristo, que transformará nuestro cuerpo miserable en cuerpo glorioso”
(cfr. Flp 3, 18-21).
SACRIFICIO

Pues aquí pone un contraste entre la gente que iba como enemiga de la cruz de Cristo. ¿Qué es lo que no hay que hacer? Ser enemigos de la cruz de Cristo. ¿Qué es lo que no hay que hacer? Tener el vientre, las cosas de la tierra o la carne como si fueran nuestro dios, solo pensar en las cosas de la tierra. ¡Hay que abrazar la cruz, hay que abrazar la cruz!
Tú mismo, Jesús, nos dices en el Evangelio muchas veces que hay que abrazar la cruz:
“(…) el que no toma su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo”
(cfr. Lc 14, 27).
Esa cruz, ¿en qué consiste? Pues es muy fácil, es muy fácil. “En las parábolas nos hablas de morir como el grano de trigo que tiene que morir o la semilla que para dar fruto necesita buena tierra, buena tierra donde no haya espinas, no haya piedras…”
Todo eso es el pecado. Todos esos obstáculos de la vida divina para nosotros son el pecado y las malas pasiones. Que para alejarlas de nuestra vida, necesitamos sacrificio.
Para vencer la pereza, necesitamos sacrificio; para vencer la lujuria, la gula, la ira, para serenarnos, no responder mal, no responder mal cuando nos hacen algo malo y saber perdonar, todo eso exige morir a nosotros mismos, exige cruz; esa es la cruz.
La cruz que nos da vida sobrenatural, nos ayuda a morir a lo malo que hay en nosotros, a morir al pecado que hay en nosotros. Para que esa vida sobrenatural vaya en aumento en nosotros hasta que ya casi, casi sea un pasito cuando nos muramos y entremos en unión con Dios. Así han hecho los santos.
NACER A LA NUEVA VIDA
Hace poco celebramos a un santo, a san Ignacio de Antioquía, que tiene una carta maravillosa a los romanos cuando iba hacia Roma, precisamente a ser mártir. Maneja esta idea de que ahora estamos todavía como en gestación y vamos a nacer a la verdadera vida cuando muramos.
Te leo un párrafo de esa carta:
“De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido.”
Y así fue: san Ignacio murió mártir y nació a la nueva vida. Llegó a ser hombre en sentido pleno, porque eso es lo que Dios quiere de nosotros. Aquí estamos como en el vientre de nuestra madre, aquí estamos como la oruga, como la crisálida que están preparándose para ese nacimiento. Tenemos esa esperanza y, por lo tanto, lo mejor está por venir, por más difícil que sea nuestra situación actual. Lo mejor está por venir, porque tenemos esperanza.
Acudimos a nuestra Madre, la Virgen, esperanza nuestra, Madre nuestra. Tú que estás en el cielo con tu cuerpo glorioso, porque fuiste asunta al cielo. Pues, Madre nuestra, ayúdanos tener una esperanza cada vez más grande, de tal forma que siempre estemos alegres, porque lo mejor está por venir.



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