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INCREDULIDAD RESIDUAL

A casi una semana de la resurrección de Cristo, la Iglesia nos pide examinarnos en la fe. Veamos en qué partes de nuestra vida queda todavía algo de incredulidad residual.

Hemos llegado al sábado de la Octava de Pascua. Esta semana que es la cumbre de nuestra fe y la liturgia de la Iglesia nos presenta una parte, del final extendido, del Evangelio de san Marcos. Que se presenta como un resumen de varios relatos de las apariciones de Jesús:

«Después de resucitar al amanecer del primer día de la semana, se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. 

Ella fue a anunciarlo a los que habían estado con él, que se encontraban tristes y llorosos. Pero ellos, al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron. 

Después de esto se apareció, bajo distinta figura, a dos de ellos que iban de camino a una aldea; también ellos regresaron y lo comunicaron a los demás, pero tampoco les creyeron. 

Por último, se apareció a los once cuando estaban a la mesa y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no creyeron a los que lo habían visto resucitado. 

Y les dijo: —Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura.»

(Mc 16,9-15).

LA VICTORIA DE CRISTO

Se nota que la Iglesia ahora que estamos por terminar esta octava de Pascua, quiere ofrecernos un resumen de todo lo vivido en estos días: las apariciones de Jesús, las distintas reacciones, las palabras a sus discípulos, etc.  

Es un texto breve, pero de una densidad teológica y humana impresionante. Después de haber celebrado la Vigilia Pascual. Después de haber escuchado y meditado sobre la victoria de Cristo sobre la muerte, este pasaje nos confronta con una realidad incómoda pero profundamente verídica. A los discípulos les costó creer.

Creo que no podemos culparlos tan rápidamente. Si nos ponemos en su lugar, encontraremos motivos más que razonables para dudar. De hecho, nos sucede con dolorosa frecuencia también a nosotros. Hay varios motivos por los que podríamos decir que es verdad, no los podemos culpar. 

El primero es el shock en el que todavía están ante la Tragedia. Todos fueron testigos de la pasión y muerte crudelísima de Cristo en la cruz. La semana pasada, el Viernes Santo, como es costumbre en mi casa, vimos nuevamente la película de La Pasión de Cristo,  de Mel  Gibson.  

Incredulidad residual NOTICIA CHAO TRISTEZA

MOTIVOS DE INCREDULIDAD

¡Que fuerte! En ciertas escenas en las que yo que ya he visto la película varias veces, tuve que apartar la mirada. Porque era un espectáculo demasiado doloroso, muy cruel. 

Los soldados romanos, no solamente trituraron el purísimo cuerpo de Cristo. Sino que también, trituraron hasta la más mínima posibilidad de esperanza de seguir creyendo que había en estos discípulos. Por eso están todavía en shock  y  les cuesta todavía creer. 

A veces, la incredulidad es como un mecanismo de defensa ante un dolor que parece insuperable. O una felicidad que parece demasiado buena para ser verdad. Ya se ha sufrido tanto, ya se ha tenido tantas decepciones, que no queremos volver a pasar por lo mismo. 

Nuestras faltas de fe, son muchas veces, una protección ante lo incómodo, o lo doloroso, o lo exigente, incluso si viene de Dios.

 Hay otro motivo por el que creo yo  que les costó creer tanto a los discípulos. Es un motivo más bien humano, que es una cierta soberbia. Y es una soberbia  ante el mensajero. Para la mentalidad de la época, el testimonio de María Magdalena, siendo mujer, valía poco. O el de los dos caminantes, dos personas comunes y corrientes, no eran san Pedro y Santiago, si no dos discípulos que no sabemos quienes son, resulta que ese testimonio tampoco  cumplía con los criterios de «credibilidad» que ellos esperaban. 

DIOS ELIGE A LOS ÚLTIMOS

Tal vez los discípulos hubiesen creído más fácilmente si se les hubiese aparecido directamente un ángel o un gran profeta, pero ahora, les cuesta creer ante el testimonio de otras personas comunes y corrientes.  Esto que ha sucedido nos enseña que Dios elige a los últimos, a los frágiles, para esos anuncios más importantes, pensemos ahora en tantas apariciones de la Virgen. Pero sucede que nuestra soberbia nos impide reconocer esa verdad que viene a veces de fuentes inesperadas. Por esa tendencia que tenemos de  querer encasillar a Dios y resulta que en nuestros esquemas,  rara vez Dios cabe.

