El evangelio de hoy nos presenta dos milagros que hace el Señor, dos milagros que van conectados uno después del otro.
La narración de san Mateo nos cuenta que estaba Jesús y un hombre se acerca para pedirle que cure a su hija que acaba de morir. Los otros evangelios nos mencionan que este hombre se llama Jairo.
Vale la pena destacar la fe de este hombre en este evangelio de san Mateo -en las otras narraciones se nos dice que este se acerca a pedirle por su hija muy enferma-, pero aquí se nos cuenta que la hija ya había fallecido.
Qué grande la fe de Jairo, que aun cuando todo parece perdido, cuando parece que no hay esperanza, se acerca al Señor como desoyendo toda la “prudencia humana” o la capacidad humana de valorar la situación.
Cuando todo parece perdido, no hay nada perdido, porque el Señor está ahí. Y si el Señor se aparece, Él se va a encargar de la situación.
Algo parecido sucede con la mujer que se acerca a Jesús cuando Él va de camino a curar a la hija de Jairo. Esta mujer llevaba muchos años enferma peleando contra esa enfermedad. Es la que conocemos como la hemorroísa.
Había gastado toda su fortuna en médicos intentando curar esa enfermedad. Había hecho todo por mejorarse y no había caso, no había pasado nada. De hecho, la enfermedad iba avanzando y ella estaba mucho peor que al principio.
También, aquí no hay ningún gesto, ningún pequeño atipo de esperanza. Sin embargo, esta mujer dice: “Aquí está Jesús, si voy, si le toco el manto, aunque sea la punta del manto por detrás, quedaré curada”.
Confía en que el Señor puede lograr todo lo que los médicos y los curanderos no fueron capaces de hacer: devolverle la salud.
EJEMPLO DE FE
Pienso que estas dos personas, estos dos personajes del evangelio, nos dan un gran ejemplo.
En nuestra vida tenemos muchas posibilidades, muchas oportunidades de tirar la toalla, de pensar que todo está perdido, en todo tipo de situaciones. Pienso poner algunos ejemplos que nos pueden servir, pero hay muchos más. Por ejemplo, el pensar en una batalla personal por lograr una virtud, por erradicar un vicio y uno dice: “llevo tanto tiempo como la hemorroísa, llevo tantos años peleando contra esto y parece que no da resultado”.

O cuando pensamos en alguna persona cercana que está lejos de Dios y uno dice, es Jairo, que tiene una hija que ya murió, que ya no hay esperanza en que se cure o cosas más materiales cuando tenemos que hacer una gestión profesional que no resulta y que llevamos mucho tiempo intentándolo, cuando tenemos una enfermedad grave, cuando estamos sufriendo algún dolor moral…
Hay muchas situaciones que vamos experimentando en nuestra vida y que parece que no hay esperanza, que no tienen solución. Es como esa hija que ya ha fallecido o esa enfermedad que dicen que ya no hay ninguna esperanza y que hemos hecho todo lo posible por superar sin resultado.
Sin embargo, Jairo y la mujer hemorroisa creen y nos dan ejemplo de fe. Creen que Jesús puede cambiar su situación y esa fe mueve montañas.
Jesús dice en otro pasaje del evangelio:
«Si tuvieras fe del tamaño de un grano de mostaza, le dirías a esa montaña: ¡muévete! y te obedecería»
(Mt 17, 20).
Así de grande es el poder de la fe, de esa confianza en que estamos con el Señor, de que nunca estamos solos, que siempre estamos acompañados por la persona que más nos quiere.
LA FE DE UNA MADRE
Hay un ejemplo muy claro y consolador en este sentido. Se trata de una madre, una mujer que rezó incansablemente por su hijo. Su hijo parecía alérgico a la gracia casi, parecía incapaz de recibir la gracia a la conversión. Tenía una vida desordenada, tanto intelectualmente como moralmente. Todo parecía que estaba perdido.
Sin embargo, esa madre rezó, lloró y perseveró. Y confió en que, si ella perseveraba, su hijo se salvaría. Tan grande era su amor por su hijo y su confianza en el Señor.
Ese hijo, con el pasar del tiempo, se transformó en una de las columnas de la cultura cristiana, tuvo una conversión, un cambio de vida y como era una persona muy inteligente, fue de esos pilares grandes de la cultura.
Puede ser que ya hayas adivinado quiénes son, la madre: santa Mónica; el hijo: san Agustín.
San Agustín mismo escribe en sus Confesiones, hablando de su madre dice:
“no se perderá el hijo de tantas lágrimas”.
La fe de Mónica, concretada en una oración llena de lágrimas, una oración confiada, es un ejemplo para todos nosotros. “Señor, que aprendamos a confiar en tu gracia, en el poder de la oración que nos hace capaces de mover montañas”.

Todas estas historias terminan muy bien: la hija de Jairo resucita. Se acerca Jesús y le dice:
«Niña, a ti te digo, levántate. Y ella se pone de pie y se pone a servir»
(Mc 5, 41-42).
La mujer hemorroísa se encuentra con que, al tocar el manto del Señor, cesan los flujos de sangre y cuando el Señor pregunta:
«¿Quién me ha tocado?»
(Mc 5, 30)
ella da la cara y el Señor la felicita por su fe y la pone como ejemplo ante todos los apóstoles, los discípulos y todos sus seguidores.
Santa Mónica, después de largos años de rezar, llorar y confiar, logra ver a su hijo bautizado. Muere poco tiempo después y san Agustín llegará a ser ese gran santo. Pero para su madre verlo bautizado, verlo cristiano y verlo feliz, eso ya era todo lo que ella necesitaba.
Un último ejemplo de fe, de fe grande, de fe potente, es el de la Virgen santísima, nuestra Madre. El ángel se le aparece y le dice que ella va a ser la Madre de Dios y ella confía, cree. Cuando el ángel le dice que el Espíritu Santo va a descender sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, ya no necesita nada más, tiene esa ayuda del Señor, esa ayuda de la gracia cree, confía y ahora es la Reina del Cielo.
Madre nuestra ayúdanos a creer como Jairo, como la mujer hemorroísa, como santa Mónica, como tú. Madre nuestra, queremos creer como tú, que podamos llegar al Cielo con la ayuda de tu gracia, de la gracia de tu Hijo y que podamos ir creyendo que todo lo que pidamos al Señor, si nos conviene, Él nos los concederá.



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