El tiempo que va desde la Resurrección a la Ascensión nos ha sido transmitido de una manera muy resumida, compacta, concisa… Cuarenta días son muchas horas y dan para mucho… Los Evangelistas nos transmiten lo más notable y omiten tantos ratos (los últimos) pasados entre el Maestro y sus apóstoles. Aquellas conversaciones que han quedado grabadas en lo más profundo del alma de los Once…
Como tantas cosas que también nos han pasado a nosotros en nuestra relación con Dios y que sólo cada uno conoce…
La Ascensión, es día de alegría y de nostalgia; de alegría porque la Humanidad de Jesucristo recibe el premio. Como dice san Josemaría:
“es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria”
(Santo Rosario).
Pero también es día de nostalgia porque se va al Cielo, porque no lo vemos, ni lo tocamos, no lo sentimos de la misma manera…
Jesús
«los lleva camino de Betania, levanta las manos y los bendice. Y, mientras, se va separando de ellos y se eleva al cielo
(Lc 24, 50),
hasta que le ocultó una nube
(Hch 1, 9).
Dos ángeles de blanca vestidura se aproximan a nosotros y nos dicen: varones de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo?
(Hch 1, 11).
Se va… Pero, como decía san Agustín:
“Nuestro Señor Jesucristo ascendió al cielo tal día como hoy; que nuestro corazón ascienda también con Él”
(Sermo de Ascensione Domini).
Por eso habría que decirles lo que nos dicen siempre en misa a nosotros: Levantemos el corazón… Se han quedado mirando al Cielo, como si el deseo se les quisiera escapar por los ojos… Pero no, ¡que se les (que se nos) escape el corazón tras Jesús!

San Pablo les diría:
«si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; gusten las cosas de arriba, no las de la tierra»
(Col 3, 1-3).
Que busquemos las cosas del Cielo… Que nos ocupemos de las cosas de la tierra, pero en su justa medida…
¿Qué tanto degustamos las cosas del Cielo?
Lo que Dios me pide… Un rato de oración, una obra de misericordia… Crecer en una virtud, desterrar un vicio… Mis propósitos este mes… La misa, mis comuniones… Ganar un alma para Dios… La gente que nos rodea (nuestros hermanos) son también “cosas del Cielo” … ¡Levantemos el corazón!
¿O será que tenemos los ojos puestos, de mala manera, en las cosas de la tierra?
Incluso en las cosas “malas” (terrenales)… Y “envidiamos” la “diversión”, esa “locura” de animal, el pelar cables, el dar rienda suelta a la sensualidad y a los bajos instintos… O el simplemente tener por tener, cosas y más cosas…
Y hasta nos llega a enojar que gente “mala” tenga cosas “buenas” o que les resulte todo “bien” …
Que prefiramos el premio en el Cielo (arriba) y no aquí abajo en la tierra… ¡Levantemos el corazón!
HOY, AQUÍ Y AHORA
Benedicto XVI en la JMJ 2010:
“Plantearse el futuro definitivo que nos espera a cada uno de nosotros da sentido pleno a la existencia, porque orienta el proyecto de vida hacia horizontes no limitados y pasajeros, sino amplios y profundos, que llevan a amar el mundo, que tanto ha amado Dios, a dedicarse a su desarrollo, pero siempre con la libertad y el gozo que nacen de la fe y de la esperanza. Son horizontes que ayudan a no absolutizar la realidad terrena, sintiendo que Dios nos prepara un horizonte más grande y a repetir con san Agustín: ‘Deseamos juntos la patria celeste, suspiramos por la patria celeste, sintámonos peregrinos aquí abajo’.
Teniendo fija la mirada en la vida eterna, (…) Pier Giorgio Frassati, que falleció en 1925 a la edad de 24 años, decía: “¡Quiero vivir y no ir tirando!” y sobre la foto de una subida a la montaña, enviada a un amigo, escribía: ‘Hacia lo alto’, aludiendo a la perfección cristiana, pero también a la vida eterna’ …”.
Sólo vamos a poder vivir a fondo «hoy», «aquí» y «ahora» si tenemos claro el horizonte de nuestra vida; si no, vamos a hacer cosas, van a pasar los días y los años, pero no vamos a conseguir una vida plena, llena; simplemente vamos a haber sobrevivido…
Los animales “sobreviven”, pero no es que realmente “vivan” … Aquello que dice William Wallace:
“Every man dies, not every man really lives…”
(Todo hombre muere, pero no todo hombre, realmente vive)
(Braveheart).
AVIVA EN NOSOTROS
La oración después de la comunión de esta solemnidad nos dice Dios, a través de la boca de la Iglesia (le pedimos a Él):
“aviva en nosotros el deseo de la patria eterna, donde nos aguarda Cristo, Hijo tuyo y hermano nuestro”.
Aviva en nosotros. Levanta nuestro corazón
¿Cómo nos ocupamos de las cosas de la tierra…? No vaya a ser que nuestro horizonte sea muy pobre… Que anhelamos, soñamos, con cosas que son “poca cosa” … Aunque, es cierto, no todo lo de la tierra es “malo” … Pero es pobre…
Todos recordamos con cariño y emoción las últimas palabras de una persona a la que se quiere antes de despedirnos, por un tiempo largo o por la muerte.
Tienen un significado especial por el hecho de ser las últimas, como si en esas palabras, aunque sean pocas, estuviera resumida toda la vida o el mensaje de la persona…

Parece que esto es lo que sucede con lo que nos transmite san Marcos en su evangelio; recoge la despedida, pero esta es muy especial porque incluye un mandato, no sólo para los que le escuchan, sino para los apóstoles de todos los tiempos (para mí y para ti que escuchas):
«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura»
(Mc 16, 15-18).
Levantemos el corazón… esta es la labor de Dios. ¿Qué hago yo de esto…?
En este momento del mundo y de la Iglesia, cada uno de nosotros debe concretar este mandato de Cristo:
«vayan y prediquen».
Ningún bautizado —¡nosotros tampoco!— se puede quedar al margen de este grito de Dios; aun cuando por desgracia tantos miles le den la espalda… ¡Levantemos el corazón!
Le ven marcharse, ascender al Cielo y sentarse a la derecha del Padre; pero su vida continúa.
Seguro que van al encuentro de María, comentan los últimos acontecimientos y esperan pacientes la venida del Espíritu Santo.
Puede que incluso aprovechen estos días para “releer” a la luz de los últimos sucesos toda su vida: desde cuando eran niños hasta el momento del encuentro con Jesús, los años pasados junto a Él; recuerdan los días amargos de la Pasión y los días gloriosos de la Resurrección… Lo hacen con María. Nosotros también. Así esperamos Pentecostés: levantando el corazón junto con María. Buscando las cosas del Cielo.



Deja una respuesta