Nos sucede, por ejemplo, en la confesión o en la dirección espiritual, incluso en las homilías o en las meditaciones. Puede que lo que nos estén diciendo sea verdad o para nuestro bien, pero como no me lo dice un ángel o un  gran santo o un conocido autor espiritual, nos cuesta más ver a Cristo ahí detrás de esas palabras que nos están diciendo. Otro motivo más para dudar… 

Incredulidad residual, ubícate, purificacion

NOS CUESTA VER A CRISTO

Hay otra razón más y me parece a mí la más importante. Y es que aunque haya testigos de la Resurrección, a estos discípulos les faltaba el Encuentro Personal con Cristo: La fe, que es el tema principal de el Evangelio de hoy,  no es sólo la aceptación de una noticia o un testimonio; es el encuentro con la Persona de Cristo Jesús vivo. Es cuando Jesús se pone en medio de ellos, cuando les «echa en cara» su dureza de corazón,  y es allí en donde puede florecer verdaderamente la fe. 

Nos acordamos de esas palabras del gran santo Tomás de Aquino: “He aprendido más orando ante el crucifijo que en los libros”. Esto es una enseñanza también para nosotros. Además de estudiar con empeño y responsabilidad para tener ideas claras y seguras. Hemos de blindar esos momentos del día en los que nos encontramos personalmente con Jesús: los ratos de oración, los sacramentos, las mortificaciones acostumbradas, el ofrecimiento constante de lo que estamos haciendo, el esfuerzo por ver a Cristo en cada persona con que nos cruzamos cada día.

 No podemos vivir de las rentas de lo que aprendimos en la catequesis para la primera comunión, obviamente no.  Hay que formarse constantemente, hemos de crecer en el conocimiento de la fe. Pero sobre todo para que esa fe crezca hace falta ese encuentro constante con Cristo cada día. No sólo creemos algo, sino que creemos en alguien y creemos a alguien. Señor, nosotros creemos en ti, y te creemos a ti.

DE LA INCREDULIDAD A LA VALENTÍA

Hoy, esa invitación del Señor es también para nosotros, que celebramos la Pascua año tras año. Porque no vaya a ser que, aunque seamos testigos de la Resurrección del Señor, aunque hayamos celebrado el Triduo Pascual la semana pasada, resulta que quede todavía una cierta incredulidad residual. Porque ¿En qué áreas de nuestra vida nos cuesta creer que Cristo ha Resucitado? Y se nota porque nuestra vida no ha cambiado.  

¿Creo realmente que tu perdón, Señor,  es más grande que mi pecado? ¿Creo que tu vida es más fuerte que mi desesperanza, enfermedad o miedo a la muerte, que mis inseguridades sobre el futuro? ¿Creo Señor que tú me acompañas en medio de mis crisis personales, económicas, de salud? ¿Creo Señor que hay un plan que me supera y que supera totalmente lo que yo espero que suceda? ¿Creo Señor que tú sales a buscarme todas las veces que haga falta, todas esas veces que la vida me deja descolocado para que regrese junto a ti?

El Evangelio es una invitación y hoy nos invita a pasar de esa incredulidad a la valentía, a la Misión, pero esto solo es posible si primero somos testigos de esa bondad y de esa omnipotencia de Dios ¿Cómo vamos a anunciar algo en lo que no creemos?. 

 Ahora que estamos todavía en la octava de Pascua, pidamos al Espíritu Santo que cure nuestra incredulidad y nos dé la audacia de los primeros apóstoles, pero todo aquello única y exclusivamente después de ese encuentro personal con Cristo.  Para que, tú y yo, vayamos y proclamemos que Cristo ha resucitado y que lo hemos notado por el gran cambio que ha habido en nuestras vidas.


Citas Utilizadas

Hch 4, 13-21

Sal 117

Mc 16, 9-15

Reflexiones

Espíritu Santo, cura nuestra incredulidad y danos la audacia de los primeros apóstoles. Que tengamos un verdadero encuentro personal con Cristo.

Predicado por:

P. Rafael

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